El taller
Tomás Buendía no cogió el teléfono después de tres intentos. Tampoco lo hizo Ramón. Sin embargo, a los pocos segundos, Marina recibió la llamada de un número fijo desconocido con el prefijo de la provincia de Málaga. Dudó, y Mario le animó a responder por si era Tomás desde otra línea.
—¿Dónde estás, Caraculo?
—¿Ramón?
—¿Dónde estás?
—Mejor no te lo digo.
—Mejor.
—¿Y tú, dónde andas?
—He bajado al bar, a desayunar.
—Si rastrean llamadas pueden dar contigo igualmente.
—No seas aguafiestas. Me han interrogado como si yo fuera un terrorista. He llegado hace una hora a casa.
—Cuánto lo siento, compañero —dijo Marina, que se llevó la mano al estómago.
—No pasa nada, soy perro viejo como tú me dices a veces.
Se lo han tragado. Aunque Alterio tiene la mosca detrás de la oreja.
Ha pedido grabaciones de todas las cámaras del hospital.
Ahora que lo dices, me pareció escuchar algo de rastreo de posiciones de los móviles —Mario estaba pendiente de la conversación—. No tiene el tuyo, ni me lo ha pedido.
—Lo podrá averiguar con facilidad con una llamada —sentenció Marina.
—Entonces vamos colgando. Solo quería decirte que de momento bien, pero si te han cazado las cámaras o te rastrean el móvil, la cosa se te puede complicar —El policía hizo una pausa, correspondida por el silencio de su compañera—. ¿Sabes algo del niño?
—Estamos en ello, Ramón.
—Gracias por dejarme el coche cerca de casa. Lo he visto antes de subir.
—Gracias a ti.
Se despidieron con una frialdad inesperada para el afecto mutuo que se profesaban. El miedo a que el inspector Alterio pudiera rastrear la llamada, y encontrar la posición del teléfono de la agente, motivó este comportamiento. Al menos eso se dijo a sí misma.
Mario conducía el coche de Marina; habían ido a buscarlo, al barrio de la Divina Pastora donde residía la agente, nada más salir del despacho del abogado. Se trataba de otro utilitario pequeño, coreano en su caso, poco potente, y con años suficientes para tener que pasar la ITV cada doce meses.
—Tienes que deshacerte del móvil —dijo Mario.
—Lo sé, pero antes tenemos que comprar otro.
—¿Cómo y dónde?
—Desvíate en la siguiente salida.
Mario tomó la salida de Nueva Andalucía, dirección La Campana.
Siguió las indicaciones que la policía iba marcando y llegaron a una nave que resultó ser un taller mecánico.
Marina pidió que la esperara en el coche; se bajó y se dirigió a la entrada.
Allí la recibió un tipo bajito, delgado y con las manos llenas de grasa.
El mecánico, que cojeaba, sonrió al verla y se dieron un ligero abrazo.
Mario les observaba a través del parabrisas.
Los dos tuvieron una breve charla y accedieron al interior del taller.
Una vez dentro, el mecánico le entregó a Marina un papel con una dirección.
—Ya sabes que yo no sé nada.
—Gracias, amigo.
—De nada, guapa.
Se despidió de él con otro tibio abrazo y salió al encuentro de Mario. Le pidió que arrancara y le guio hasta otro lugar del mismo polígono, a escasos metros del taller.
—Espérame aquí.
—No, dime qué estás haciendo.
—Voy a conseguir un móvil «limpio».
—Te vas a meter en un buen problema, así que déjame hacerlo a mí.
Se miraron unos segundos. En el fondo, el abogado tenía razón.
Marina suspiró y bajó la cabeza. Clavó sus ojos en el móvil.
Abrió la guantera y sacó un papel y un cuadernillo; apuntó el número de Tomas Buendía, el de Ramón y el de la casa de Mario e Irene.
También el de sus padres, por si acaso. Para finalizar, escribió la dirección y las claves de acceso del nuevo email que Mario había creado para enviarse a sí mismo toda la documentación del caso Berbatov.
Cuano terminó, buscó los ajustes del teléfono e hizo un reset.
—No tendrás un alfiler, ¿verdad? —preguntó ella.
—Pues no, lo siento.
—Bien, cuando entres a ese local —dijo, y señaló un locutorio—, se lo pides al que te atienda. Sacas la tarjeta y te la traes. Le preguntas cuánto te ofrece por este terminal, regatéale pero no mucho. Y le pides una nueva línea prepago y un nuevo teléfono. Te pedirá los datos, pero le enseñas esto.
Marina le entregó una parte de los billetes que había sacado —de su cuenta personal de ahorros— en el cajero de su barrio. Esto sorprendió a Mario. Después le dio el papel que consiguió gracias su amigo mecánico del taller. Mario, abrumado, leyó algo que no comprendió bien.
—¿Qué es todo esto, Marina?
—Haz lo que te pido. Enséñalo, consigue la nueva línea y el nuevo teléfono.
—¿Tú no decías que eras poli y no ladrona?
Se miraron a los ojos, aunque ella no le aguantó la mirada. Su teléfono acabó de resetearse. Se lo entregó al abogado y le conminó a hacer la tarea.
Mario se bajó entre murmullos de protesta. Cruzó la calzada que le separaba del locutorio, sin mirar, y un coche tuvo que pegar un frenazo para no llevárselo por delante.