Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Locutorio
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Locutorio

Después del correspondiente bocinazo y del correspondiente insulto, el conductor que estuvo a punto de atropellar a Mario, se largó.

El abogado, tembloroso, había levantado la mano a modo de perdón y se quedó así unos segundos. Marina le apremió desde el coche, y Mario terminó de cruzar la calle. Miró hacia atrás y se encontró con el reproche, casi maternal, de la policía, que movía la cabeza de un lado a otro.

Entró en el local. Una bofetada en forma de tufo a especias le provocó que arrugara la nariz.

—Buenos días, ¿me podría prestar una llave de esas para sacar la tarjeta?

Un hombre escuálido y moreno le miró con ojos de no dar los buenos días.

Dejó la infusión que se estaba preparando sobre una mesa, y procedió a buscar en un cajón.

Después de manotear en varias direcciones, encontró lo que Mario le solicitaba y se lo entregó.

El abogado sacó la tarjeta de Marina, se la guardó y volvió a meter la ranurita en el móvil

—¿Cuánto me da por esto?

El hombre, que había vuelto a su té, lo miró de soslayo mientras removía la taza con la propia bolsita de la infusión. Se acercó de nuevo al mostrador y observó el teléfono en la distancia.

—Diez.

Mario recordó lo que le había dicho Marina sobre no regatear en exceso; sin embargo, le pareció un abuso la oferta del comerciante.

—Veinte, que le voy a comprar uno nuevo —El hombre buscó en otro cajón y sacó dos billetes de diez euros. Se los entregó a Mario—. También quiero una línea prepago de estas —Señaló una pegatina que había en el cristal lateral del mostrador. Era de una empresa de telefonía low cost.

El hombre, que parecía molesto porque le hubieran interrumpido su espartano desayuno, sacó unos impresos de otro cajón.

Se los entregó a Mario y, como si fuera para el cuello de su camisa, le dijo: «—Datos».

Entonces llegaba la parte del plan en el que el abogado tenía que volver a delinquir: le entregó el papel logrado en el taller mecánico.

El comerciante no lo entendió o no quiso entenderlo.

Contaría con más de cincuenta años, y quizá por su edad no podía leer bien el arrugado papel cuadriculado en el que, además de la dirección del locutorio, estaba escrito una suerte de código secreto:

un código para que el dueño del locutorio entregara una línea prepago sin facilitar los datos personales y el DNI.

En efecto, tomó unas gafas que le colgaban del cuello, pero por la zona de la nuca, y leyó el papel. Abrió los ojos y miró por encima de las lentes.

—Trescientos euros.

—¿Cómo?

No respondió. Se agachó y Mario se asomó para ver qué hacía. No tardó en levantarse de nuevo con dos teléfonos en la mano. Los puso sobre el mostrador y señaló uno de ellos.

—Este cien y este ciento cincuenta. Más trescientos euros.

Mario estaba descolocado, le estaba pidiendo mucho dinero por la tarjeta prepago y por un smartphone en un estado mejorable de calidad dudosa. Escogió el segundo terminal que apenas tenía marcas de uso.

—Cuatrocientos, más los veinte que me has dado antes.

El hombre lo miró, de nuevo por encima de las gafas. No parecía un gran orador. Guardó el teléfono más barato, y abrió un armario que custodiaba bajo llave. De allí sacó una tarjeta prepago sin el precinto de la compañía telefónica. La puso sobre la mesa junto al terminal.

—Cuatro cientos veinte.

Mario sacó el dinero, con cierto orgullo por haberle regateado treinta euros a un dudoso vendedor de líneas de teléfono ilegales. Dejó los billetes en el mostrador, cogió el teléfono y la tarjeta SIM, y salió del locutorio sin decir adiós.

En el coche, Marina le sonrió.

—Dame mi tarjeta —Se la entregó, y ella la cortó en pequeñas piezas con un cortauñas que tenía en la guantera—. Dame el móvil.

—Sé hacerlo yo, mujer —respondió él, a lo que Marina levantó las manos como si la estuviesen apuntando con un arma.

El abogado, cuando fue a meter la tarjeta SIM ilegal en el teléfono móvil usado, resopló y soltó un taco. Marina estalló en una carcajada.