Remar y morir en la orilla
Emmanuelle ni se inmutó cuando vio a los nacionales. Mario lo miró pidiendo explicaciones y se encogió de hombros como preguntando si le veía a él con cara de avisar a la policía.
Marina se adelantó unos pasos. De uno de los camuflados se bajó Marcos Alterio. Con gafas de sol que se quitó en el momento de cerrar la puerta del coche. Sacó la placa y se identificó.
—Mario Gálvez, está usted detenido.
—¿Con qué cargos? —preguntó Marina.
—Secuestro y posible asesinato de Pablo Gálvez Lima.
—¡¿Estás loco?! —gritó ella.
—Agente Caracuel, o se retira ahora mismo del medio, o también nos la llevamos detenida.
—Mire, inspector, usted no es policía de homicidios. No tiene autoridad para arrestar a Mario.
—Él, no, pero yo sí —un cincuentón de pelo recio y más en forma que un triatleta, que acababa de bajar de otro camuflado, se identificó—: Inspector Cecilio Ávila del grupo de Secuestros y Extorsiones de la UDEV Central.
Mario agachó los hombros como el que se acaba de enterar del fallecimiento de un familiar. Aquella detención, no en vano, suponía la inminente muerte de su hijo. Al menos eso fue lo que pensó.
Lo esposaron y lo metieron en un camuflado ante la mirada llorosa de Marina.
El Mayor Enrique Muros apareció por allí y tomó el brazo de la agente, que no advirtió ni su presencia ni sus palabras hasta pasados unos segundos.
Solo podía observar cómo Cecilio Ávila posaba sus manazas sobre la cabeza de Mario y lo obligaba a meterse en el coche policial.
—¡Marina, vamos!
Ella se giró a cámara lenta buscando la cara de la persona que le sujetaba del brazo. No se sorprendió al ver a su superior.
—¿Cómo… cómo habéis dado con nosotros?
—Rastrearon la posición de tu móvil hasta un locutorio de Nueva Andalucía.
Después de sacarle al de la tienda la línea que os pasó, la rastrearon también.
La UDEV es la UDEV —Muros curvó la boca en algo parecido a una sonrisa—.
Han dado con vosotros hace una hora. Estás en un buen lío.
Dame el teléfono que se lo tengo que entregar al inspector Ávila.
Marina, con la boca abierta, no escuchó las últimas palabras acerca de la eficacia de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta, ni de los problemas en los que ella podría haberse metido; estaba centrada en Emmanuelle.
Se dio la casualidad de que Alterio se había acercado hasta él.
La policía se soltó del brazo de su superior y corrió hacia el Range Rover.
Llegó a tiempo de escuchar parte de la conversación:
—Señor Poir, esté localizable las próximas veinticuatro horas.
En ese momento, Marina descubrió que el tipo con cara de actor de cine de acción tenía parentesco con el Belga.
Emmanuelle Poir le hizo el gesto militar a Marcos Alterio, que dio media vuelta e ignoró la mirada de Marina.
Quien no la ignoró fue el propio Emmanuelle.
La agente se acercó a la ventanilla del todoterreno.
—Todavía no se han cumplido las veinticuatro horas —dijo. Emmanuelle se llevó la lengua al paladar, como si estuviera degustando algo—. Dame tres horas, es lo justo.
El tipo siguió moviendo la lengua dentro de su boca. Miró a su compinche, que apretó los dientes. Volvió a los ojos de Marina.
Sonrió.
Y sin saber porqué, ella también lo hizo.