Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El box
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El box

El maldito box era igual que el resto del hospital: marrón o gris, con una puerta corredera a la que costaba arrastrarse, y de un beige militar idéntico a las demás estancias; por eso le llevó un tiempo encontrarlo.

—Ya era hora, ¿dónde has estado? —protestó Ramón.

—Ni preguntes.

Le entregó las provisiones a Mario, que se tragó la lata del refresco como si fuera un explorador perdido en el Sáhara. Se echó un poco de agua por la cabeza, por la nuca y bebió el resto. También le pegó un mordisco a los cereales.

Intentó incorporarse de nuevo. Se tambaleó como un borracho en la feria, aunque aguantó. Marina le quitó la vía y Mario ni protestó por el dolor que le produjo.

—¿Me puede quitar esto? —pidió a Ramón.

El oficial se apresuró a quitarle las esposas.

—Ahora póntelas tú y átate a la camilla —dijo Marina.

Ramón resopló. No estaba nada convencido de la última parte del plan.

—¿Es necesario?

—¿Quieres que no sospechen de ti?

Protestó, aunque asumió que no le quedaba otra. Cuando se hubo esposado a la camilla, pidió a Marina que terminara la fase del plan.

—Joder, Ramón, no sé si voy a poder.

—Te devuelvo la pregunta: ¿quieres que no sospechen de mí?

El argumento del policía fue irrebatible.

Mario no entendía mucho de lo que sucedía entre ellos. Su lucha era otra, así que puso los pies en el suelo. El mareo seguía presente; sin embargo se notaba más estable. Trató de caminar y pudo dar dos pasos.

—¿Dónde? —preguntó Marina, al mismo tiempo que se movía, nerviosa.

—En la cara, ¡dónde va ser!

—Joder, Ramón.

—Vamos, Caraculo, coño. Que no tenemos todo el día.

El insulto no bastó para sacar la rabia de Marina. Mario, entonces, lo entendió. Quizá él podría ayudar. Se puso delante del policía y lo golpeó en la cara, aunque Ramón apenas giró la cabeza.

—¿Eso qué mierdas es? —protestó el oficial.

—Yo… —dudó Mario—, solo trataba de ayudar.

—¿Así das tú los puñetazos? —repitió Ramón— Te falta mucha calle, chiquillo.

—Estoy grogui todavía —se excusó el abogado.

—Caraculo, o me golpeas tú con fuerza, o si tenemos que esperar a que lo haga este nos vamos los tres al talego.

Marina no se lo pensó más y, antes de que terminara la frase, le dio un buen puñetazo a su querido compañero en el ojo. Antes de que pudiera protestar, le dio otro en la nariz. Y, para rematar, le dio otro en el estómago.

—Joder, Marina, para —protestó Ramón.

—Perdona, perdona, joder.

La policía abrazó a su compañero y le volvió a pedir perdón varias veces más.

—Tranquila, tranquila —Ramón la correspondió en el abrazo—. Venga, marcharos ya.

Marina se separó de él y, al verlo sangrar por la nariz, se le saltaron las lágrimas.

—Ay, mi niño —dijo, y le abrazó otra vez.

Ramón volvió a tranquilizarla y le exigió que se marcharan lo antes posible.

—Encontrar al chiquillo. Hacer que esta chalaura valga la pena.

Mario se metió la camisa por dentro, se la abrochó y se recompuso como pudo. Con una mirada agradeció al veterano policía los servicios prestados. Ramón tan solo asintió a modo de respuesta.

—Ya sabes que si me tienes que delatar, me delatas, ¿vale? —dijo Marina.

—A mí me ha atacado un tío enorme al que no he visto venir.

Marina sonrió y se marcharon del box.

Caminaron por los pasillos y, gracias a un elevado golpe de suerte, la policía encontró la puerta que antes la llevó al cuarto de calderas. Miró en todas direcciones y cuando comprobó que no había nadie, la abrió. Poco después salieron al parking.

Cuando estaban a punto de llegar a la fachada principal, una voz a sus espaldas los alertó.