Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El vigilante
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El vigilante

Ayudar no formaba parte del vocabulario de Luka Verigo.

—¡¿Cómo?!

—Es demasiado arriesgado —insistió con el sobre hasta que Marina, por inercia, lo cogió.

—Y tanto; la vida de un niño de ocho años está en juego.

—Lo siento —Luka se dirigió hacia la puerta.

—Te he dado el puto código —gritó Marina— y, además, doscientos mil euros de propina por las molestias, Luka.

Luis Morales, aparte del código, le había recomendado que fueran con todo el efectivo que pudieran. Aunque Mario tenía unos buenos ahorros, jamás podría haber llegado a esa cantidad en menos de una hora. Esa cantidad la sugirió Jose, aunque podría haber sugerido otra cualquiera.

Verigo la ignoró, y puso la mano sobre el pomo. Marina saltó y se apoyó sobre la puerta antes de que la abriera y le invitara a marcharse.

—Yo sí que lo siento. Siento que ese niño tenga que morir. Y, ¿sabes? Eso no va a pasar.

Luka clavó sus ojos en los de la policía. Hacía tiempo que no estaba con una mujer sin pagar, no por falta de atractivo, sino por pura pereza. El fuego que ella desprendía le produjo una cierta excitación. Excitación que borró en el momento en el que ella lo amenazó.

—Nos tienes que ayudar o te denunciaré.

La amenaza era tan simplista que le provocó hasta ternura.

No había nada que denunciar. El tipo reculó, volvió a la cocina y abrió un cajón; después abrió otro y ahí abrió una la caja de madera y acarició la empuñadura metálica de una Beretta.

La guardaba en la cocina porque estaba en mitad de la casa y le permitiría llegar a ella con facilidad en caso de situaciones como esa.

La acarició y miró a la agente. Marina pensó que iba a coger un cuchillo, pero Luka cerró el cajón, tomó un teléfono inalámbrico que tenía en la encimera y marcó un número de solo tres cifras.

—¿Lourdes? ¿Está contigo Alberto? Vale, ¿puedes decirle que suba a mi apartamento, por favor? —solicitó—. Es solo una comprobación.

—Hijo de puta —dijo Marina, al tiempo que se abalanzaba sobre Luka.

Verigo ni se inmutó, sacó la pistola y la puso sobre la encimera, sin empuñarla pero con su mano justo al lado.

Con la otra mano tomó un rodillo de amasar el pan y lo osciló en el aire.

Marina se detuvo de pura impotencia. El tipo ya había avisado a alguien de seguridad, y si bien el rodillo no intimidaba demasiado, la Beretta sí. Enfrentarse con él no serviría de nada.

—Puto cobarde.

—Sí, sí. Ahora te marchas o les diré a los vigilantes que te retengan mientras viene la policía del peñón. ¿Sabes inglés?

Marina le escupió en la cara, cosa que sorprendió al economista. Se esperaba otro insulto o un intento de agresión. Nunca el escupitajo.

—Estás loca.

—Si a Pablo le pasa algo, vendré a por ti y ni tus seguratas te podrán proteger —gritó la policía, tan cerca de la cara de Luka, que volvió a sentir la saliva de la mujer, esta vez en forma de ligeras salpicaduras—. Te meteré ese mazo por tu culo de rico de mierda. O una pistola, la tuya o la mía.

El economista no se tomó en serio la amenaza. Al menos en un principio. Aunque la imagen mental del amasador o de una bala perforando su recto no le agradó.

Marina salió disparada del apartamento y bajó por las escaleras, ya que no quería cruzarse con los de seguridad en el ascensor.

Verigo se situó frente a la ventana. La amenaza de la policía era propia de una persona desesperada.

Sin embargo, se acordó del abogado. A su hijo no lo conocía, pero en ese momento se dio cuenta de que Mario Gálvez era un excelente letrado, y una persona íntegra que había salvado el culo de su mejor cliente.

Llamaron a la puerta. Luka, despacio, abrió.

—Buenas tardes, señor Verigo —dijo Alberto, el vigilante de seguridad en el que más confiaba Luka. Alberto medía más de uno noventa y era ex guardia civil. Lo trincaron con hachís incautado a un narco de Barbate, y después de pasar un tiempo a la sombra, se reconvirtió en vigilante jurado.

—Dime, ¿cuánto me cobrarías por ayudarme en un asunto?