Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Doscientos mil
55%

Doscientos mil

La Glock no intimidó a Marina.

—Quieto, vaquero —se burló ella, y levantó las manos—. Esto no es una peli del oeste. Yo no tengo revólver, pero a tu jefe seguro que le da más miedo lo que tengo aquí —dijo, y se tocó el cráneo.

—¡Qué mierdas dices!

—Mario tiene una información, y yo, después de visitar a nuestro amigo en común en la cárcel, tengo otra.

Morales no se ha callado nada. Y aquí el amigo Gálvez sabe cómo llegar a esa información que tanto busca tu jefe.

Fíjate si le interesará que está dispuesto a secuestrar y amenazar de muerte a un chiquillo de ocho años.

Emmanuelle apretó la mandíbula como solía hacerlo los sábados después de meterse alguna raya.

Se apartó de ellos. Le pidió a su compinche algo en lengua flamenca neerlandesa (al menos eso pensaron y confirmaron con posterioridad).

El compinche llamó por teléfono a alguien, y después le pasó el móvil a Emmanuelle.

Mario temblaba, Marina se arrimó a él y le abrazó por la cintura. Estaba en sus manos, de forma literal.

El saco de músculos protestó, un par de veces, después colgó el teléfono. Le pidió al compañero que subiera el coche y él hizo lo mismo.

—No os mováis.

Cuando desaparecieron de su vista, Mario dobló sus rodillas y cayó al suelo. Marina trató de sujetarlo.

—¿Qué has hecho, Marina, qué has hecho?

—Tranquilo, está todo controlado —Más o menos, pensó, aunque eso no lo verbalizó. No podía mostrar sus dudas al abogado; se había marcado un pequeño órdago con Emmanuelle y confiaba en que le iba a salir bien.

En el tiempo que ambos esperaron la vuelta de los gorilas, Marina le contó lo averiguado en la cárcel. Mario sintió una arcada cuando escuchó el nombre que Morales había transmitido a Marina como clave para resolver la situación.

La policía le explicó lo que iban a hacer, y Mario no lo vio nada claro.

—Ya verás como sí, han ido a por la pasta. Si vuelven es que tienen miedo y que van a ceder.

Volvieron. Emmanuelle bajó la ventanilla del coche y llamó a la agente para que se acercara. Le ofreció un sobre. Ella lo tomó, pero el tipo lo sujetó.

—Veinticuatro horas. Dentro hay un número de teléfono.

Liberó el sobre y Marina se hizo con él.

—No nos sigas —dijo ella para contrarrestar la amenaza.

Emmanuelle sonrió, y masculló una palabra que no entendió seguida de otra más clara: politie. Marina sintió una punzada de orgullo, como si le hiciera gracia que el tipo la maldijera o la insultara.

—Ya ajustaremos cuentas tú y yo, agente.

—Lo estoy deseando.

El Range Rover aceleró y desapareció del polígono.

La policía se subió al coche, de nuevo, donde Mario ya se había sentado. Tomó aire y disparó:

—¿El ucraniano? ¿Tú te das cuenta del problema que te acabas de buscar?

Marina Caracuel alzó las cejas, sin entender.

Por indicación de Luis Morales debían encontrar al ucraniano y la información que él custodiaba en menos de veinticuatro horas. Sin embargo, la agente no era consciente de que conocer la existencia del ucraniano cambiaba su implicación en la historia.