Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La mansión
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La mansión

Marina miró al cielo como si esperara ver un águila sacarlas de allí, como si ellas fueran Gandalf, Frodo y Sam, y el Belga fuera Sauron, y aquella mansión el Monte del Destino.

A su lado, de pie, Igor parecía un Nazgul: vestía de negro, aunque se había quitado la chaqueta, lo que dejaba a la vista su Glock colgada de la axila.

Una mujer de no más de treinta años, rubia y siliconada, se pintaba las uñas en otro sofá de mimbre.

La mujer miró en dirección a Marina e Irene y sonrió.

Terminó de pintarse una uña, guardó los tarros y se marchó sin que nadie le dijera nada.

—Buenas tardes, señoritas —dijo el tipo vestido de rosa.

Irene musitó un hola para el cuello de su camisa, y Marina fue al grano.

—Frederick Poir.

—Y usted es la policía local de Marbella, Marina Caracuel. ¿Sabe? Conozco a uno de sus tíos.

—Lo dudo, soy Caracuel, pero mis padres no son de Marbella —mintió.

—¿Ah, no?

Marina negó con la cabeza.

—¿Dónde está Pablo? —exigió.

—Siéntense, por favor —pidió el Belga, y se levantó.

Marina se fijó en su aspecto. Poir no era ni guapo ni feo, tenía unos ojos comunes, oscuros, y una nariz correcta y unos labios finos que encerraban una dentadura cuidada.

Llevaba pantalón y camisa de lino color salmón pálido.

Unas sandalias blancas de esparto y tres anillos de oro en la mano derecha.

¿Coleccionaba esposas o alianzas? Tenía un fino pelo rubio y llevaba unas gafas de lectura colgadas del cuello.

Tendría poco más de cincuenta años, y a Marina le chocó la diferencia de edad con Emmanuelle, que no aparentaba más de cuarenta y que no le cuadraba que pudieran ser hermanos. ¿Quizá primos?

Las dos mujeres obedecieron y se sentaron en un par de sillas, también de mimbre blanco.

—¿Quieren tomar algo?

—Queremos que libere a Pablo —insistió Marina.

Poir ni se inmutó y se dirigió a una mesita en la que había diversas bebidas y un cubo con hielo. Se echó dos cubitos y un chorro de vino blanco en la copa de balón que llevaba en la mano.

—Han conocido a Luis Morales y a Tomás Buendía, ¿verdad? —Marina asintió con la cabeza. El Belga sonrió, le dio un trago a la copa de vino con hielo y se acercó hasta ellas—. ¿Y qué tienen para mí?

—Algo que le interesa mucho —respondió Marina.

Poir volvio a sonreír.

—Me gusta usted —dijo, y la señaló con el dedo meñique, el único, junto con el pulgar, que no tenía anillo—. Y a mi hermano también. Tienes muchos cojones de presentarte aquí, en mi casa, exigiendo.

—La cosa no va de cojones, ni de testosterona, que parece que aquí sobra un poco —Marina se levantó y se fijó en Emmanuelle, al que adjudicó una madre o un padre diferentes al de Frederick—. La cosa va de que yo tengo algo que usted necesita, y usted tiene algo que esta mujer necesita.