Marina y Luka
Marina llevaba más de seis meses sin sexo.
Un revolcón con un antiguo compañero, que se había pasado a la Guardia Civil, y listo.
Un revolcón muy mejorable. La tensión de las últimas horas, las miradas de Mario y el perfume de Emmanuelle habían activado en ella una extraña pulsión sexual.
Una pulsión que se agravó al descubrir el jacuzzi en el que Luka disfrutaba de las inabarcables vistas del estrecho de Gibraltar.
—Verum Pulchritudo —dijo Luka—. ¿Cómo conoces el código?
—Digamos que un amigo en común —respondió.
—El mismo amigo que ha faltado a nuestra confianza y te ha dado mi dirección.
—No, no es el mismo. El que me ha traído aquí no lo hubiera hecho si la situación no lo requiriera.
—¿No es el mismo? —dijo Luka extrañado.
—No.
El tipo se llevó la mano a la cara, pensativo.
—Entiendo.
—Señor Verigo, hay un niño secuestrado.
—¿Y?
—¿Cómo que y? ¿No te parece suficiente?
—No hay que mezclar cuestiones personales con profesionales.
—Es que aquí se mezcla todo.
Luka la miró de arriba abajo, él era pequeño aunque fuerte. Si la tipa se ponía chula, le pegaría una patada y avisaría a la seguridad del edificio. O la despacharía él mismo.
—Solo se me ocurren dos personas que te puedan haber traído hasta aquí. Y una de ellas está ya en Rusia.
—Hay una tercera.
—¿Cómo una tercera?
—Puede que solo dos sepan donde vives. La tercera sabe lo que haces. Y es la que me ha dado el código.
Verigo se sentó en un futón de piel que debía costar más de lo que cobraba Marina en un mes.
—O me explicas o te largas.
La policía se fijó, de nuevo, en el jacuzzi, y se hubiera metido en él (dos días sin ducharse y sin apenas descansar) de no ser porque un niño de ocho años dependía de ella para sobrevivir.
Se sentó en un sofá cerca del futón donde el ingeniero fiscal había depositado su culo.
Un sofá blanco en forma de ele, que se antojaba demasiado grande para una sola persona.
La boca de Marina comenzó a contar la historia desde el principio.
Aunque omitió algunos detalles, narró el momento en el que Mario se había citado con Buendía; el rapto del niño; el intento de suicidio del abogado, y el resto de su aventura hasta llegar al centro penitenciario que albergaba la vida actual de Luis Morales.
Y, por supuesto, el encuentro con Emmanuelle.
Le entregó el sobre con el dinero, y Luka lo abrió con la delicadeza de un niño abriendo un regalo de comunión.
—Así que Morales y el Belga, ¿eh? —preguntó Luka mientras manoseaba los billetes—. Pero qué dos hijos de la gran puta… —Marina abrió los ojos, extrañada ante el insulto y el buen español del ucraniano— Entiendo que Morales ha averiguado el código de alguna forma y te lo ha entregado.
Marina asintió.
—¿Y cómo coño lo ha conseguido?
—No tengo ni idea, pero es válido, ¿no?
—Joder que si lo es —Luka sonrió—, es jodidamente válido, pero no entiendo cómo un tío así ha podido conseguirlo…
—Supongo que en la cárcel se consigue de todo, ¿no?
Luka sonrió de nuevo y se levantó del futón, dio un paseo por el ático.
Vestía un pantalón holgado de Versace, color gris, y una camiseta de la misma marca y también gris.
Tenía una cabellera rubia desmelenada y barba de dos días, también rubia.
El tipo, había que reconocérselo, tenía buen gusto.
Además del jacuzzi en mitad del salón —separado por una cristalera—, había una cocina con isla, probablemente de granito.
El sofá donde estaba sentada Marina apuntaba a una pared blanquísima, en cuya parte superior colgaba lo que debía ser la pantalla en la que un proyector colgado del techo plasmaba sus imágenes en resolución 4K o más.
Un par de figuras de cobre decoraban una mesa de cristal al otro lado de la estancia, y una estantería nacarada albergaba libros de diferentes autores.
Todo formaba un conjunto minimalista y no recargado de un genio de las finanzas, al parecer, refinado y culto.
Dicen que puede conocerse a las personas si escarbas en su basura.
Marina pensó que aquel tipo no debía ni generar basura, al menos de la orgánica.
—¿Y Gálvez? —preguntó Luka al mismo tiempo que detenía su paseo y se giraba sobre su eje.
—No puede cruzar la verja.
—Ya —se puso la mano en la nuca, se estiró. Quizá le molestara, aunque Marina pensó que no tendría problemas en llamar a una fisioterapeuta —titulada o no— para darle un masaje —relajante o descontracturante. Se acercó a la policía y le entregó el sobre con el dinero—. No puedo ayudaros.