Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Camino de Gibraltar
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Camino de Gibraltar

La historia de la vida de Marina Caracuel no era extraordinaria. Aunque ella era feliz. Después de la confesión de Mario, esa felicidad se vino un anto abajo.

—No me importa —sentenció.

—¡¿Cómo que no te importa?! —Exclamó el abogado—. Te acabo de decir que también puedes convertirte en víctima del Belga. Saben que tú sabes.

Esa sería la primera vez que Marina habría de escuchar esas palabras, aunque no la última antes de que todo terminase. El Belga, ahora, sabía que ella sabía —y valga la redundancia— de la existencia del mítico ucraniano.

—¿Quién te dice que no van a raptar a tus padres o a Ramón o a… ?

—Ramón sabe cuidarse de sí mismo, y mis padres ahora mismo no están en Marbella. Ya me preocuparé yo de preocuparlos cuando toque el momento.

Mario bufó, cabreado por la indolencia de su compañera de fatigas.

Marina le pidió calma, una vez más, y que se centraran en lo importante, que disponían solo de veinticuatro horas. Mario se resignó y asumió que todo aquello era una huida hacia delante.

Veinticuatro horas podían ser mucho, si uno está, por ejemplo, en una cena familiar con suegros y cuñadas; o podría resultar poco si, por ejemplo, uno está en un resort de lujo en Maldivas.

Para encontrar a un testigo protegido, veinticuatro horas suponía poco tiempo.

No por el hecho de encontrarlo, que eso era más o menos fácil, sino por el hecho de, primero, convencerlo y, segundo, sacarle toda la información necesaria.

—Te han dado doscientos mil euros en menos de media hora —dijo Mario.

—Claro.

Mario sacó del sobre el pequeño fajo de billetes de quinientos euros. Marina iba al volante y circulaba veinte kilómetros por encima del límite de velocidad. Habían tomado la autopista de peaje y se justificó a sí misma esa nueva infracción de la legalidad. Una más que añadir a su expediente.

—No sé yo si bastará.

—¿Te refieres a la pasta o al tiempo que nos han dado?

—A las dos cosas.

—Ya te digo yo que con lo que me ha contado Morales es suficiente. Al menos para que te quedes tranquilo durante un día completo.

Mario suspiró. En eso tenía razón su compañera: Pablo estaba vivo.

Emmanuelle, después de enseñarle la foto en la que el niño estaba semidesnudo, ataviado tan solo con un calzoncillo, le mostró un vídeo en el que Pablo dijo: «Hoy es viernes de feria, y quiero ir a la noria con mis padres».

Mario rompió a llorar cuando lo vio y después, aunque no era una prueba irrefutable de vida, le bastó para tranquilizarse un poco.

—Solo un día, compañera.

—Por la mirada de Luis Morales, y por la tuya cuando te he mencionado al tal ucraniano, vamos en la buena dirección. ¿Me equivoco?

—Puede que tengas razón.

—Venga, abogado, dispara, que ya tenemos confianza.

Mario se permitió una leve sonrisa. Giró la cabeza y volvió a fijarse en los labios de la policía. Esta vez no pensó en Irene, sino que pensó en Marina Caracuel: una tía tan loca como atractiva.

—Raúl Solana tenía razón.

—¿Ese es el amante bandido?

En otro momento, Mario hubiera estrangulado a Marina por el chascarrillo. En ese instante volvió a sonreír.

—El mismo.

—¿En qué tenía razón?

—En que tuve suerte al dar con el ucraniano como testigo.

—¿Suerte? La suerte hay que buscarla, querido.

Mario resopló.

—Si no es por el ucraniano, no hubiera ganado el juicio.

—¿Cómo llegaste a él?

—Me lo indicó el propio Berbatov.

—Bueno, razón de más, si no es por ti, Berbatov no hubiera salido indemne de los trapicheos que tuviera.

—Ingeniería fiscal.

—Lo que sea —Marina apartó por un momento la mirada de la carretera y se encontró con los ojos de Mario. La intimidó un poco, aunque prosiguió—: ¿Que tiene ese ucraniano que es tan valioso?

—¡Puf! —resopló Mario—, la pregunta sería: ¿qué no tiene?

Marina se calló unos instantes y reflexionó.

—¿Qué es?, ¿un hacker de esos como el Snowden? —dijo al final.

—Más o menos. Solo que no creo que sea un hacker, tan solo un mago de las finanzas y un almacenador de datos. Se parece al Snowden en que tiene información que podría derrocar a más de uno y a más de dos.

—¿Tanto?

—Sí, lo que pasa es que el tipo, no sé cómo lo hace, encuentra todos los subterfugios legales para que parezca eso: legal. Y no solo lo parece, sino que lo es. Al menos con Berbatov, por eso quedó libre, porque el ucraniano organiza todo su tejido empresarial.

—Espera, espera. ¿Y qué tiene eso que ver con el Belga?

—Pues no tengo ni idea, dímelo tú —Mario se puso nervioso.

—Bueno, es que Luis Morales nos dijo que guardaba algo que podría hundir al Belga.

—¿Algo como qué?

—No me dio detalles, no quiso hacerlo allí dentro. Tan solo dijo que deberíamos confíar en él. Y me facilitó el código.

—Ya, el código —musitó Mario—. El ucraniano y sus códigos. Vaya tela…

—El tipo te contactó antes de toda esta movida por algo. Le noté convincente. No le veo yo como un criminal, por lo visto el Belga sobornó a algunos nacionales para que lo metieran en el talego.

Marina le contó a Mario que una empresa de Morales, dedicada al reciclado de plástico tenía una contabilidad defectuosa. Morales tuvo que enfrentarse a un juicio que se le complicó por la introducción de pruebas falsas, según él, y por la condena previa por delitos contra el patrimonio.

—Le metió fuego a una excavadora del Belga —dijo Marina.

—No se pudo demostrar, pero si te lo ha confesado en la cárcel… —dijo Mario, y Marina sonrió—. El caso es que un vigilante resultó herido y todo se le complicó.

Mario hizo el intento de sonreír. Se alegró, en parte, del atrevimiento de Morales. Y pensó que, si salían con vida de aquello, tanto él como su hijo, gracias al chivatazo del activista, se encargaría de que abandonara la cárcel libre de cargos. Para compensar, al menos.

—Ahora toca visitar a Luka.

—¿Luka? —preguntó Marina—. Ah, el ucraniano.