Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Malaga 1
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Malaga 1

Según Jose, el Centro Penitenciario Malaga 1 es agradable, relativamente, para los reclusos.

Intentó entablar conversación con Marina, que se mostró reacia y parca en palabras, lo que la abogada entendió como un rechazo a ese intento amistoso.

—Eres mi ayudante, y vamos a entrevistarnos con el tal Morales de cara a una posible representación en su próximo juicio.

—Sí, todo claro.

Le preguntó si llevaba algo metálico y Marina negó.

Las dos mujeres llegaron al primer control y saludaron al guardiacivil que las recibió.

—Hombre, Jose, tú por aquí de nuevo.

—¿Qué tal, Róber?

Le dio dos besos al guardia, algo alejado de los protocolos, aunque esa ausencia de protocolo fue lo que las permitió entrar.

El tal Róber las dejó pasar sin apenas hacer preguntas y con solo identificarse con el DNI.

En el segundo control, donde preguntaron a la abogada el nombre del recluso al que iban a visitar y el motivo de la visita, se complicó la cosa.

Le avisaron de que debería haberlo notificado antes.

Aunque, dado que era conocida de todo o casi todo el personal del centro penitenciario, las dejaron pasar.

Marina tuvo que darle la razón a la abogada, aquello parecía cualquier cosa menos una cárcel: pasillos amplios y limpios, escasos en decoración y mobiliario, pero agradables. Llegaron a una sala amplia, con multitud de sillas de plástico unidas, que parecía la sala de espera de un hospital.

Esperar, precisamente, fue lo que tuvieron que hacer durante casi una hora. Marina movía en exceso los pies, las rodillas, los tobillos sobre las punteras. Se puso de pie al menos cuatro veces. Jose la miraba con la suficiencia que tiene la que era experta en esos menesteres.

—Tranquila, mujer, que al no ser horario de visitas, los reclusos no están avisados. Por eso tarda más.

—No me puedo tranquilizar con Mario solo en ese polígono. Recuerdas lo que te ha dicho de tirarse del puente y que eso hubiera solucionado el problema, ¿no?

Jose tragó saliva. Y hundió su cabeza en el móvil.

Una funcionaria de prisiones salió y nombró a la abogada. Las dos mujeres siguieron a la chica por un pasillo con escasa luz y caluroso. La abogada murmuraba algo que Marina no entendía.

—Sala A, ahora vendrá el recluso.

Jose suspiró aliviada. Marina murmuró la pregunta y cuando entraron en la sala le explicó.

—Menos mal que no nos han llevado a la sala de teléfonos, podrían pinchar la conversación y escucharnos todo.

Marina comprendió. Se sentaron en la mesa más lejana a la entrada y más próxima a un ventanal, ventanal que estaba en la parte superior de la sala e impedía la visión del exterior. La policía siguió moviendo mucho las piernas, y no dejó de mirar la puerta por la que habían entrado en ningún momento.

La funcionaria de prisiones apareció en la sala por otro acceso distinto, y Marina tuvo que girar la cabeza.

Luis Morales, el supuesto activista climático, era un tipo largo y enclenque, con barba desarreglada.

Encajaba a la perfección con el despectivo apelativo de perroflauta.

Marina pensó que buscaba ese aspecto con consciencia.

—Buenos días —dijo Luis con una amplia sonrisa que mostraba, al contrario de lo que pudiera parecer, una dentadura casi perfecta—. No esperaba una visita tan… agradable.

Marina pensó que la palabra agradable ya se había pronunciado en exceso en aquella cárcel.

—Señor Morales, soy la abogada de oficio Maria José Salvatierra, y esta es mi ayudante …

—Luis Morales, ¿no? —dijo Marina una vez que constató que la funcionaria de prisiones estaba embutida en su teléfono móvil consultando, con alta probabilidad, sus redes sociales.

—¿Quién si no? Creo que soy el único Luis Morales de esta cárcel.

Jose miraba, entre sorprendida y enfadada, a la policía.

—Tomas Buendía —dijo Marina.

Luis se recostó en la incómoda silla.

—Entiendo.

—Mario Gálvez —volvió a decir la policía.

El sujeto se inclinó y se acercó todo lo posible a las dos mujeres. La funcionaria de prisiones seguía pendiente de su teléfono.

—¿Dónde está?

—Muy preocupado por su hijo —replicó Marina. Morales se encogió de hombros e hizo una mueca de desconcierto—. No hay mucho tiempo, solo le diré que alguien se lo ha llevado. Su colega cree que el Belga puede estar detrás de todo ello. Y que el niño puede morir o estar ya muerto —susurró.

Luis tosió. Miró hacia un lado y murmuró algo entre dientes.

—¿Cómo dice?

—Que no me extraña nada.

—Y lo dice tan tranquilo —intervino Jose, que hasta el momento se había mantenido al margen.

—Letrada, en este sitio no se me permite alterarme demasiado. Ya lo hice en mi vida fuera y por eso estoy aquí. Por eso y por culpa de ese que acaba de mencionar su amiga y que yo me abstendré de nombrar.

—¿Quién es el Belga? —preguntó Marina.

—Estoy seguro de que mi buen amigo Tomás ya les ha contado lo que necesitan saber.

—Quería que me lo confirmara usted. ¿Cree que tiene razón?

—¿En qué?

—En que es el responsable de que se hayan llevado al hijo de Gálvez.

—No lo sé

—¿Entonces? —preguntó Marina

—Entonces nada. Puede que haya sido el Belga o algún rival de Berbatov.

Jose enarcó las cejas.

—Berbatov se ha vuelto a Rusia esta misma semana —dijo.

—Por eso digo que algún rival.

—¡No me jodas, Morales! —Marina golpeó en la mesa, lo que provocó que la funcionaria levantara la mirada.

Acto seguido, la policía fingió una carcajada y dio un codazo a Jose para que le acompañara. Los tres forzaron la risa y la funcionaria retornó a su teléfono.

Jose lanzó una mirada de desaprobación a la agente, que la ignoró y prosiguió.

—¿Cómo llegamos hasta el Belga?

Morales resopló. Giró la cabeza y miró por encima de su propio hombro para observar a la funcionaria.

Se acercó hasta oler el perfume de las dos mujeres (el de Jose, porque el de Marina era inexistente) y comenzó a hablar.

Les dio una información que, al principio, no supieron cómo interpretar: un código, y dos nombres.

Uno de ellos era la clave de todo, y el motivo por el que él había contactado con Mario Gálvez.

Ese nombre debía tener la llave para salvar a Pablo.

Unos veinte minutos después, las dos mujeres abandonaron el centro penitenciario, sin darse cuenta de que un todoterreno oscuro las seguía.