Jose
Encima de las cabezas de Mario y Marina rondaba la incertidumbre.
Dicen que es la peor sensación que existe. No saber si Jose se iba a presentar a la cita les tenía las uñas al borde del sangrado, sobre todo a la policía, que ya había llamado cuatro veces al número de la abogada.
Llevaban esperando más de una hora y quince minutos.
—La madre que la parió —maldijo, Marina—. Vámonos.
—¿Dónde vamos a ir?
—Donde sea, pero lejos de aquí. Esta tía seguro que nos ha mandado a los nacionales o a la Guardia Civil.
—¿Qué dices?
—Entiendo que no haya cogido el teléfono la primera vez, pero ¿las tres siguientes?
Marina apremió al abogado a largarse de allí cuanto antes. Mario, sin embargo, le pidió el teléfono y chequeó la bandeja de correo. Abrió un email que le había llegado hacía veinte minutos y se lo enseñó a una iracunda Marina. Esta resopló y volvió a maldecir.
—Te lo tienes que tomar con más calma. Yo soy el que está peor, el que necesita tu apoyo para llevar esta desgracia lo mejor posible.
La policía local lo miró. Intentó sonreír y casi lo consiguió. Movió la cabeza arriba y abajo. Le puso una mano en el hombro e inspiró fuerte. Mario releyó el email de su amiga en el que advertía de que llegaría con retraso, y a continuación la volvió a llamar. Al tercer tono descolgó.
—Perdóname, es que no había manera de librarme del juez —respondió Jose—. ¿Dónde estáis?
—En el polígono que hay al lado, junto a una nave que parece abandonada, así como amarilla.
Jose preguntó por el coche que llevaban y Mario se lo indicó.
A los cinco minutos estaba allí. Miró a través de su ventanilla.
Marina descubrió a una mujer de unos cuarenta años, teñida de un fuerte color azabache y unas gafas de pasta.
Hizo una mueca en la que sacó sus labios hacia afuera y hacia un lado.
Rebasó el coche de Marina y aparcó. Se bajó y, sin pedir permiso, se metió en el asiento de atrás del utilitario.
—¿Qué está pasando, Mario? —disparó.
Mario le pidió permiso a Marina con la mirada, y ella se lo concedió con un lento movimiento de párpados.
—Se han llevado a Pablo.
Jose alzó las cejas hasta casi hacerlas desaparecer en su flequillo.
Mario, en el email inicial, no le había contado todo; en ese momento le dio los detalles —incluido el intento de suicidio— de lo que le había ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas.
Jose asistía, boquiabierta, a la narración.
En cuanto terminó, la réplica fue inminente.
—Arranca.
—¿Cómo?
—Tira para el centro penitenciario.
—No —repuso Marina— Él no.
Las dos mujeres se miraron a los ojos. No había desafío en los de Jose, tan solo desconcierto.
—Está bien, vamos en mi coche.
—Ni se te ocurra moverte, quédate con el teléfono —pidió Marina al abogado—. Si tenemos algún problema yo te llamo desde el de ella que ya me he aprendido el número.
Mario asintió y casi sonrió por la ternura que le provocó la agente. Desde el asiento del piloto fue testigo de cómo las dos mujeres se montaban en el coche de Jose y desaparecían por las calles de aquel anodino polígono industrial.
Deseaba que volvieran pronto, sin saber que su regreso no sería agradable.