El ucraniano
Ucrania, por desgracia, estaba en guerra.
Aunque, por desgracia, eso no afectaba a Luka Verigo, natural de Donetsk, donde nació allá por 1980. Él vivía en un ático dúplex en un rascacielos (si es que doce plantas puede considerarse como tal) de Gibraltar.
Siempre se decía a sí mismo que se lo merecía.
No ponía las noticias desde que estalló el conflicto en su país, mejor dicho: desde que invadieron su país.
Él ya se había encargado de sacar de allí a toda su familia y a todos los amigos que aún vivían en Ucrania.
Había cumplido su parte, no podía hacer más.
Podría boicotear, eso sí, todo lo que oliera a Rusia, como derrocar a algunos jerarcas que fueron clientes suyos en el pasado; a todos excepto a Berbatov.
El magnate de San Petersburgo era su gran valedor, y se profesaban mutuo respeto.
No habían hablado desde que lo metieron en chirona, ni siquiera después de que lo pusieran en libertad.
No hizo falta. Un par de borradores de email en un correo en el que ambos compartían clave de acceso (borrados posteriormente) bastaron para dar un par de indicaciones, uno, y spasiva, el otro.
Como había confesado Mario, el mismo Berbatov fue el que le puso en contacto con Luka Verigo; eso sí, después de que el abogado presionara sin descanso a su defendido.
Suerte, según Raúl Solana, buen trabajo según el jefe Villegas.
Identificar a su ingeniero fiscal no fue fácil para el oligarca ruso, era un arma de doble filo.
Podría tanto liberarlo como tumbarlo. Porque en el mundo en el que se movía Berbatov, por mucha ingeniería fiscal que se aplicase, siempre se estaba al borde del precipicio.
El testimonio y las pruebas de Verigo fueron la clave para absolver a Berbatov. Todo estaba en orden, con registros, pagos y firmas verificadas por la fiscalía anticorrupción, muy a su pesar, y a pesar, sobre todo, del inspector Alterio.
Luka Verigo llevaba una semana descansando bien, después de la sentencia absolutoria de su mejor cliente.
Por eso no se esperaba la llamada en el telefonillo de su ático de lujo.
No esperaba la llamada de nadie salvo de los repartidores de comida a domicilio, y de las señoritas de compañía, también a domicilio.
Y las siete de la tarde no eran ni la hora de la cena ni la hora de follar.
En la pantalla del videoportero se encontró con una cara que no le sonaba de nada: una mujer con una gorra y vestida de azul oscuro casi negro, que parecía una repartidora de Amazon. Y él no hacía esos pedidos a domicilio, sino que se los dejaban en la recepción del bloque donde vivía.
—¿Quién es?
Las palabras que Luka Verigo escuchó por boca de esa mujer le dejaron sin hambre y sin ganas de sexo en mucho tiempo.