Llegando a Alhaurín
Los hijos no siempre quieren a sus padres.
Sin embargo, los padres siempre querrán a sus hijos.
Aunque estos sean unos criminales. Aunque estén en el Centro Penitenciario Málaga 1 (más conocido como la cárcel de Alhaurín de la Torre), y esos padres vivan a quinientos kilómetros de distancia, encontrarán la manera de ir a visitarlos una vez a la semana o al menos cada quince días.
La cárcel de esa parte del interior malagueño se había hecho famosa en los últimos tiempos: hombres y nombres de postín de la Costa del Sol, ávidos de dinero y fama, habían dado con sus huesos entre las cuatro paredes de una celda de la prisión por antonomasia de Málaga.
Desde mangantes de tres al cuarto, hasta grandes corruptos, pasando por violadores y asesinos —también mediáticos— habían desfilado, o todavía se encontraban allí.
La agente y el abogado no tendrían porque encontrarse en un lugar extraño.
Una policía podría escoltar criminales hasta la puerta de la prisión, y un abogado visitar a uno de sus clientes.
No obstante, ninguno de los dos había pisado aquel gigante de cemento y ladrillo.
De no ser por las alhambradas y la pequeña torre donde los guardias civiles se apostaban con metralletas, hubiera parecido un barrio de viviendas sociales.
—¿Te ha contestado tu amiga? —preguntó Marina.
—Ya sabes que no —respondió Mario, que refrescaba la bandeja de entrada del correo cada diez segundos.
Una hora antes, en la ladera de la montaña calcinada, había escrito a Jose, una compañera suya de facultad. María José Delgado, abogada de oficio, sí que estaba acostumbrada a visitar la cárcel de Alhaurín.
—Si en media hora no responde, escribes a tu otro amigo para que te dé su teléfono.
Mario asintió. Jose era una buena amiga, una amiga que quiso ser algo más, pero a la que Mario no correspondió.
No obstante, ella siempre quiso mantener el trato y la cordialidad.
Todos los años se reunían los dos junto con Arturo y Miguel, otros dos compañeros más de la facultad de Derecho de Málaga, y Mario acudía a esas reuniones con gusto.
Entre cañas y hamburguesas de un local de Teatinos recordaban batallitas de cuando eran jóvenes e idealistas.
—¿Y si no nos puede ayudar? —preguntó Mario, casi con miedo de que eso ocurriera.
—Tiraré de placa —sentenció Marina.
A Mario no le convenció la respuesta y deslizó, una vez más, el dedo hacia abajo sobre la pantalla del móvil ilegal con el que estaban sobreviviendo. Tuvo que repetir la operación cinco veces más hasta que un mensaje de M.J. Delgado apareció en el buzón de entrada.
La abogada dijo que lo que le estaba pidiendo era harto complicado, y que lo que debería de hacer era avisar a la policía porque había visto la noticia de su desaparición. Que lo había, incluso, llamado por teléfono y que estaba apagado. Le conminaba a acudir, de forma urgente, a las autoridades.
Mario apretó el puño y se lo llevó a la boca.
Lo mordió con ansia caníbal y Marina le quitó, con toda la suavidad que pudo, el teléfono de la mano que no estaba siendo casi devorada.
Ella misma respondió al mensaje y le pidió su número o el número de teléfono de su despacho.
Suplicaba y apelaba a la amistad que los unía, que le diera una oportunidad y que se lo contaría todo en cuanto se vieran.
Mario, que tenía la cabeza apoyada en el volante, preguntó qué iban a hacer.
—Tranqui que aquí tu compi de fatigas tiene recursos de sobra.
A los pocos minutos, recibió el mensaje que estaba esperando.
Pinchó sobre el número de teléfono, lo copió y, antes de marcarlo, añadio la almohadilla y las cifras necesarias para ocultar la llamada.
—¿Mario?
—Me llamo Marina, acompaño a tu amigo en esta locura. Y te pido disculpas por abordarte así, pero estamos desesperados. Sobre todo él.
—¿Cómo? —Jose estaba desconcertada— ¿Por qué me llamas desde un número oculto?
—Es mejor para todos. Solo necesitamos que hagas esa llamada a quien conozcas en la cárcel y autorices nuestra visita. Lo que te ha pedido Mario por email.
El abogado había levantado la cabeza del volante y estaba asombrado ante la diligencia de Marina.
—¿Está ahí él?
Marina puso el altavoz del móvil.
—Te escucha.
—Mario, si hago esto me deberás lo que ya sabes.
El abogado alzó las cejas. Lo que le estuviera pidiendo la amiga debía de ser algo complicado. Aunque no lo dudó.
—Cuenta con ello, por supuesto.
Jose no respondió de inmediato. Marina se empezó a impacientar.
—¿María José? —preguntó con cierta impertinencia.
—Un segundo.
Al otro lado de la línea se escuchaba una conversación en la que no pudieron concretar lo que se decía.
—¿Dónde estáis? —preguntó la abogada.
—A un kilómetro de la cárcel.
—Tomaos algo, estaré allí en una hora. Mándame un mensaje con vuestro teléfono.
—Te llamo en cincuenta minutos—replicó Marina—. Confía en mí, es lo mejor.
La abogada solo dijo un escueto «vale» y colgó.
Mario clavó sus ojos en los de la policía. Quiso decirle algún cumplido, alabar su audacia, su inteligencia, su bravura. Solo pudo descubrir que Marina Caracuel tenía una mirada que le provocaba algo similar a lo que le provocó Irene muchos años atrás.