Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La alarma
51%

La alarma

Las bombillas de las luces de entrada al bufete por fin se apagaron.

Mario zarandeó los tobillos de Marina para que se despertara. Con la tontería había dormido más de dos horas. Dos horas en las que el abogado escuchó toda clase de gemidos y palabras soeces al otro lado de la pared.

Se enteró de algún dato interesante. Por ejemplo, que Raúl Solana, además de infiel, era un pelín farlopero: se pusieron un par de rayas cada uno, hombre y mujer, en el rato que estuvieron allí.

No obstante, el compañero de Mario se esforzó por dejarlo todo impoluto: hizo un viaje al cuarto de la limpieza y pidió a la mujer que lo ayudara con la tarea.

No fuera a ser que a él se le cayeran los anillos.

El dato más interesante fue que Raúl tenía, no confeso cómo, acceso a las grabaciones de las cámaras.

Por ello se permitía las excursiones sexuales al bufete.

También presumió ante su amante de tener acceso a casi todos los ordenadores del despacho.

Se quejó de no poder acceder al del jefe y al de algún otro compañero importante.

Entre ellos el propio Mario, que había rumiado su venganza en las dos horas que tuvo que esperar allí sentado sobre el frío mármol.

—Despierta, Marina

La policía se despertó sobresaltada.

—¡Qué pasa!

—Ya se han ido.

—Vámonos.

—Negativo. Ahora tenemos otro problema.

Raúl había conectado la alarma antes de marcharse. Volvió a arremeter contra las empleadas de la limpieza y se dijo así mismo que las estaba haciendo un favor.

—No me lo puedo creer.

—Si nos acercamos a la entrada va a pitar y aunque podamos escapar vamos a tener problemas.

—Las cámaras de seguridad.

Mario asintió y explicó a Marina lo de su compañero.

—Quizá pidan una revisión de las imágenes y no sé cuándo este hombre las borrará.

—Joder con el tipo, lo tiene todo calculado.

—Tenemos suerte de que mañana es laborable. Conchi suele venir sobre las siete y media.

—¿Quién es Conchi?

—Es una mujer de la limpieza. Alguna vez que el niño no ha tenido cole he venido pronto y me la he encontrado ya aquí antes de las ocho.

—Y cuando venga y nos encuentre, ¿qué le vas a decir?

—No le voy a decir nada. En cuanto se meta en el cuarto de la limpieza salimos pitando.

—¿Y si nos ve?

—Está a punto de jubilarse y lleva la radio puesta con cascos casi todo el tiempo. Tendremos una oportunidad.

—¿En serio?

Marina pensó que aquello era una cosa más propia de una película; sin embargo, toda la situación que estaba viviendo también lo era. Así que: ¿por qué no sumar una experiencia más?

—A las malas le puedo decir que he madrugado mucho y he venido a currar y que tú eres una cliente o lo que sea.

—¿Y cómo le justificas que estaba la alarma puesta? ¿Y nuestras pintas?

Mario se levantó, malhumorado, sin una buena respuesta para su compañera de aventuras.

—Voy a intentar dormir un rato, que tú ya has tenido tu descanso. ¿Me despiertas a las seis de la mañana? Creo que podría dormir un par de horas como tú.

—Antes de acostarte, repasemos el plan.

Mario se sentó en su silla giratoria, dio un par de vueltas con las manos en sus sienes.

—Nos ponemos en contacto con el tipo que me citó. Le exijo vernos y, cuando nos reunamos, le saco todo lo que tenga que contar. Si hace falta… —Mario cerró el puño y golpeó la mesa de forma sutil, casi como una caricia.

—¿Crees que la estrategia de ir de matones nos servirá?

—No lo sé.

—Vale. Pongámonos en el plan B. Que el tipo no te conteste, o no quiera citarse o, en el caso de que consigas esa reunión, no cuente nada o, peor incluso, que no esté relacionado con lo de tu hijo.

—Entonces iré a casa de Berbatov.

—¿En serio?

—No me queda otra.

—¿Me has dicho hace un rato que no creíais que estuviera implicado?

—Él no, pero podría saber algo de alguna aya, y quién sabe…

—¿Y va a cantar así por las buenas? ¿Tienes algo contra él?

Mario dudó. Todas sus pesquisas para poner en libertad a Berbatov habían demostrado que no era un delincuente. Ni siquiera un evasor fiscal.

—Quizá. Ya buscaré yo algo con lo que amenazarlo. No me desmontes el castillo de naipes, vamos primero a quedar con el otro.

Marina se ahorró el comentario sobre el castillo de naipes. En cambio, preguntó si podía ir al baño, y Mario le indicó cómo, y que tuviera mucho cuidado de no acercarse a la entrada.

Marina se encerró en un cuarto de baño que ya querría ella para su casa: con el mármol, una vez más, como protagonista.

Y con un ventanal que daba a la calle. Se asomó.

Desde allí vislumbró a algunos transeúntes más perjudicados de la cuenta.

Pocos. La feria de noche se celebraba en otra parte de la localidad, aunque la zona del Puerto Deportivo, muy cercana, mantenía su actividad.

Por ello, algunos rezagados volvían a casa o continuaban la fiesta por las calles del centro.

Se fijó en una pareja de novios o amantes o amigos con derecho a roce que se estaba besuqueando en una esquina.

Se acordó del compañero de Mario y de sus retoces y gemidos en el despacho del gran jefe.

Sintió una punzada de deseo. Hacía tiempo que no estaba con un hombre, casi un año, desde el anterior verano.

Y a escasos metros de ella se encontraba un hombre despechado y atractivo.

Se dirigió al despacho y al entrar, Mario tenía la cabeza apoyada sobre el escritorio, y su respiración indicaba que no estaba consciente.

Marina se arrepintió de su deseo. «Que le han secuestrado al hijo…»

. Se prometió a sí misma no volver a dejarse arrastrar por esa clase de pensamientos.

Se sentó en una silla y se fijó su pelo, en el ascender y descender de la columna vertebral del abogado.

No tenía claro si se sentía atraida por aquel hombre, o lo que sentía era una especie de ternura maternal.

Después de un buen rato, cuando usó su móvil para entretenerse, se dio cuenta de que tenían otro problema más.