Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Camino de Algeciras
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Camino de Algeciras

Quien no soltaba carcajadas nunca era el comerciante del locutorio, aunque al menos le regaló la llavecita para abrir el compartimento de las tarjetas de los móviles.

Después de meter la SIM y configurar, con más lentitud de la deseada, el teléfono ilegal, pudieron llamar a Tomás Buendía. Como era de esperar, no contestó. Lo intentaron los dos hasta en cuatro ocasiones.

Cuando iban a claudicar, en el quinto intento, respondieron.

—¿Quién es?

Marina, que era la que llamaba, se puso nerviosa, y cuando le fue a entregar el teléfono a Mario, se le cayó al suelo del vehículo, entre los pies del conductor. El abogado, de mal humor, se agachó para cogerlo con rapidez.

—Señor buendía.

—¿Quién es? —repitió.

—Soy … —Mario dudó—, el que dejó usted tirado hace dos días en el Parque de los Enamorados.

Al otro lado del teléfono se produjo uno de los silencios más incómodos que se recordaran.

—No le dejé tirado, señor Gálvez. Ocurrió algo que me impidió presentarme.

—¿Y por qué no me avisó?

—No podía, no tengo su número personal —Se produjo un nuevo silencio—. Y hablando de teléfonos. ¿Desde que número me está llamando?

—Eso no importa.

—Importa mucho por si se lo tienen intervenido.

—No se preocupe por eso, lo acabo de conseguir de estraperlo. Es seguro.

—Para asegurarnos del todo, es mejor que nos veamos en persona.

—Me ha leído usted el pensamiento.

—Algeciras, zona portuaria —El tipo le dio la dirección y el nombre de un bar—. ¿Cuándo podría estar?

—¿Me va a obligar a ir hasta Algeciras?

—Es lo mejor, créame.

Mario miró a la policía, que le dijo con sus labios que tardarían una hora. Cerraron la cita para las once de la mañana en el bar indicado.

—Asegúrese de que no le sigue ningún Range Rover.

—¿Cómo?

Tomás Buendía no contestó y colgó el teléfono. Marina le arrebató el terminal de las manos y buscó en el GPS la dirección que le había facilitado.

—¿Me dejas conducir?

—Es tu coche.

Intercambiaron asientos. Eran cerca de las diez de la mañana y el mercurio ya rozaba los veinte grados. Marina arrancó y encendió el aire. Mario cerró los ventiletes de su lado.

—¿Tienes frío?

—No me gusta —contestó. Ella tuvo la deferencia de ponerlo muy flojo y de subir la temperatura un par de grados para que el habitáculo no se convirtiera en un pequeño refrigerador—. Así el coche gasta y contamina más.

—Ya lo he puesto más bajo, no lo voy a quitar porque si no, nos morimos.

Mario asintió y se conformó.

Marina puso música en el reproductor de MP3, aunque se dio cuenta de que no era lo más apropiado para el momento. Cambió a la radio y escucharon las noticias en la hora escasa que les llevó el trayecto a Algeciras. Apenas conversaron. Mario, incluso, dio dos cabezadas.

Cuando estaban llegando, ella preguntó:

—¿Qué esperas de este tipo?

—¿Te has asegurado que no nos siga nadie?

—Ningún Range Rover como el tuyo seguro.

—No sé muy bien lo que espero.

Volvieron al silencio.

Minutos después accedieron al barrio que llevaba al puerto de Algeciras y Marina siguió las indicaciones del móvil. Aparcó a unos trescientos metros del bar, y miró hacia atrás. Se cercioró de que nadie los había seguido. Cuando iba a apagar el motor, escucharon una noticia inquietante en la radio.

«El abogado Mario Gálvez, famoso por la defensa del caso Berbatov, se encuentra en paradero desconocido según ha informado la Policía Local de Marbella. Al parecer, fue arrestado por los municipales, y posteriormente ingresó ayer en el hospital Costa del Sol por unas lesiones.

Se cree que alguien se lo llevó por la fuerza, ya que el agente que lo custodiaba resultó herido. La Policía Nacional se ha hecho cargo de su búsqueda».

Mario se rompió, una vez más. Metió la cabeza entre sus manos y dobló su cuerpo sobre sus rodillas. Su garganta emitió un par de sonidos que podían proceder, con facilidad, de su alma.

—Vamos, tranquilo —intentó animarlo Marina.

—No puedo estar tranquilo, si lo saben en la radio lo sabe todo el mundo … —dijo sollozando.

Marina le puso la mano en el costado.

—Mario, venga… Ahora no puedes venirte abajo. Vamos a hablar con este tipo y le sacaremos todo lo que haya que sacarle.

El abogado tardó varios minutos más en dejar de llorar y gritar. Cuando lo hizo, su rostro había envejecido más de cinco años. Las ojeras acumuladas de las dos últimas noches le «echaron la cara abajo», y el disgusto de la noticia radiofónica le había terminado de rematar.

Suspiró y sollozó por última vez, antes de decir:

—¡Vamos!