Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La feria
50%

La feria

La feria de Marbella no ha lugar para el descanso.

Por el día, las calles del centro se engalanaban con farolillos y abanicos de papel y, sobre todo, con toldos para paliar —o hacer el intento— las altas temperaturas.

La Plaza de la Alameda, la Avenida del Mar, y sus aledaños se llenaban de barras repletas de camareros con poca experiencia (o ninguna) a los que esa semana les solucionaba parte del verano.

La feria albergaba y colmaba las ganas de ocio de los habitantes y turistas de la Costa del Sol.

La música era protagonista: sevillanas, bulerías y flamenco inundaban el ánimo de los marbellís.

La bebida también tenía su papel principal: cerveza, tinto de verano, cubatas y, cómo no: rebujito.

Pero rebujito malagueño, con Cartojal o sucedáneos, nada de los brebajes procedentes del norte —de Sevilla para ser exactos—, de los que renegaban más de la mitad de los costasoleños.

A las nueve de la tarde-noche aunque el sol hubiera caído, su luz se resistía a apagarse, como si quisiera unirse a la fiesta y bailar por bulerías.

Por ello, Marina había parado en un bazar chino del barrio de Miraflores, donde habían aparcado, convenientemente para Ramón, el coche, y había comprado un par de sombreros andaluces y un par de pañuelos verdes para ponérselos, tanto ella como su acompañante; también,

una botella de Cartojal y otra de Sprite; dos vasos grandes y un poco de hielo.

—¿Nos tenemos que meter tanto en el papel? —protestó Mario.

—No bebas, hombre, a ver si te crees que yo me voy a emborrachar —repuso ella—. Así damos menos el cante que si vamos estirados y preocupados.

El abogado claudicó, por segunda vez en lo que iba de día, ante la fuerza de las palabras de Marina.

Se mojó los labios con el brebaje y los retiró al instante: nunca le había gustado el rebujito.

Él era de cerveza y de vino del caro, del de más de cien euros la botella en alguno de sus restaurantes favoritos.

Por el contrario, Marina sí pegó dos buenos sorbos a su vaso de medio litro.

No es que le encantara el vino blanco con gaseosa dulce, lo que ocurría es que le recordaba, demasiado, a sus tiempos de juventud en la feria.

Cuando salía de casa a las dos de la tarde y no volvía hasta las ocho o nueve del día siguiente.

Tiempos en los que su máxima preocupación era aprobar matemáticas y que su padre no le pillara los chupetones que le hacían el Loren o el Jose.

—Vamos —dijo ella, agarrando del brazo a Mario.

Le puso la mano un poco por encima de la muñeca. Agarrarlo de la mano no le parecía procedente. De esa forma, la gente podría pensar que eran pareja o, al menos, algo más que amigos, o rolletes de feria, que para eso da igual la edad que uno tenga.

Caminaron por la Avenida del Mercado, con los sombreros tapándole las caras todo lo que podían.

Llegaron a Ricardo Soriano, la avenida principal de la ciudad, y cruzaron para llegar hasta Notario Luis Oliver.

Bajaron rápido por la calle y llegaron al portal del edificio que albergaba el bufete Villegas y Familia.

A pocos metros, uno de los restaurantes con más tradición de Marbella tenía montada su feria particular: una barra fuera del local, en el que numerosos marbelleros de postín disfrutaban del fin de la feria de día.

Mario se embutió, más si cabe, en el gorro y el pañuelo porque distinguió a una compañera y sus amigos entre el grupo de personas que allí se reunían.

—Vamos, abre —apremió Marina.

—¿Que abra el qué?

—La puerta, ¿qué va a ser?

—Las llaves las tienes tú.

Marina se dio cuenta de que ella había pedido la copia de las llaves a Irene, la mujer de Mario.

Sonrió por su mala cabeza. El abogado advirtió el divertimento en los gestos y expresiones de la policía.

¿Quizá el cartojal estaba subiéndosele a la cabeza?

Por primera vez desde que se habían llevado a Pablo se permitió sonreír.

—¿Qué llave es?

—Esta, creo —Mario tomó el manojo de manos de la policía, que sintió el roce de las yemas de los dedos del abogado. Lo miró, pero él estaba centrado en la importante tarea de abrir el portal.

—No abre.

—Ya lo veo. ¿Qué pasa?

—No sé.

—¿Estás seguro de que esa es la llave?

—Pues no lo estoy, nunca he abierto el portal. Siempre que llego está abierto y cuando me marcho simplemente lo cierro, como comprenderás.

Marina obvió el irónico comentario y le arrebató a Mario las llaves. Probó con otras del manojo y ninguna entró en la cerradura.

—No me jodas, Mario. ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Tú no sabes abrir puertas o algo así? —preguntó él.

—¡Que yo soy poli, no ladrona!

Ambos volvieron a sonreír.

—Llama a algún telefonillo.

—Hay videoportero, y aquí casi todo son edificios de oficinas, hay pocas viviendas.

—Pues como tengamos que esperar a que salga alguien entonces…

Marina se equivocó. En ese momento, la puerta se abrió, y una mujer, de no menos de ochenta años, emperifollada como para ir a una boda, con vestido rosa y una pamela rosa y unos zapatos rosas, salió del edificio.

—Buenas noches —dijo.

Policía y abogado correspondieron al saludo, y la mujer bajó el peldaño que la separaba de la calle y de su escapada nocturna.

Ambos se la habían quedado mirando, y no entraron al edificio en el acto, en parte por la sorpresa que les había provocado el look de la anciana, y en parte por no llamar demasiado la atención.

Tuvieron suerte, porque la puerta era de esas que se cierran con lentitud, como con suspense. Cuando quedaba menos de un centímetro para hacerlo, Marina la sujetó y pudieron entrar.