¿Cita olvidada?
Mario tenía tantas ganas de abrazar a su hijo como su madre.
Pese a ello circulaban despacio, a la velocidad permitida de la vía de acceso a la urbanización del Belga, que era de solo veinte kilómetros a la hora.
Conducía Marina. Se habían citado con Emmanuelle a las puertas de la Urbanización Mirador de África, en Sotogrande.
Una majestuosa puerta, con barrera protegida por dos guardas de seguridad, dos arcos de medio punto a cada lado y sendos leones de piedra en las aceras colindantes denotaban que las casas/mansiones existentes detrás de esa puerta de acceso no deberían bajar de los cinco millones de euros.
Cuando ellos llegaron, el todoterreno todavía no estaba allí. Sin embargo, sí que había una vieja furgoneta de carga. Un tipo grande con ojos de sapo y calvo se bajó del destartalado vehículo, acompañado de otro sujeto, opuesto en lo físico: pequeño, greñudo y muy demacrado.
Marina había detenido el coche a unos veinte metros de ellos y no los vio venir. Mario, en cambio, sí.
—Buenos días, abogado —dijo Tomás Buendía—. Esta vez ha sido usted el que no ha acudido a la cita.
Mario tragó saliva. No podían compartir la información, lo que habían visto en los archivos desencriptados del pendrive que les entregó el ucraniano era demasiado jugoso; si alguien más los tuviera en su poder, el Belga ya no estaría dispuesto a negociar..
—No teníamos ninguna cita con vosotros —intervino Marina.
—Vaya, así que tú fuiste la que visitó a Luis.
El tipo se puso delante de ella, mientras que su hermano se acercó a Mario.
El dueño del bar llevaba algo oculto en la mano que a la policía le pareció una navaja.
Ella ya tenía experiencia en tipos de esa calaña que escondían sus armas blancas entre la mano y la manga de la camisa.
Con el calor que hacía, el greñudo llevaba una camiseta de manga larga, y eso no era buena señal.
—Cuando esto termine, te daremos todo —dijo Mario.
—Cuando termine, no vas a darnos nada porque ya estarás con tu hijo a salvo. Yo sé que tú sabes —dijo Buendía, que dio un paso más hasta poner su pecho a la altura de la cara de Mario.
Mario miró hacia arriba. No tenía ninguna posibilidad contra ese gigante. Marina podría ayudarlo, pero también estaba el hermano.
—¿En serio que me estás amenazando? Pero ¿vosotros no erais de los nuestros? ¿No viniste a pedirme ayuda?
—Estás hablando en pasado, señor Gálvez. Este no era el plan inicial. Ahora necesitamos lo que tienes, lo sabes de sobra.
—Y tú sabes de sobra que necesitamos reunirnos con el Belga para salvar a un niño —dijo Marina.
—El planeta importa más que una sola vida.
Mario apretó los puños. Sí, sus puñetazos podrían no tener mucha fuerza, pero estaba dispuesto a incrustarle los nudillos en el ojo a ese gigante si ponía en peligro a Pablo.
—¿Qué clase de ecologistas sois vosotros que no os importa la vida de un niño de ocho años? —gritó Marina.
—Los que de verdad quieren cambiar las cosas. ¿O te piensas que el mundo va a parar su urbanismo salvaje o su producción de bienes descontrolada solo por colgar unas pancartas o manifestarse? —replicó Buendía.
Mario miró en derredor. Depositó su máxima esperanza en la persona menos indicada, en la última a la que querría tener que pedir ayuda. Y como si de una plegaria al cielo cumplida se tratase, un rechinar de neumáticos acudió en su amparo. La barrera de acceso a la urbanización se abrió.