Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El hostal
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El hostal

A Mario le daba en la nariz que el Belga mataría a su hijo, a él, a Marina y a todo el que estuviera relacionado con sus intereses.

Por eso pidió a Luka una forma de cubrirse las espaldas.

—¿Tenemos que esperar hasta mañana? —protestó Marina

—Sí, además hay que comprar otro portátil.

A Marina no le hacía gracia tener que esperar, por ella hubieran ido a algún bazar chino que hubiera abierto, o a un locutorio. Mario le previno sobre la confidencialidad que necesitaban para abrir los archivos que había en la memoria. Y estaba la regla de las doce horas.

Buscaron en internet la peor pensión de todo el Campo de Gibraltar y la encontraron en una pedanía cercana a La Línea.

Tuvieron suerte porque les quedaba una sola habitación.

—Son dos camas, si quieren las pueden juntar —dijo un recepcionista tan triste como el propio hotel.

—Gracias —respondió Marina, que fue la única en entregar el DNI y que llegó a visualizar en su mente las dos camas juntas.

Mario portaba una bolsa con comida basura que habían adquirido sin bajarse del coche y tapándose todo lo posible de las cámaras de seguridad.

La habitación era inhóspita. Un suelo de terrazo que llevaba tiempo sin barrer, dos camas, con más años que el propio hostal, cubiertas por dos colchas con agujeros y un cuarto de baño en el que solo cabía media persona. Si, como decía Verigo, tenían que follar, no sería en la ducha.

Obvio que se asearon primero uno y luego el otro, pero ambos agradecieron la ducha como si se estuvieran dando un baño en el mismo jacuzzi del ucraniano.

Compartieron la cena hipercalórica sin encender la televisión y casi sin hablar más allá de algún que otro comentario, alabando el buen sabor de la «carne de rata» de las hamburguesas.

Estaban los dos en ropa interior, apenas cubiertos por las escasas toallas que les habían entregado en recepción.

No, ninguno de los dos quería sexo. Mario, por muy despechado que estuviera con respecto a su mujer, tenía otras cosas en la cabeza. Marina, por muchas ganas que tuviera, ni se le ocurriría ser la primera en acercarse.

—Entonces, ¿ya tienes claro el plan? —preguntó él.

—La parte en la que vamos a ignorar a Buendía y a Morales sí, la otra… —dudó—. No tanto.

—Tranquila. Confía en mí.

—Confío en ti, pero no estoy tranquila —se miraron a los ojos, se sonrieron.

Y se metieron cada uno en su cama a intentar dormir unas horas.

—¿Sabes? —dijo ella poco antes de cerrar los ojos—. Me fastidia no haber visto la peli esa de Tom Cruise que me has puesto de ejemplo, ¿cómo se llama?

—La tapadera.