Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Sotogrande
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Sotogrande

Sotogrande era una zona residencial de lujo. Un lugar en el que Antonio Villegas podría encontrarse cómodo, y un lugar al que Irene no le importaría vivir. En aquel momento, no lo veía tan claro.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Irene.

—No se puede estar segura de nada, pero con ese código que te ha dicho Mario —no dijo «tu marido», dijo Mario, y esto no pasó inadvertido para Irene—, podemos extorsionar al Belga.

La mujer del abogado no estaba convencida, pero aquella desconocida, que había pasado con su marido las últimas veinticuatro horas, era la única esperanza a la que podía agarrarse.

Llegaron a las puertas de la urbanización Mirador de África pocos minutos antes de las cinco de la tarde, que era la hora límite.

Marina se bajó del coche y el bofetón de calor, en contraste con el fresquito del aire acondicionado del interior del vehículo, le golpeó la cara.

Los vigilantes de seguridad, obvio, no las dejaron pasar.

Pidió que avisaran a Emmanuelle Poir. Uno de los vigilantes era una mujer alta como un jugador de baloncesto.

En un principio no le iba a hacer caso, pero la insistencia de Marina provocó que cediera.

Por medio de un intercomunicador contactó con la casa de Poir.

No recibió respuesta. Así que les pidió que esperaran por si devolvían la comunicación.

A los pocos minutos, que a Irene le parecieron horas, apareció en la entrada con su todoterreno. Les pidió que se subieran con él. Irene, muerta de miedo, lo hizo asida del brazo a Marina.

Emmanuelle, en esa ocasión, iba solo, y parecía que estaba como del revés sin su habitual compañero. No abrió la boca en todo el trayecto y la sonrisa de horas atrás había desaparecido de su cara.

Llegaron a una verja forjada en cobre y algo parecido al oro, o bañado en oro quizá, o incluso, de oro. Él pulsó un mando y accedieron a la mansión por un camino de losas empedradas de color gris.

Parecía que estaban transitando por un bosque tropical en lugar de por una ladera de un monte medio malagueño medio gaditano.

Palmeras, arbustos gigantes y hasta cocoteros daban sombra al paseo que finalizaba en un parking.

Allí había otra puerta, más pequeña —con un baño de oro similar—, destinada al paso de personas.

Las dos mujeres bajaron del coche y siguieron a Emmanuelle, que seguía mudo.

Caminaron por un sendero de piedra con otro pequeño jardincito a cada lado en el que las rosas y un par de fuentes con motivos marinos eran los protagonistas.

Subieron por unas escaleras de granito blanco y llegaron a la entrada de la mansión.

Una casa de estilo colonial, blanquísima, con más toques dorados en las rejas de las múltiples ventanas, dos plantas y un porche a la sombra.

Allí, sentado sobre un sillón de mimbre blanco, había un hombre rubio vestido de un color parecido al rosa; acariciaba un pastor alemán como si fuera el mismísimo Hitler en El nido del Águila.