Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Conchi
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Conchi

El problema se solventó pasada las seis de la mañana.

—Toma —dijo Mario, aún somnoliento.

Marina aceptó el cargador del móvil y, cuando fue a conectarlo, se cagó en los muertos de la manzanita.

—Esto no me sirve, mi móvil no es tan cool.

Mario rebuscó en el cajón, de nuevo, y le entregó otro cargador. Ese sí servía, y Marina puso a cargar su teléfono.

El abogado salió del despacho con sigilo. Retornó a los pocos minutos con dos vasos.

—¿Sacarina o azúcar?

—No sé, no tomo café.

—Espera.

Dejó los dos vasos sobre la mesa y volvió a salir. Regresó con una lata minúscula de Coca-cola, como las de los vuelos en clase turista. Se la entregó a la policía que protestó.

—¿Y no tienes algo para picar?

Mario bufó, repitió la operación de salir y volver. Lo hizo con una bolsa de patatas y una lata de aceitunas.

—¡Buen desayuno para la dieta! —dijo Marina, socarrona.

El abogado no replicó y se tomó los dos cafés casi de un trago.

Durante la hora y pico de espera hasta la llegada de Conchi, la limpiadora, Mario revisó documentación en su ordenador; Marina revisó las noticias en internet.

Sintió la tentación de llamar o escribir a Ramón; sin embargo, el acuerdo era no ponerse en contacto con él.

El veterano lo haría «cuando no hubiera moros en la costa».

La ausencia de comunicaciones por parte del compañero, la preocupó.

Preocupación que no quiso trasladar a Mario.

—Vamos a estar preparados —dijo él, que hizo una señal a la policía para que le siguiera—. Conchi debería ir en esa dirección —Señaló hacia la izquierda—, allí está el cuarto donde se cambia y tiene los productos de la limpieza.

—Si entra a cambiarse, sí que tenemos una oportunidad.

—Por eso te lo dije.

Marina sonrió, aunque Mario no le correspondió.

La hora y media se convirtió en casi dos.

El tiempo se les agotaba. Era un día laborable; aunque, al estar metidos en plena feria, Mario supuso que la trabajadora se habría aferrado unos minutos más a las sábanas.

Deseó con todas sus fuerzas que los compañeros y compañeras, sobre todo Lucía, la recepcionista, hiciera caso a las indicaciones del gran jefe de tomarse con calma la semana de feria.

Cuando faltaban diez minutos para las ocho, la puerta se abrió.

Abogado y policía esperaban agazapados bajo la mesa de la recepción.

Si a la limpiadora le hubiera dado por dejar allí alguna de sus pertenencias, los hubiera pillado de lleno.

Sin embargo, Conchi siguió el patrón que Mario había dicho: quitó la alarma, cerró la puerta, se dirigió hacia el cuarto de la limpieza y, al parecer, se encerró en él.

Mario se señaló a sí mismo: saldría él primero y abriría la puerta para que Marina le siguiera después.

Cuando se levantó, vio a Conchi bailoteando al otro lado de la gran sala colmada de puestos de trabajo de los empleados menos ilustres del bufete, los mismos puestos de trabajo donde él había empezado su meteórica carrera.

Se agachó rápido, y Marina hizo un gesto para saber qué ocurría.

Mario se asomó, con toda la lentitud que pudo, al mostrador de recepción.

Faltaban cinco minutos para las ocho y Lucía debería de estar a punto de llegar.

El abogado observó cómo la mujer se dio la vuelta y, ahora sí, entró en la habitación donde estaban los productos y utensilios para limpiar.

Apremió a Marina para salir corriendo de allí.

Abrió la puerta, no sin dificultad, y la cerró con sumo cuidado. Llevaban los sombreros de feria puestos y los pañuelos, por si se cruzaban con conocidos. Llegaron al ascensor, pero Mario dijo que mejor por las escaleras. Bajaron casi saltándose los escalones, y salieron a la calle.

A los pocos metros de distancia, Mario reconoció a Lucía, siempre tan puntual y tan diligente, caminando por la otra acera en dirección a su puesto de trabajo.

Suspiró aliviado.

Ahora quedaba la parte más difícil: que le cogiera el teléfono el tal Tomás Buendía.