Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Armas
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Armas

Emmanuelle los localizó y fue directo con su todoterreno a su encuentro. Pegó un frenazo a escasos metros y consiguió intimidar a Tomás y a su enclenque compañero.

—Buenos días, caballeros y señorita —dijo mientras bajaba del coche—. ¿A qué se debe una reunión tan numerosa?

El secuaz, que también estaba muy abrigado para el sofocante calor que hacía, se abrió la chaqueta dejando a la vista su Glock. Se la mostró a Buendía y a su hermano con la suficiencia del que está acostumbrado a intimidar con armas de fuego: sin tener que encañonar.

Buendía reculó. Y tocó en el brazo a su hermano, que se había puesto demasiado nervioso y había dejado a la vista la navaja que, minutos antes, escondía con la maestría de un tahúr.

—El perro del amo —dijo Buendía.

Emmanuelle sonrió con vehemencia.

—¿Y tú quién coño te crees? Al menos mi amo no está en la trena como el tuyo.

—Por poco tiempo —replicó el gigantón.

El otro gorila también se bajó del coche y también aireó su pistola.

—Lárgate de aquí, anda, antes de que a mi amigo le pique el sobaco.

Buendía dio otros dos pasos hacia atrás. Su hermano no se movió, aunque Tomás volvió a cogerle del brazo.

—Nos veremos, pronto —dijo Buendía, y miró uno a uno a las cuatro personas que tenía delante.

—Sí, en la otra vida.

Tomás y su hermano se metieron en la vieja furgoneta. Tardaron un poco en arrancar, cuando por fin lo hicieron y se marcharon, Emmanuelle habló:

—¿Dónde está?

—En un sitio seguro —dijo Mario.

—No me jodas. Déjate de jueguecitos.

—No estoy jugando, llévame hasta Frederick.

A Emmanuelle le cambió la cara cuando escuchó el nombre del Belga. Intentó disimular, pero ya era tarde.

—No sé qué dices. Me entregas lo que tú ya sabes o no ves más a Pablo.

—No —respondió Mario—. Me llevas a ver al Belga o esta noche acabas en el calabozo, y tu jefe también.

El sujeto sonrió, miró a su compinche que no le devolvió la sonrisa, sino que se cuadró y se acercó hasta el abogado por si había que atizarle un mamporro.

Se fijó en la agente, que mantenía las manos en su cinturón, en la típica pose policial.

No decía nada, y eso no le gustaba al gorila musculado.

Como si se hubieran intercambiado los papeles de poli bueno y poli malo.

Algo debían de esconder para ser tan agresivos en esa negociación.

El tipo marcó en su teléfono. Habló de nuevo en el idioma cooficial de Bélgica. Asintió un par de veces. Colgó.

—Subir al coche.

Mario miró a Marina. Obedecieron.

Cuando estaban a punto de subirse al todoterreno, escucharon un nuevo chirríar de ruedas y una sirena policial. A los pocos segundos estaban rodeados por dos coches negros con un luminoso en el techo y un zeta de la policía nacional detrás.