Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Glock
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Glock

Emmanuelle era tan incisivo como paciente.

Su corpulencia, y la de su acompañante, intimidaban. Aunque las armas, bien guardadas bajo sus axilas y que se habían encargado de enseñar a policía y abogado, intimidaban más. El tipo también era Belga, o al menos eso parecía por su acento extraño, y se mostró cordial.

—Menos mal que habéis venido a ver a nuestro amigo Luis, si no llegáis a venir, Pablito…

—¡¿Dónde está mi hijo?, hijo de la gran puta!

—Tranquilo, hombre —Emmanuelle sacó su iPhone de más de mil euros y, después de una búsqueda, se lo enseñó a Mario.

El abogado, cuando vio la imagen de su hijo, se llevó las manos a la cara y sollozó.

—Si lo habéis torturado os jugáis la permanente revisable, ¿lo sabías? —Marina, ya fuera del coche, se dirigió a Emmanuelle.

—Agente Caracuel —hizo el típico gesto de llevarse la mano a la sien a modo de saludo militar/policial—. ¿Cómo está Ramón?

Marina tragó saliva. Los tentáculos del Belga y sus acólitos parecían llegar muy lejos, y la policía se acordó de Alterio.

Lo primero que haría cuando la pesadilla acabase, sería hablar con su compañero Néstor, férreo defensor de la rectitud y el protocolo, y, por consiguiente, enemigo acérrimo de la corrupción policial.

No pondría pegas para investigar al policía del GRECO.

—¿Qué queréis? —dijo Mario, al borde del colapso.

—Que vuelvas al plan original: un puente y a volar —Emmanuelle hizo un gesto con la mano moviéndola de un lado a otro, como si fuera un avión planeando.

Mario apretó los dientes. Y los puños. Quería reventar a aquel desgraciado, pero ni tenía fuerza ni habilidad para ello. Miró a Marina, que no quitaba los ojos del anabólico Belga.

—Está bien. ¿Dónde?

—Sube al coche y nosotros mismos te llevamos —Le abrió la puerta trasera—. Monsieur…

—No —Marina sujetó del brazo a Mario—. No va a ningún lado.

Emmanuelle soltó una carcajada y mostró, una vez más, el diamante de su incisivo.

—Agente, esto no es una negociación. O salta él o hacemos saltar a Pablo.

—Doscientos mil euros.

El tipo alzó las cejas y miró a su compañero, los dos sonrieron.

—Te repito, Marina Caracuel, que esto no es negociable, ni nosotros somos dos rateros de los que estás acostumbrada a detener. La vida del niño no tiene precio, y, además, doscientos mil son calderilla.

—Pues eso, como es calderilla, al Belga no le costará nada darnos esa pasta.

Emmanuelle dejó de sonreír. Aquella niñata acababa de tocarle los cojones, y eso era algo que no estaba dispuesto a tolerar. Se acercó hasta ella y puso su frente junto a la de la policía, casi rozándola.

A Marina le molestó que el tipo oliera a perfume caro del bueno y que eso le gustase. Hubiera preferido que apestara, y así no dudar en su determinación. El atractivo del esbirro la descolocó un poco, no lo suficiente para perder de vista su objetivo final.

—Chica, haz el favor de desaparecer una temporada si no quieres que le pase nada a Ramón o a tu familia —amenazó—. Abogado, suba al coche.

Volvió a abrir la puerta trasera del todoterreno. Marina se movió y le pegó una patada a la puerta que se cerró de golpe. Lo que provoó que Emmanuelle se llevara la mano bajo la axila hasta tocar el acero de su pistola Glock.