Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Dentro del bufete
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Dentro del bufete

Al entrar al recibidor del edificio, los recibió una luz casi cegadora.

Un espejo gigantesco a la izquierda les retrató: los dos se miraron y se dieron cuenta de las pintas que llevaban. Volvieron a sonreír, aunque la policía apremió al abogado para subir hasta el despacho.

El espejo del ascensor animó a la policía a verbalizar lo que ambos pensaban:

—¡Ojú, vaya dos! —dijo ella.

Mario quiso replicar, pero no encontró las palabras.

Una especie de culpa o de remordimiento acudieron a su estómago: su hijo estaba secuestrado, y él no podía permitirse ninguna broma.

Tenía que entrar en su ordenador y encontrar el teléfono que estaba buscando.

Y, de paso, llevarse toda la información posible sobre el caso Berbatov.

La llave de la puerta del despacho de abogados sí era la correcta. Después de chequear que no había nadie ni a la derecha ni a la izquierda del interminable pasillo de mármol y cenefas, abrieron. Mario desactivó la alarma. La clave tampoco había cambiado.

Una vez dentro, Marina hizo el amago de quitarse el sombrero de feria, pero Mario la detuvo. Con los labios bien abiertos, para que pudiera leerlos, indicó a su compañera la existencia de cámaras de seguridad.

Corrieron hasta el despacho personal del abogado.

—Tenemos que darnos prisa —Marina asintió, entendió la incomodidad de Mario. Además de la vida de su hijo, también estaba en juego su prestigio como jurista. Él encendió el ordenador y miró en el teléfono fijo del escritorio—. Marina, apunta este número.

A la policía le gustó escuchar su nombre de boca del abogado, aunque no tuvo tiempo de recrearse, ya que insistió.

—Voy, voy. ¿De quién es?

—Creo que es del tipo con el que me cité en el Parque de los Enamorados. En cuanto abra mi correo te lo confirmo.

A los pocos segundos, lo abrió y confirmó el número. Pidió el email a la policía, y le reenvió la información que consideró importante.

—¿Me estás metiendo en un problema aún más grave, Mario?

—Cuando todo acabe, lo borras y listo.

—¿Tú sabes que un perito informático de la nacional me puede destripar el móvil y encontrar todos los archivos borrados?

—¿Y qué quieres que haga?

Se miraron. Mario quiso decir algo como: ¡sabías en lo que te metías! Marina quiso responder algo como: ¡no me eches más mierda encima de la que ya tengo!

Ninguno abrió la boca.

—Supongo que si no abro nada de lo que me has mandado…

—Supones bien, si no lo descargas del servidor de correo a tu teléfono, no podrían inculparte de nada.

—¿Y por qué no lo envías a otro correo para poder ir a un locutorio en caso de tener que consultarlo?

Mario se puso el dedo índice en la boca.

—Esa es buena idea.

El abogado tecleó en el ordenador y cuando dio por terminada la tarea lo apagó.

—¿Listo?

—¿Tienes el teléfono del tipo guardado, no? —preguntó él. Marina afirmó, y el abogado sacó otro teléfono de un cajón—. Es mi móvil de empresa. No sé si encenderlo.

—Mejor que no. Por si te lo tienen controlado.

El abogado se quedó mirando el teléfono Android de gama media. Lo guardó de nuevo en el cajón y se levantó. Cuando se disponían a salir del despacho, algo los alertó. Unas voces indicaban que alguien estaba abriendo la puerta del bufete.