Rasha y Amin
Rasha y Amin viajaron a España desde Marrakech dos años atrás.
Rafá, el marido de Rasha, había fallecido en un accidente de tráfico y a ellos apenas les quedaban ahorros para sobrevivir dos meses.
Ella trabajaba como costurera en un gran taller de caftanes.
El taller había reducido personal; los caftanes habían empezado a fabricarse a gran escala en Turquía, de donde procedía la mayor parte de las telas, y, claro, hacerlo todo allí abarataba costes.
Desde que Rafá falleció, tuvo que ausentarse en varias ocasiones del trabajo porque Amin se resfriaba con relativa frecuencia.
Con seis años acudía a la escuela, y una amiga de Rasha le recogía y le daba de comer hasta que su madre llegaba del trabajo.
Con el niño enfermo y sin ayuda (la familia de Rasha y Rafá vivían en el interior de Marruecos, cerca de la montaña), tuvo que dejar de trabajar —y de cobrar— para cuidarlo.
Esto provocó que ella quisiera marchar a Europa; se sentía una buena costurera y se había informado de que en Galicia todavía quedaban talleres de confección. Por poco que la pagaran, sería mucho más que en Marrakech. Y como el niño iba creciendo, tenía la esperanza de que fuera más independiente.
Consiguió montarse en un ferry en Tánger que la llevó hasta Tarifa.
Allí se alojó en un hostal que costó más euros que los dirhams que ella esperaba gastar.
Al día siguiente, salió a buscar a algún compatriota para pedir ayuda.
Encontró a una mujer de Rabat que le puso en contacto con un tipo que hablaba raro, pero que solía ofrecer trabajo a inmigrantes como ella.
Así es como Rasha conoció a Emmanuelle, un tipo mediano y musculoso, con brazos como piernas y piernas como patas de elefante. Emmanuelle llevaba, casi siempre, gafas de sol y el pelo engominado hacia el lado derecho. Un sujeto que podría confundirse con un actor de cine de acción.
El tipo, tal y como había dicho la otra mujer, hablaba en un español correcto, pero con un acento parecido al francés.
Rasha le preguntó si sabía hablarlo, ya que ella lo dominaba.
Además de buena costurera, tenía facilidad para las lenguas: hablaba de forma convincente el dialecto árabe de su pueblo, el árabe de Marruecos, el árabe tradicional, francés y español.
El tipo dijo que prefería hablar en español, que su idioma nativo no era el del país galo.
La mujer indicó que parecía francés, y él respondió que siempre le confundían con los gabachos.
Sonrió al decir la palabra y mostró sus incisivos; en uno de ellos tenía incrustado un pequeño diamante, de un kilate o así, supuso la mujer.
Insistió en si tenía algún trabajo para ella.
Le enseñó al niño para que se apiadara. Quizá eso fue un error, porque Emmanuelle hizo todo lo contrario a mostrar piedad.
Sí le ofreció trabajo, y la invitó a montarse en el coche para mostrárselo. Ella desconfió. Emmanuelle dijo que no tenía nada que temer, que podía preguntar a cualquier persona de la comunidad marroquí de la zona, que era un tipo de fiar.
El coche era un gran todoterreno oscuro y con los cristales tintados. Lo que más hacía desconfiar a Rasha no era el propio Emmanuelle, o el bólido, era que en el asiento del copiloto había otro tipo igual de musculado que no decía ni pío.
Emanuelle le lanzó el ultimatum: o subía al coche o adiós trabajo (y adiós sueño de quedarse en España). Por lo visto se trataba de una tarea fácil y, además, al aire libre. En la montaña.
Cuando la policía, con el inspector Alterio a la cabeza, interrogó a Rasha en el adosado de Irene y Mario, la mujer se orinó encima.