Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La verja
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La verja

El asunto se complicaba para Mario Gálvez.

Cuando vio llegar a Marina, lo entendió por la expresión de su rostro.

La estaba esperando junto a un parque infantil, muy próximo a la verja que separa La Línea de Gibraltar, en el que había depositado su mirada con la esperanza de que Pablo apareciera por allí jugando.

Como si de un truco de magia se tratase y el niño estuviera dentro de la chistera de algún prestidigitador.

Anochecía en el peñón.

Cuando la policía se sentó en el asiento del conductor, Mario sonrió. Le puso la mano en el hombro.

—Ha llegado el momento, compañera.

Marina no entendió, mejor dicho, no quiso entender.

—¿Cómo podemos extorsionar a este tipo?

—No se puede —La mano de Mario seguía sobre el hombro de ella—. Lo hemos intentado. Pablo sigue vivo, y ha llegado la hora de rendirse. Yo no sé tú, pero yo no puedo más.

—Todavía es pronto, tenemos hasta mañana a media tarde. Piensa: ¿cómo podemos sacar a este tío la información que necesitamos?

—En menos de un día no hay forma.

—¿Y si tuviéramos más tiempo?

—No sé, quizá si viajara a Rusia y me trajera a Berbatov…

—¿Y no puedes llamarlo por teléfono?

Mario cambió la mano del hombro a la cara de la policía. A la que le brillaban los ojos tanto que pasó de estar compungida a estar casi llorando.

—Era broma. Para Berbatov soy lo mismo que el metre de uno de sus restaurantes favoritos.

—Pero ¿por qué tienes que morir? Les contaré una mentira, que el ucraniano se ha movido de lugar, que no lo hemos encontrado y que nadie lo hará… Que se me lleven a mí…

El abogado evitó que las lágrimas de la policía llegaran sus labios. Se inclinó sobre ella, por un momento parecía que la iba a besar. Le dio un abrazo. La agente apenas pudo corresponderlo porque estalló en un llanto inconsolable.

Un pitido les sacó del emotivo momento. Se separaron. Un segundo bocinazo, más estridente aún, les alertó de que aquello no era un cabreo de un conductor próximo. Un pequeño coche con el logo de una empresa de seguridad se situó en doble fila junto a ellos.

Luka Verigo bajó la ventanilla y Marina terminó de bajar la suya.

—Gálvez. Lamento cortarte el rollo —dijo el economista—. Vengo para preguntarte si no tenías una chusma peor con la que juntarte. No me jodas, el Belga y Morales.

Marina sonrió sin dejar de llorar y se tapó la boca para disimular su emoción.