Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El Costa
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El Costa

El relajante que le habían puesto le provocó una dormidera que le impidió abrir los ojos durante un tiempo que no pudo determinar.

Cuando por fin los abrió, se encontró con la cara de la policía Marina Caracuel. A él le pareció un sueño, como si un ángel de la guarda le estuviera cuidando. Y sonrió, sonrisa quizá motivada por el narcótico que recorría sus venas.

—Hola, ¿cómo estás, Mario?

El abogado solo pudo balbucear. Y seguir sonriendo como un crío. La policía miró a su compañero, que arrugó los labios, y le pidió que le cediera el sitio junto a la cama. Ramón agarró del brazo a Mario y lo zarandeó. Le dio una bofetada, dos.

—Tranquilo, compi —pidió Marina.

—¿Quieres que se espabile pronto o no?

—Claro, pero no le des tan fuerte.

Ramón buscó en el box médico por si había algún líquido que echar a la cara del abogado.

No encontró nada, así que volvió a la carga y le dio otro par de bofetadas.

Mario empezó a reaccionar. Recordó el par de guantazos que le había dado otro policía en la comisaría, y se preguntó si le iban a tortear todos los municipales de Marbella antes de que acabara el día.

—Pare, pare —pidió.

Al menos fue capaz de quejarse. Ramón, entonces, se apartó y dejó su lugar a Marina. Se hallaban en un box de dos metros por dos del hospital. Una cabina espartana y anodina en la que solo cabía una camilla y un acompañante de pie.

La agente se había colado en el hospital saltándose toda la seguridad saltable.

Cuando llegó a la entrada de urgencias, se encontró con el patrulla de Ramón y con su compañero custodiándola.

Tuvo que recurrir a su astucia, no quería tirar de placa ni decir que venía con Mario.

Se camufló como pudo con una gorra bien calada y la sudadera subida hasta la boca.

Primero se cercioró de que el vehículo de alta gama que les estaba vigilando en la jefatura, no les había seguido y merodeaba por la zona.

Después, con un mechero —del coche de Ramón— y un pañuelo impregnado en gasolina —también del coche de Ramón—, incendió una papelera próxima a la entrada de urgencias.

Arturo, que era el nombre del agente, alertó del fuego.

El vigilante de seguridad salió corriendo extintor en mano.

Y Marina aprovechó para colarse sin que nadie la viera.

¿El motivo? Tenía que salir de allí junto a Mario sin que los detectaran.

Al menos deberían tardar un par de horas en descubrir la huida.

—¿Estás para caminar?

—Tengo que estarlo —dijo Mario, y trató de incorporarse.

De inmediato se llevó la mano a la frente y se volvió a tumbar, pálido y con el estómago revuelto.

—Joder, Marina, a este hombre le queda un rato para recuperarse de lo que le han chutado.

—No tenemos un rato, seguro que Alterio ya está al tanto de que le han trasladado aquí, y estará de camino.

—¿Y qué hacemos?

—Una Coca-cola —dijo Mario.

—¿Cómo?

—Traedme algo con azúcar de la máquina.

—Pero ¿qué te crees que va a hacer eso, chiquillo? —protestó Ramón.

—No tomo azúcar desde Navidad —repuso el abogado—, me tiene que hacer efecto por fuerza.

Marina no se lo pensó, no les quedaban muchas alternativas.

Se camufló de nuevo y salió a buscar una máquina de refrescos.

Preguntó a un sanitario que le indicó con la facilidad del que conoce el lugar sin tener en cuenta la ignorancia del que no.

Vagó por los pasillos, y llegó a una puerta que no le conducía a ningún lado.

Sin embargo, se dijo a sí misma que todo ocurría por algo.

Abrió la puerta y accedió a un cuarto de calderas.

Lo cruzó y, al otro lado de la estancia, abrió una segunda puerta que daba al exterior, a un parking destinado a los empleados del hospital.

Sonrió.

Se le borró la sonrisa cuando volvió a entrar al pasillo interior y un celador la recriminó que qué hacía ahí.

—Disculpa, me he perdido, estoy buscando una máquina de refrescos porque llevo toda la noche sin dormir y estoy medio deshidratada y muerta de hambre —puso su mejor cara de niña buena, y al celador, que llevaría en pie tantas horas o más que ella, se le ablandó el corazón.

—Ven conmigo.

La guio por un pasillo hasta una puerta que ponía el cartel de privado.

—Espera aquí.

Marina no entendió a qué debía esperar. Los dos minutos que tardó en volver el celador se le hicieron eternos. Sin embargo, merecieron la pena.

—Toma —dijo el muchacho nada más salir—, agua, Coca-cola y una barrita de cereales.

—Oye, muchas gracias.

—De nada, urgencias está por ahí —El celador le indicó un pasillo que, en teoría, marcaba el camino de regreso—. Y si te veo otro día por Marbella, me invitas tú a algo.

Marina hizo el amago de sonreír. No estaba para coqueteos, aunque le debía al chico un agradecimiento.

—Cuenta con ello —dijo sin terminar de girarse del todo y levantando la Coca-cola en el aire.

Aumentó el paso hasta el punto de parecer una corredora de marcha atlética. Se perdió de nuevo. Desandó lo andado, y debió de confundirse de pasillo, porque no encontraba el box donde Mario y Ramón la esperaban.