Frederick
La necesidad del Belga por la ostentación, por la superioridad era patente en aquella casa.
Todo estaba hecho con tan buen gusto como falta de mesura en el gasto.
Oro en las verjas, mármol en las escaleras, en las estatuas, madera de roble en las puertas…
Marina se mordió el labio cuando se dio cuenta de que el dinero de aquel tipo, con casi toda probabilidad, procedía de negocios oscuros, tal y como les había contado Morales.
Quemar un bosque y construir sobre sus restos, gracias a la mordida que Poir le entregaba al político de turno, eran responsables de su patrimonio. La vegetación de aquella mansión era un insulto a la naturaleza, un desprecio, unas migajas.
—¿Dónde está Buendía?
—¿Qué tiene que ver eso ahora? —preguntó Marina.
—Yo sé que él sabe, señorita, no me tome por tonto.
Marina se volvió a sentar. Puso su mano sobre el antebrazo de Irene, que atendía a aquella batalla verbal como la persona que acude por primera vez a un combate de boxeo.
—Buendía no tiene nada, ya se encargó su secuaz de ello.
—¿Seguro?
—Claro que estoy segura. Si le dábamos algo, sabíamos de sobra que usted no cooperaría.
Frederick sonrió.
—Sí, definitivamente me gustas —el Belga la tuteó.
—¿Era necesario lo del suicidio? —atacó Marina.
Poir sonrió.
—Veo que vienes con todo.
—No me queda otra.
El Belga calló, le dio un sorbo a su copa y prosiguió:
—La verdad es que ya poco importa lo que te cuente o te deje de contar. Es mucho más limpio que un asesinato, ¿no crees, agente? —confirmó—. Restos de antidepresivos en sangre, pederastia… Un triunfador superado por su propio éxito. Las investigaciones policiales no son tan exhaustivas en caso de…
—«Limpio» —Marina lo interrumpió, indignada por el vocablo usado por Poir. Como si fuera normal que los asesinatos tuvieran distintos grados de suciedad.
—Es usted un criminal —chilló Irene.
Poir la ignoró. Marina lo miró a los ojos.
—¿Ha visto usted La tapadera? —preguntó la agente.
Poir alzó las cejas y abrió ligeramente la boca.
—¿Cómo dices?
—Tom Cruise, Gene Hackman, dirigida por Sidney Pollack en 1993.
El Belga miró a sus dos secuaces, Emmanuelle se encogió de hombros y levantó las palmas de sus manos hacia el techo. Poir se acercó hasta su perro, se agachó y lo acarició.
—Me gusta el cine pero no soy un experto, agente Caracuel.
—¿Y el libro lo conoce? Está basada en la novela The firm, de John Grisham. Vamos, todo el mundo ha leído a Grisham.
—Agente —dijo Poir incorporándose de nuevo y acercándose mucho a ella—, déjese de tonterías que esta mujer lo único que quiere es recuperar a su hijo, y yo recuperar algo que Buendía y Morales desean.
Marina se levantó, dio los dos pasos que le separaban de Poir, que medía unos cinco centímetros más que ella. Lo miró a los ojos.
—Por mucho que lo deseen, aquí los únicos que tenemos lo que le interesa a usted somos Mario Gálvez y yo. Y por eso, le voy a resumir La tapadera en un par de palabras —le susurró al oído—: Occultatum thesaurum.