El Range Rover
Pablo era un niño cariñoso, cercano, sonriente.
Mario lo echaba de menos y no paraba de pensar en él.
A falta de su teléfono móvil, en el que cada dos por tres recibía notificaciones de recuerdos de fotos hechas en el pasado, rebuscaba en su memoria.
Y los recuerdos se le hicieron más vívidos que las propias fotos en la pantalla de un dispositivo digital.
Recuerdos del día en que nació: un frío mes de diciembre.
Recuerdos de sus primeros pasos, un caluroso mes de agosto.
Y recuerdos de sus primeras palabras, diversos e indeterminados días de cualquier mes del año.
Los momentos en la cama con Irene y él, cuando se venía muerto de miedo por algún ruido nocturno, o nada más despertarse, demasiado temprano, los fines de semana.
Se le saltaron las lágrimas.
¿Cómo podría superar todo aquello? En el caso de que volviera sano y salvo… ¿cómo podría dejarlo en el colegio, durante cinco horas, al cuidado de extraños? ¿O en el centro musical?, al que culpaba de todo.
Golpeó en el volante varias veces. Salió del coche. A pesar de estar aparcado a la sombra, las tres de la tarde traía a la provincia malagueña un calor desmedido, por encima de los treinta grados.
Puso los brazos sobre el capó, tomó aire y consiguió calmarse.
La calma le duró poco, porque el utilitario de Jose apareció, a lo lejos, circulando a más de setenta por hora.
Se detuvo a su lado con un frenazo y Marina se bajó de un salto.
Le hizo un gesto y, sin mediar palabra, se coló en el asiento del conductor.
Mario se fijó en Jose, que le sonrió con vaguedad y le dijo:
—Ella cuidará de ti.
Mario hizo el amago de sonreír. Jose se marchó sin apenas despedirse.
Miró a Marina a través del parabrisas, ella le hizo un nuevo gesto para que se apurara.
Cuando iba a entrar en el coche, un Range Rover oscuro apareció de la nada y casi se lo lleva por delante.
Se detuvo justo a su lado y las ventanillas se bajaron.
Un tipo repeinado, con gafas oscuras y con aires de actor de cine de acción apareció ante los ojos del abogado.
—Señor Gálvez —dijo el sujeto, y sonrió. Y Mario se fijó en el pendiente incrustado en uno de sus dientes incisivos.