Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Siesta
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Siesta

La alerta no era otra más que un médico al que no le arrancaba el coche.

En otras circunstancias, Marina se hubiera ofrecido a ayudar. En ese momento lo único que hicieron fue fingir que no entendía el español.

Mario se encontraba bastante recuperado. Caminaron junto a la fachada principal del hospital. Era festivo y, dado que no había consultas, estaba casi desierto. Llegaron al parking al descubierto donde Marina había aparcado el coche de Ramón.

Cuando se subieron, a la policía le inundó una ola de culpa.

Se fijó en las obras que estaban ampliando el hospital.

Una gran grúa de tropecientos metros de altura coronaba el ambicioso proyecto, más estancado de lo que la población de la Costa del Sol requería.

Se dijo así misma que, en ese momento, había puesto la vida de su compañero, y la suya propia, en ruinas: como en una obra que se dilata en el tiempo y nunca acaba.

—Al final, tendremos que ir a mi oficina —Mario interrumpió los pensamientos de la policía.

—¿No puedes consultar lo que querías consultar en mi móvil?

—Necesito chequear el email de empresa. No puedo hacerlo desde otro lugar. Por eso te dije que le pidieras a Irene las llaves.

—Entiendo.

—Pero tendremos que esperar a la noche.

Eran poco más de las dos del mediodía. Marina estaba destrozada, física y anímicamente. Además, sus tripas habían empezado a vibrar en ese gorgoteo tan molesto y característico que provoca el hambre.

—Vamos a comer algo. Después buscamos un lugar a la sombra donde descansar —sentenció ella.

Arrancó el coche y se marcharon del hospital; la policía con desazón, y el abogado con una brizna de esperanza.

La mujer se había portado demasiado bien, estaba poniendo en juego su carrera y su libertad, incluso.

Ahora él tenía que corresponder hallando al responsable de aquella situación tan surrealista que estaban viviendo.

Marina paró en un supermercado próximo al hospital y compró un par de empanadas, un par de bolsas de patatas fritas y un par de refrescos.

Además de botellas de agua y más barritas energéticas.

De vuelta al coche, subió por el Carril del General y, nada más pasar la escuela ecuestre, se desvió a la derecha por un camino de tierra.

Paró en la primera sombra que encontró fuera de la pista.

Salió del coche y se desperezó. Miró hacia el sur, hacia el mar: el día era brillante y caluroso, y la estela del reflejo del sol deslumbraba como si cientos de focos submarinos apuntasen al cielo.

Apenas corría una ligera brisa que no servía para refrescar la temperatura.

Mario también salió del coche y cruzaron miradas.

Ambos tuvieron tentación de abrir la boca, pero solo lo hicieron para engullir las provisiones del supermercado: la policía con ansia, el abogado más comedido, todavía con una extraña resaca que le provocaba algún que otro temblor.

Una vez finalizada la frugal comida, Marina se confesó.

—Ahora mismo echo de menos un cigarro.

—Lo echo de menos hasta yo, que nunca he fumado más que algún día de copas.

—Eres demasiado niño bueno, abogado.

Mario se quedó boquiabierto. Tenía parte de razón que la imagen que proyectaba al exterior era la del yerno perfecto: buen trabajo, buen sueldo, atractivo y todavía con la juventud suficiente para gustar a mujeres menores y mayores que él.

Sin embargo, le molestaba ese aura de bondad que parecía proyectar.

Y que Marina lo hubiera verbalizado así, con ese descaro, lo dejó fuera de combate.

La agente, por su parte, se dio cuenta de que al abogado le había molestado el comentario.

Prefirió callar y no disculparse por algo tan nimio.

Asumió que no tenían la confianza necesaria que ella misma se había otorgado al hacerle aquella broma.

Aunque se preguntó si sacarle del calabozo y poner en riesgo su carrera no debería de concederle un poco de margen.

—¿Cuándo crees que podremos ir a tu despacho?

—Ya te digo que de noche. Además, con la feria va a haber muchísima gente por allí hoy.

—Casi mejor. Mezclarse entre la multitud nos dará más invisibilidad —aclaró Marina.

Mario tan solo asintió. Al poco bostezó.

—¿No has dormido en el calabozo? —El abogado negó con la cabeza—. Venga, vamos a cerrar los ojos un rato.

La policía se movió hasta la puerta del copiloto, se agachó para manipular el asiento y lo reclinó todo lo que permitía. Mario no tenía claro lo que hacía. Ella, en cambio, sonrió. Dio la vuelta por la parte delantera del coche y repitió la operación con el asiento del conductor.

—No es el nuevo Hotel Don Miguel, pero algo es algo.

—¿Vamos a poder dormir aquí con el calor y pendientes de si alguien viene?

—Mario —Le gustaba dirigirse a él por su nombre—, ¿quién va a venir a esta hora del día grande de la feria? Hasta que un médico vaya a visitar al nuestro amigo Ramón al box pasarán, como poco, dos horas…

El abogado tuvo que acatar ese argumento como si el de un juez se tratase.

Se quitó la camisa, quedándose solo con la camiseta de manga corta, se remangó los pantalones y se sentó en el angosto asiento del utilitario de Ramón.

Se echó hacia atrás y giró su cuerpo hacia la izquierda, que era su posición favorita para dormir.

Marina hizo lo mismo, después de unos segundos bocarriba.

Cruzaron sus miradas; estaban cerca, quizá demasiado.

—¿Quién te iba a decir a ti hace unas horas que ibas a dormir junto a una poli, eh? —dijo Marina con la intención de rebajar la tensión que ella misma sentía. Los ojos del abogado, sin ser azules o verdes, tenían un toque de profundidad, de templanza, que le perturbaban.

Mario curvó los labios hacia arriba, más por cortesía que porque le hiciera gracia la broma. Unas horas atrás, él estaba con su familia en su casa disfrutando de lo que creía una vida perfecta o casi perfecta.

No, no se imaginaba que iba a dormir en el campo, en un coche a más de treinta grados de temperatura ambiente, con una desconocida y con su hijo secuestrado en algún lugar lejano.

Sin embargo, sus músculos no respondían a la extraña energía que le provocaba la ira, así que los ojos se le cerraron y entró en un sueño tan profundo como inquietante.

Quizá podría descansar un par de horas.