Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Terrorismo climático
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Terrorismo climático

El desafío que se les planteaba era monstruoso.

Inabarcable, irrealizable.

Buendía les había explicado una trama entre compleja y surreal de corrupción, crímenes contra la naturaleza y mafias que podrían haberse sacado de un cómic de Tintín.

«El Belga».

Por lo visto, ese nombre era el que podía estar detrás de todo el asunto.

Según el relato de Buendía, el Belga era el poco creativo apodo de Frederick Poir, natural de Amberes.

El que debía de ser el jefe de una mafia con origen en el país noreuropeo.

Una mafia que jamás saldría en una película de acción o en una novela de misterio.

Una mafia con poco glamur, aunque, siempre según el relato de Buendía, una mafia de lo más peligrosa.

El día de la cita con Mario, Tomás detectó que alguien manipulaba el coche del abogado en las inmediaciones del Parque de los Enamorados de Marbella.

Le confirmó que ese alguien era una mujer ataviada con la ropa de un controlador de tráfico.

Buendía, a pesar de su más de metro ochenta y sus casi cien kilos de peso, reculó y salió corriendo de la escena porque advirtió otro todoterreno, similar al del abogado, aparcado a escasos metros.

—Me di cuenta de que podían ser los hombres del Belga. No he vuelto a contactar con usted porque es demasiado peligroso. No sé por qué le están haciendo esto, pero lo siento muchísimo. Si resulta que son ellos, lo que le han hecho…lo que le han hecho…

—Sí, no tiene nombre, siga por favor… —le apremió Marina. Mario estaba demasiado ensimismado en el relato para poder replicar.

Buendía, que actuaba en representación de Luis Morales, el activista climático para el que solicitaba los servicios de Mario Gálvez, contó que su representado lidiaba contra Frederick Poir, el Belga, en un conflicto que se había convertido en algo personal. Sobre todo para el supuesto mafioso.

—El tipo quemó dos alcornocales centenarios en Chiclana y en Barbate. Ha intentado quemar el pinsapar de Sierra Bermeja hasta en dos ocasiones. Por suerte, las dos veces se pudo controlar. Pero no va a parar hasta prenderle fuego a todo.

—Pero ¿por qué? No se lo van a recalificar.

Al parecer, los negocios inmobiliarios del Belga motivaban sus acciones pirómanas.

—¿Que no? El alcornocal de Barbate ya lo han hecho.

Eso sí, en parte. Le basta con que recalifiquen un treinta por ciento del terreno.

Lo hacen con la promesa de que se encargue de repoblar el setenta restante.

Lo que hace es al revés: edifica el setenta y repuebla el treinta.

Y dinerito contante y sonante. En su país lo trincaron, y se vino para aquí en cuanto se olió el mercado inmobiliario tan boyante de la Costa del Sol y de la Costa de la Luz.

Ha empezado por Cádiz, pero no va parar. Se lo digo yo que no va a parar.

—¿Y qué culpa tengo yo, y sobre todo mi hijo?

—Ninguna, señor Gálvez, ninguna. Yo supongo que de alguna forma le han relacionado con nosotros.

Por eso tiene que reunirse con Luis Morales.

Ese era el motivo de querer citarme con usted.

Contarle todo esto y que lo visitara en Alhaurín.

Mi socio tiene una información que ha averiguado allí, en la prisión.

No puede contarme más, o no quiere, por miedo, no sé.

Por eso me pidió que lo contratase a usted para representarle.

Morales estaba en el talego a consecuencia de su activismo climático. O, según Buendía, gracias a la mano que tenía el Belga con la Guardia Civil y un juez de La Línea.

—Así que ¿le han hecho esto a mi hijo por vuestra culpa? —Una vena en la frente de Mario palpitó—. ¿Cómo se han enterado?

Marina volvió a actuar con temple desviando el tema:

—¿No tiene ni idea de qué puede contar su socio? Nos va a resultar muy complicado entrevistarnos con él —dijo la agente.

Tomás llenó su enorme pecho con todo el oxígeno que la taberna albergaba, que no era mucho, ya que allí dentro, por muy activista climático que fuera Tomás, su hermano permitía fumar a los parroquianos que jugaban al dominó al otro lado del local.

—No es justo que diga que por nuestra culpa, Mario.

Lo lamento mucho, de verdad. Si alguien tiene culpa es el Belga.

Suponiendo que sean ellos, que no estamos seguros.

Yo solo les respondo a lo que venían a preguntarme y he cometido el error de ser demasiado transparente —Buendía miró hacia el suelo mientras se frotaba las manos—.

Tienen que hablar con Luis, a mí no ha querido contarme nada; insisto en que será por miedo.

Tiene miedo de que lo escuchen por teléfono, o intercepten sus emails.

Los tentáculos de Poir son muy largos y enrevesados.

Lo que les voy a pedir, por favor, es que después de hablar con él, se reúnan de nuevo conmigo y me informen.

Así podré ayudarles más, si estuviera en mi mano.

Mario golpeó, precisamente, con la mano sobre la mesa. Un golpe seco, fuerte, de esos que dan los padres cuando se cabrean con sus hijos porque no quieren comerse las lentejas.

Consiguió sobresaltar a todos.

No sería el único golpe que diera ese día. Cuando escuchó el plan que Marina propuso (el gran desafío que implicaba), se le volvió a caer el mundo.