Tomás
«Vamos» es una expresión de ánimo de las de siempre. Mario la utilizó para infundirse fuerzas a sí mismo y llegar hasta el bar donde Tomás Buendía lo había citado.
Una vez se reuniera con él, estaba decidido a golpearlo con algo contundente, ya que sus puños no parecían dar mucho de sí; a amenazarlo con algún tipo de objeto cortante, o, incluso, a arrodillarse y suplicarle que le dijera dónde podría estar su hijo.
Ninguna de esas tres opciones se produjeron.
Tomás Buendía resultó ser un tío enorme y con una leve cojera que procuraba disimular caminando muy despacio, como contoneándose.
Vestía con unos pantalones de lino beige y una camisa de igual color.
También llevaba una gorra tipo boina. Cuando entró por la puerta del bar, donde Mario y Marina ya lo esperaban con dos Coca-colas en la mesa, lo reconocieron al instante.
Como si de una película se tratara, el tipo se comía la pantalla, es decir, atraía las miradas de los ojos que se cruzaran con él en un ángulo de doscientos setenta grados.
—Señor Gálvez —Todo lo que tenía de grande lo tenía de cortés, ya que se quitó hasta la gorra que le cubría su enorme y afeitada cabeza. Cuando reparó en la agente, se incomodó—. Señorita…
—Me llamo Marina —dijo ella y él le estrechó la mano. Al contrario de lo que pudiera parecer, Buendía tenía las manos suaves y libres de sudor. Lo que agradó a la policía que mantuvo el contacto ocular en todo momento.
—Señor Gálvez, no sabía que tuviéramos compañía.
Mario miró en dirección a la barra, desde donde un camarero delgado y barbudo les observaba de reojo. El abogado hizo un gesto al grandote para indicarle que, en efecto, no estaban solos.
—No se preocupe, les he citado aquí porque es el lugar más discreto de todo Algeciras. Es mi hermano —dijo señalando con la cabeza al camarero.
El hermano era lo opuesto a Buendía, lo que llevó a policía y abogado a pensar que uno de los dos debía de ser adoptado o de otro padre u otra madre.
—Ella es mi prima —mintió Mario.
—Ya… —Buendía sonrió, de la forma más falsa pero cortés posible.
—¿Por qué no acudió a la cita? —inquirió el abogado.
—Porque me di cuenta de que estaba usted en peligro. Y si me hubiera acercado, yo también lo estaría. O incluso ni estaríamos hablando ahora mismo.
—Tienen a mi hijo.
—¿Cómo? —La cara de Tomás reflejó su sorpresa. Marina pensó que o era un gran actor, o de verdad no tenía noticias del rapto de Pablo.
—Se llevaron a mi hijo, y me han extorsionado… —Mario no pudo seguir. Se puso el puño en la frente y se golpeó un par de veces. Marina le sujetó del antebrazo, con la intención de evitar la autolesión.
—Lo desconocía, de veras que lo siento.
—Hemos venido porque queríamos preguntarle si usted puede saber quién se ha podido llevar al niño —intervino Marina.
El gesto de Buendía, en ese momento, volvió a reflejar la sorpresa: metió sus labios como para dentro de la boca y los curvó hacia abajo. Levantó las palmas de la mano en dirección al techo del bar.
—La verdad es que no lo… —Se detuvo en mitad de la frase, como si se hubiera dado cuenta de algo.
—¡¿No lo sabe?! —increpó Mario— ¿Por qué se calla? — El abogado hizo el intento de levantarse de su asiento. Marina volvió a retenerlo.
—Señor Gálvez, no sé quién se ha llevado a su hijo, pero ahora, más que nunca, tengo que contarle lo que le iba a contar hace dos días en nuestra frustrada cita.
—¿Por qué nos ha dicho lo del Range Rover? —preguntó Marina.
Buendía arrugó los labios hacia su lado izquierdo. Giró la cabeza y llamó al camarero, le pidió lo de siempre, y se volvió de nuevo para la pareja.
—Cuando le he dicho que estaba en peligro el día de la cita, lo he dicho muy en serio. Ahora tienen que escucharme con toda la atención posible porque no voy a repetir nada de lo que diga. ¿Me entienden?
Mario no supo qué decir.
—Eso ya lo veremos —dijo Marina, con la clara intención de desafiar a su interlocutor.