Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La tienda de electrodomésticos
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La tienda de electrodomésticos

Alberto estaba emocionado.

Rodeado de pantallas de cincuenta o sesenta pulgadas por todos lados, estaba decidiendo cuál comprarse. Se decantó por una de cincuenta y cinco, con 8K de resolución, a la que añadió un equipo de home cinema.

En caja pagó con efectivo. Algo más de tres mil euros sumaban la tele, el home cinema, el pendrive, el móvil y el portátil (estos tres últimos artículos por encargo de Luka Verigo). La tienda estaba echando el cierre cuando el gigantón terminó la compra.

Le entregó el teléfono y el ordenador portátil a Luka, que estaba en la parte trasera del coche de Marina.

El tipo tardó una media hora en configurar el sistema operativo, que por fortuna venía casi hasta arriba de carga de batería.

Mientras configuraba el ordenador, también lo hizo con el teléfono móvil.

Para darle línea —y tener internet— sacó de su bolsillo una tarjeta SIM y la introdujo en la ranurita correspondiente.

No hizo falta preguntar ni suponer: era una tarjeta igual de ilegal que la que horas antes había adquirido Mario en el locutorio de Nueva Andalucía.

Cuando terminó todo el proceso, Luka pidió el máximo silencio y la máxima discreción. Se puso a teclear en el portátil a velocidad taquigráfica y al cabo de unos diez minutos abrió el pendrive y lo introdujo en su ranura correspondiente. Copió una serie de archivos y expulsó el dispositivo.

—Toma —dijo ofreciéndoselo a Mario—. El rescate.

Mario levantó las cejas.

—¿Y qué hay aquí?

—Ni lo sé ni quiero saberlo. Por mi parte, una mierda menos en la mochila.

Tanto Marina como Mario lo miraron como un alumno inquieto mira a un profesor frustrado. Luka les explicó, de forma muy resumida, «por la seguridad de todos», que guardaba una serie de archivos en nubes de almacenamiento a las que solo tenía acceso él con una serie de códigos que memorizaba

—Entre ellos los de Berbatov, ¿no? —preguntó Mario.

Luka lo ignoró y siguió con su explicación: para meter uno de esos códigos de su memoria y bajar esa información, antes había que facilitarle otro código como el que Morales transmitió a Marina.

—Pero no tengo ni idea de lo que es. Solo sé que todo eso es del Belga. Yo no pienso abrirlo.

—¿Los archivos están protegidos? —preguntó Mario.

—Claro.

—¿Y cómo los desprotegemos? —inquirió Marina.

—¿Sabes desencriptar archivos de clase NTFS?

—Si me vuelves a hacer una pregunta con retintín como si yo fuera una ignorante —gritó Marina —, te doy una hostia que vas a ver tú los NTFS esos como si fueras Neo el de Matrix.

Luka tragó saliva. No tenía la Beretta al alcance (no era plan de cruzar la frontera con ella, por si acaso), y Alberto estaba en su coche esperándolo, a escasos metros, suficientes para comerse una buena tunda de la policía antes de que llegara en su auxilio.

—Tranquila, mujer. Usa un poco la lógica. Si no te alteras sabrás cómo hacerlo.

—¿Y por qué no lo haces tú? Ya que estás…

—El código, mujer, el código… —dijo Luka. Mario lo miró con la misma severidad que lo miraría un juez—. De todas formas no podrás abrirlo hasta dentro de doce horas. Es una regla de seguridad que llevan todos los archivos que tengo.

—Gracias, Luka —agradeció Mario

Verigo sacó la tarjeta del móvil. La rajó como pudo con sus uñas (protestó porque se acababa de hacer la manicura), y rompió el teléfono dándole dos zapatazos contra el suelo del coche. Marina le pidió que no hiciera el burro, que su utilitario no era un Range Rover.

—Hablando de Range Rover —intervino él—, si os volvéis a cruzar con el tipo que dices que tiene a tu hijo, ni se te ocurra entregarle el pendrive. Pide hablar con el Belga directamente.

—No somos tan tontos —apuntó Marina.

—Una última cosa antes de irte, Luka.

—Espera, dos cosas —intervino de nuevo la agente—, afloja mil euros que no tenemos un duro y la propina ha sido demasiado generosa.

—¡No me lo puedo creer! —protestó el economista que ignoró a Marina y se dirigió a Mario.

El abogado parpadeo dos veces e intentó curvar los labios hacia arriba. Verigo bufó, se metió la mano en la chaqueta y sacó dos billetes de quinientos, que entregó a la agente. Marina se permitió el lujo de poner la nariz cerca del dinero.

—Y lo que te iba diciendo… —siguió Mario.

—No me jodas, abogado…

Mario hizo una pregunta al economista que contestó a regañadientes. Le llevó bastante tiempo explicarle lo que le había requerido.

—Y ya se acabó, ¿vale? Me he jugado mucho haciendo esto. Confío en ti, Gálvez.

—Gracias de nuevo.

—Ah, y si vais a follar, ducharos antes, que no veas —El sujeto se llevó la mano a la nariz, se abanicó con la otra y salió del coche.