Telefóno antiguo
El salón de la casa de Ramón Torres tenía un teléfono fijo de los antiguos. De los antiguos modernos. De esos blancos con teclado numérico en negro. Un teléfono que dio dos timbrazos antes de que su mujer volviera a responder.
—¿Sí?… Te lo paso.
Amalia, la mujer de Ramón, le entregó el auricular a su marido con una mirada displicente.
—¿Marina?
—¿Qué pasa, Ramón?
—Menos mal que no te ha dado por llamar media hora antes —El policía le explicó que Alterio se acababa de marchar, y también que había bajado al bar a llamarla por teléfono, sin éxito, para contarle las malas noticias—. ¿Te está escuchando el picapleitos?
—Sí, ¿por?
—¿Me ha oído ya?
—No sé, ¿qué pasa?
—Si puedes, aléjate de él.
Marina, apoyada en el capó del coche, se retiró unos metros de Mario.
—Dime.
Ramón contó el descubrimiento del pastel en casa de Irene y Mario. La policía procuró disimular ante la mirada inquisidora del abogado.
—El niño está en peligro. Así que no sé qué coño vais a hacer, pero creo que es mejor que acudáis a una comisaría, pedís ayuda y que llamen a la UDEV central o algo así para intentar localizarlo. Esto te supera, compi.
Marina no contestó, Mario la interrogaba con la mirada.
Al fondo descansaba una hilera de árboles ennegrecidos de hollín, que parecían cadáveres calcinados con los brazos abiertos, como si suplicaran ayuda antes de una muerte inminente.
Buendía les facilitó la ubicación del último intento de quema de un bosque por parte del Belga.
La policía y el abogado lo estaban visitando, no por contrastar que Tomás dijese la verdad, sino porque les pillaba más o menos de camino y les daría tiempo a pensar cuál sería su siguiente paso.
—Gracias, Ramón. Te debo muchas.
—Y que lo digas, Caraculo, y que lo digas…
Marina no se atrevió a llamarlo Ramongolo antes de colgar.
—¿Qué pasa?
—Que nos vamos para Alhaurín.
Mario la sujetó del brazo. La miró a los ojos. No hizo falta formular ninguna pregunta porque Marina conocía lo que el abogado deseaba saber. Lo malo era que los deseos pocas veces se cumplen.
—Alterio nos pisa los talones.
Mario se creyó o se quiso creer la mentira. No le duraría mucho su ignorancia. En la cárcel de Alhaurín de la Torre descubriría las pocas esperanzas que le quedaban para hallar con vida a su hijo.