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La escapada

Marina rumiaba el nuevo código, también en latín, mientras conducía a ciento cuarenta por hora el Citroen C4 de Irene. En ese código estaba la clave para rescatar a Pablo.

Una hora y media antes había recogido a la mujer del abogado de su casa, sin necesitar muchos argumentos para convencerla.

Enrique Muros había llevado a Marina a la comisaría de la local, y los de la UDEV le habían confiscado el coche y, por consiguiente, el portátil que habían dejado en el maletero del mismo.

Su superior la interrogó. Marina contó que Mario había acudido a ella y que ella no pudo negarle nada porque había empatizado con él por su intento de suicidio; y porque entendió que la desaparición de su hijo era un asunto muy grave y que el abogado necesitaba ayuda.

Eran sus días libres y podía hacer lo que quisiera.

Muros le insistió en que debería haber notificado el problema a la Policía Nacional y desvincularse del asunto.

Cuando la interrogó por detalles como la huida del hospital, la compra del móvil ilegal, y por qué estaban en Sotogrande a las puertas de una urbanización de lujo, ella se calló y no dijo nada.

Sabía que tendría un buen castigo en cuanto la UDEV la investigara a fondo los movimientos de su propio móvil y del adquirido de forma ilegal.

En ese momento, ni Ávila ni Muros, tenían nada firme contra ella.

Necesitaba salir de allí. Y a Muros no le quedó más remedio que dejar que se marchase.

Estuvo tentada de pedir ayuda a Néstor, aunque, al final, avisó a otro compañero.

Se plantó en casa de Irene y le contó lo que necesitaba de ella. Muros le había prohibido acercarse a la comisaría de la Policía Nacional. A la mujer del abogado no podían denegarle un encuentro, más aún cuando el hijo de los dos estaba desaparecido.

Dicho encuentro, como bien había pronosticado Marina, estaba supervisado por Alterio y por Ávila; que supieron en el acto que le había transmitido un mensaje a la mujer.

Por más que la interrogaron, ella no soltó prenda.

Ávila la puso seguimiento nada más marcharse de la comisaría.

Irene se montó en un taxi, y un subinspector al mando del jefe de Secuestros y Extorsiones la siguió en un camuflado.

Con lo que no contaba ese subinspector era con que un patrulla de la policía local le diera el alto por saltarse un semáforo en ámbar.

Del patrulla se bajó un oficial veterano y entrado en carnes de nombre Ramón Torres.

Ramón tuvo que poner la sirena y cruzarse delante del camuflado, que había ignorado sus señales luminosas.

Cuando el subinspector se hubo identificado y jurado en arameo varias veces, con promesas de expedientar al veterano policía municipal, este le pidió todas las disculpas del mundo y hasta se ofreció a escoltarlo.

El subinspector le dijo por donde podía meterse su escolta y salió disparado.

Ya era tarde.

Irene viajaba en el taxi rumbo al encuentro de Marina. Cuando llegó al punto de reunión, se montó en el C4, que ella misma había cedido a la agente, y las dos huyeron rumbo a Sotogrande.