Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Comisaría
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Comisaría

La sonrisa que esbozaba Marcos Alterio era molesta hasta para Cecilio Ávila.

En el interrogatorio, Mario contó todo lo que tenía que contar. Todo menos los nombres de cada protagonista de la historia y, tampoco, la última parte del plan.

—¿Dónde está el pendrive? —insistió Alterio.

—En un lugar seguro, ya te lo he dicho, Marcos.

—Eso no me sirve.

—Inspector, Alterio. ¿Puede por favor dejar ese tema ahora? —pidió Ávila. Marcos Alterio se calló muy a su pesar— Señor Gálvez, no sé si es usted consciente de la gravedad del hecho de que la sangre hallada en la mochila que tenía en su coche sea la de su hijo.

—¡Cómo no voy a ser consciente de la gravedad! ¡Es mi hijo!

—Y a pesar de ello se ha embarcado usted en una aventura propia de una película de Hollywood con la excusa de querer, de supuestamente, querer rescatar a su hijo.

Mario sollozó. Estaba empezando a quebrarse.

En el camino desde Sotogrande a la comisaría de la Policía Nacional de Marbella se había recompuesto del bajón que le provocó en primera instancia su detención.

Tenía que luchar por su hijo. Necesitaba salir de aquella sala de interrogatorios y reunirse con el Belga.

Sin embargo, ya llevaba una hora allí retenido y las fuerzas le empezaban a fallar.

—Tiene que soltarme. Si no me dejan irme, mi hijo va a morir. Lo van a matar.

—¿Qué hacías con Emmanuelle Poir? —preguntó Alterio.

—Tiene una pista de la localización de Pablo.

Ávila miró a Alterio. Como si con los ojos le estuviera preguntando si eso tenía lógica. Alterio no supo qué decir, así que calló. Ávila se echó hacia atrás.

—Las llamadas desde un número oculto que usted recibió, y en las que dice que lo estaban extorsionando para hacerse pasar por un pederasta y después suicidarse… hemos dado con ese número. Y no está a nombre de nadie vinculado a Poir.

—Por eso digo que ese tío tenía una pista.

De todas formas, lo de los teléfonos… si hasta yo he conseguido un número «limpio» —Ávila se tuvo que callar ante la evidencia.

La única razón por la que estaba allí detenido era porque criminalística confirmó que la sangre de la mochila que había en el coche de Mario era de Pablo—.

¿Han ido a ver al psiquiatra que me recetó las pastillas?

El abogado se hallaba ante la tesitura de confesar que Poir era el secuestrador: si lo hacía pondría en riesgo la vida de Pablo.

Si no lo hacía, también. Por eso facilitaba solo una parte de la información con la esperanza de salvar la acusación que pesaba sobre él mismo como posible responsable de la desaparición de su hijo.

—Un zeta va para allá en estos momentos, no hemos tenido tiempo todavía —contestó Ávila.

El veterano inspector de Secuestros se levantó. Se tocó su gran cabellera y miró a Alterio, que volvió a sonreír.

—¿Puedo? —preguntó.

Cecilio Avila suspiró y movio la cabeza hacia abajo.

—Si me dices dónde está el pendrive, vamos a casa de Poir y la ponemos patas arriba.

Mario abrió tanto los ojos que se le podrían haber secado.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Has dicho que el hermano de Poir tiene una pista. Yo digo que una mierda. Que has averiguado que ellos tienen a tu hijo y tú tienes algo que ellos quieren. Y ese algo está en el pendrive que nos has mencionado.

Mario reprimió las ganas de insultar al policía.

—Marcos…

—Inspector Alterio, si no te importa.

—Inspector —matizó Mario—, déjame salvar a mi hijo y después te entrego todo. Te lo suplico.

Alterio dio un golpe sobre la mesa. Se levantó y murmuró algo entre dientes.

—Vamos un rato fuera, por favor —pidió Ávila.

—Yo no tengo un rato —suplicó Mario.

Los dos inspectores lo ignoraron y salieron.

Mario rompió a llorar.

Clavó sus codos sobre la mesa y se sujetó la cabeza. Perdió la noción del tiempo. Escuchó un ruido a su espalda. Y no se dio cuenta de quién era hasta que no la olió.

—El código, Mario, el código.

Irene, su mujer, estaba a su lado, con la cara roja y muy excitada. A él le costó reconocerla por su demacrado aspecto. Por ello también le costó reaccionar; cuando lo hizo, pegó su boca a la oreja de la madre de su hijo y susurró unas palabras en latín.