Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Alterio y Ramón
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Alterio y Ramón

El mundo de Ramón Torres era pequeño:

Su mujer, sus hijas, sus nietos, y su trabajo, en el que le quedaba poco tiempo.

Le gustaba ir a pescar, de vez en cuando, a la zona de los Monteros.

Sobre todo en invierno. Le gustaban, también, las series de televisión, afición que Marina le había reactivado, ya que en su época fue un gran fan de Colombo, de Dallas y de Falcon Crest.

Y poco más.

Por eso, cuando el inspector Alterio se presentó en su casa y le interrogó por segunda vez, el mundo del veterano policía se hizo demasiado grande.

—Está a punto de jubilarse, Ramón. No se haga daño a usted mismo ni a su familia, por favor —insistió el inspector.

—Es que ya le he dicho mil veces que me golpearon y me ataron a la camilla. Es la pura verdad.

—Claro, y no vio al agresor —dijo Alterio con ironía.

—Vi que era una mujer, nada más. Ya se lo he dicho tres veces.

—Ramón —el Mayor intervino—. Te puedes meter un gran problema.

El veterano miró a su superior, se mordió el labio, resopló, y, por no mandarle a tomar por culo, dijo:

—Con el debido respeto, mi Mayor. Más problemas que te maten a un hijo no creo que tenga. Encuentren a ese hombre y sobre todo a su chiquillo.

Poco antes, el Mayor y el inspector le habían contado la visita a la casa de Mario e Irene. Una tropa de nacionales se presentó y descubrieron el pastel. Irene no tuvo más remedio que contar la verdad sobre Rasha y Amin.

—En eso estamos, Ramón, y tú no nos estás ayudando —sentenció el inspector, que buscó en su móvil y, cuando encontró lo que buscaba, se lo enseñó al policía local—. ¿Me vas a decir que no te suena la mujer de la imagen?

Ramón miró el móvil y, en realidad, no supo qué decir.

No quería ser impertinente ni con el inspector, ni mucho menos con el Mayor.

Les pidió un momento, y se levantó en busca de algo que sus superiores no supieron qué era.

Cuando encontró sus gafas, miró de nuevo la foto.

Tomó el teléfono y asintió varias veces.

—Parecerse sí que se parece, sí.

—¿Qué se parece? —bufó el inspector— Mire, no me toque usted los huevos. Estoy teniendo respeto por su edad y por el Mayor aquí presente, pero…

—Que sí, que es el tipo que se intentó tirar del puente. Que si no es por mí, mejor dicho, por mi compañera, se hubiera estampado contra el asfalto de la autovía, o peor, se hubiera cargado a algún conductor.

—Pero ¡si le he dicho que se fije en la mujer! —gritó el inspector.

—Alterio, haga usted el favor de comportarse —intervino el Mayor cuando vio a la esposa de Ramón asomarse desde el pasillo que desembocaba en el salón de su modesta vivienda.

—¡Ah! —dijo el policía local—. Pues con esa gorra yo no sé quién coño es, pero la tipa que me atizó creo que llevaba gorra, así que supongo que será ella.

La imagen que le mostraba Alterio estaba sacada de una cámara de videovigilancia del hospital.

La cara de Gálvez se reconocía con facilidad.

Marina iba convenientemente tapada por la gorra y por la barbilla embutida en el pecho.

Se parecía, obvio, pero aquello no servía como prueba irrefutable.

Y tanto Ramón, como el Mayor, como el inspector Alterio lo sabían.

—Váyase usted a la mierda —sentenció el inspector, y se marchó sin esperar a Muros.

El Mayor lo miró como el profesor que mira a un niño que ha copiado en un examen.

—Ya hablaremos tú y yo, Torres.

El veterano policía asintió y acompañó al Mayor hasta la puerta de la casa.

Cerró y suspiró. Aunque el auténtico peligro le sobrevino en ese momento, cuando su mujer, brazos en jarra, se detuvo frente a él.