El que faltaba
Las risas y voces incrementaron su intensidad cuando, a los pocos segundos, la puerta se abrió.
Mario cerró su despacho y se agachó. Su oficina tenía unos grandes ventanales desde los que se observaba el resto del espacio de trabajo de otros compañeros.
Él podía ver lo de fuera, y los de fuera podían verlo a él.
Marina imitó al abogado y se echó al suelo.
—¡Las «fregonas» se han dejado la alarma sin poner! —dijo una voz familiar para Mario—. Me dan ganas de chivarme al jefe.
—No seas torpe, que te delatas a ti mismo —dijo otra voz, femenina, no tan familiar.
Mario tenía la mirada clavada en el techo. Marina le dio un codazo, señaló hacia el lugar desde donde provenían las voces y abrió mucho los ojos. Él levantó la mano y puso la palma hacia abajo, pedía un momento a la policía para intentar averiguar quién era.
—¿Vamos al despacho del jefe? —preguntó la voz femenina.
—Vamos a ir al del abogado del momento —respondió Raúl Solana, al que Mario acababa de identificar.
—¿Hay sofá?
—No, pero tiene un buen asiento de cuero. Quiero follarte en el sitio donde él pone su culo todos los días.
—Ni de coña. Una cosa es que me guste este rollo adolescente, y otra es hacerlo en una silla de oficina. ¿Quién te crees que soy, Nadia Comaneci?
Raúl estalló en carcajadas.
—Pues su mujer sí que es flexible.
—Cuando vengas con ella te lo montas en su silla de escritorio, o en su mesa, así en plan película de infieles de Hollywood.
Para alimentar tu ego de macho corneador que se folla a la mujer del compañero en su propia cama.
Bueno, cama no, tú ya me entiendes. A mí me llevas al sofá del jefe o me largo.
Mario apretó los pies contra el suelo, la espalda y la cabeza contra la pared. Marina se fijó en sus ojos: abiertos sin posibilidad de cerrarse, sin lágrima, con la pupila dilatada. Si hacía un momento reflejaban miedo a que los pudieran pillar, después de escuchar a Raúl rebosaban ira.
Hizo el amago de levantarse. Ganas de reventarlo no le faltaban.
Aunque hubiera aceptado la infidelidad de su mujer —en parte por la situación en la que se encontraban—, descubrir que el hombre que se metía entre las piernas de la madre su hijo era uno de sus máximos rivales, le descompuso.
Él era muy pacífico; no recordaba la última pelea en la que se había metido.
Quizá en el colegio, o ni eso. ¿Sabría dar un puñetazo?
Porque Ramón se rio en su cara cuando le golpeó en el hospital.
Marina lo tenía sujeto del brazo. No podía permitir estropearlo todo. Lo miró. Le puso la otra mano en la cara, para apoyarlo, para decirle que ese no era el momento, para expresar que lo comprendía y que lo ayudaría. Él se relajó y se recostó de nuevo sobre la pared.
La pareja de amantes se metió en el despacho del gran jefe, contiguo al de Mario.
La policía gateó y pegó la oreja a la pared.
El abogado se extrañó, pensó, por un momento, que Marina tendría algún tipo de filia morbosa voyerista.
Ella le invitó a unirse y de esta forma la cosa se volvió más surrealista aún.
Al otro lado se escucharon las risas y gemidos de los protagonistas.
Mario no pudo más y separó la oreja. Levantó las manos pidiendo explicaciones.
Marina le pidió calma con un gesto y, cuando los gemidos se hicieron más audibles, invitó a su compañero de aventuras a largarse.
Mario movió el dedo índice de un lado a otro.
Se llevó la mano a la oreja e hizo el gesto de llamar por teléfono.
Marina no entendía nada. Él repitió el movimiento de labios exagerado, como si para una persona sordomuda se tratase, para que le entendiera.
Cuando entendió, buscó su teléfono en los pantalones y se lo entregó.
Lo primero que hizo Mario fue quitarle el sonido.
Lo segundo, buscar la aplicación de notas.
Lo tercero, escribir: «No pienso salir a gatas del despacho, no vaya a ser que nos pille y entonces me vuelvan a encerrar con un motivo razonable y todo se vaya a la m…»
Se lo mostró a Marina que hizo el amago de sonreír. Se arrepintió y movió la cabeza de arriba abajo. Le pidió el móvil y tecleó.
«¿Y qué hacemos? ¿Esperar a que terminen?»
Mario asintió. Ella se encogió de hombros y se recostó sobre la pared.
Los gemidos de la pareja se escuchaban al otro lado.
Y las risas, y la complicidad de los que les gusta el sexo furtivo en lugares prohibidos.
Quiso bromear sobre ello, pero entendió que a Mario no le haría ni puta gracia.
Aquel hombre era el amante de Irene y no quiso ni pensar lo que podría albergar el cerebro del abogado.
Después de más de una hora la pareja no se marchaba. Disfrutaban de sexo y risas, risas y sexo. Eran más de las doce y Marina, que no había descansado bien en la siesta del coche, se apoyó en el hombro de Mario y se quedó dormida.
El abogado, que al principio hizo el amago de apartarse de ella, la dejó descansar tranquila.
Por alguna extraña razón él pudo descansar algo mejor en la hora de la siesta, por lo que en ese rato de espera se martirizó a sí mismo y quiso imaginar una venganza.
¿Quizá con la mujer de Raúl? ¿Quizá con la chica que se había llevado al despacho del jefe?
No.
Precisamente la palabra jefe fue la que le encendió la bombilla.