Susurros
Luis Morales seguía embisitiendo a Arturo, su compañero de celda, mientras él susurraba algo poco comprensible.
Morales era homosexual, Arturo era humano. Después de varios años en el talego, la falta de roce, de cariño y de sexo hicieron que cruzara la acera. A veces por placer. A veces por necesidad. A veces por interés.
Morales lo trataba como a un hermano pequeño; no es que lo protegiera como en las películas, la corpulencia de Luis y su fuerza no le llegaban para eso; tan solo lo instruía en aspectos de la vida que Arturo ni conocía: la justicia social, la lucha de clases, el cuidado del medio ambiente…
Arturo solo se había cuidado de sí mismo desde que, cuando tenía quince años, su madre se marchó de casa harta de las borracheras de su padre.
No es que la pegara, tan solo vomitaba todo lo vomitable, y de lo poco que ella ganaba limpiando, el padre se afanaba la mitad para gastárselo en el bar o en porros.
A Arturo, ante los vicios de su padre y la ausencia materna, solo le quedó dedicarse al trapicheo.
Quizá empezara antes, y por eso la progenitora también lo abandonara.
Nunca lo supo a ciencia cierta. Tampoco le importó demasiado.
Hacía de vigía para los narcos de Barbate, de dónde era originario.
Se llevaba trescientos euros por apostarse en lo alto de un barranco y avisar por un móvil, que luego tiraba a la basura, si los picoletos merodeaban por la zona.
Ascendió de vigía a descargar fardos, y de ahí no le quedaba otro futuro que recibir un navajazo de algún clan rival, o un balazo de la Guardia Civil.
Tuvo suerte y fue lo segundo. Pero como fue en una pierna, sobrevivió.
Y para seguir sobreviviendo tuvo que hacerse confite de los picoletos.
Más de una incautación fue gracias a su labor de contraespionaje.
En esa época conoció a mucha gente. A tanta que uno de los tentáculos del Belga llamó a su puerta.
Arturo ya había llegado a los treinta años.
Era un tío con una envergadura considerable, una melena envidia de muchos y no tenía una gota de grasa.
En parte porque era puro nervio, en parte porque solo comía carne que su colon habría de pagar en un futuro no muy lejano.
Uno de los lugartenientes del Belga lo metió en su círculo.
Y como ya estaba infiltrado en la Guardia Civil, Arturo se quiso pagar su seguro de vida con una especie de espionaje en versión cutre.
En una fiesta que organizaba el Belga, consiguió cierta información sensible gracias a las buenas drogas que le proporcionó a un concejal corrupto, invitado del Belga, y con poco aprecio por la vida.
Los porros lo ablandaron, el eme lo puso cachondo, y Arturo le consiguió una de las mejores —al menos así se lo vendió— prostitutas de todo El campo de Gibraltar.
Con esa información Arturo se creía el amo y señor de los confites de la «madera» o de los picoletos.
Lo que no sabía es que daría con más de un doble agente y acabaría con sus huesos en el talego.
Porque los picoletos le quisieron sacar esa información tan valiosa, y él, por supuesto, se negó a cantar.
Tenía cosas mejores que hacer con semejante tesoro.
Meterlo en la cárcel fue lo mejor que le pudo suceder: si le llega a coger el Belga, lo hubieran desollado o quemado vivo.
En Alhaurín, en brazos de Morales, se sentía bien, cómodo, con alguien culto que le enseñaba cosas que a él le sonaban a chino o a latín.
Precisamente, mientras follaban, susurraba unas palabras en latín que Luis Morales no tardó en memorizar. Era la forma que Arturo tenía de pagarle el cariño.