Ambulancia
Un coche torció en dirección contraria y provocó una colisión en las inmediaciones de la comisaría.
Ramón esperaba, tan nervioso como en el nacimiento de su primer nieto, el aviso del agente que custodiaba a Mario.
Tomaba café en la sala de recreo de la jefatura y cuando le dio el primer sorbo, lo que se recibió fue la notificación de la colisión en la rotonda vecina.
El oficial tuvo que salir a hacer el atestado porque se lo indicó el superior que estaba al mando de la comisaría en aquel momento.
Los nervios se le agarraron al estómago y le provocaron unos ardores, que si bien no eran nuevos, sí que le preocuparon.
Llevaba tiempo con ellos y aumentaban en intensidad con el paso de los años.
El estrés nunca es un buen compañero, y menos para un sufridor de problemas estomacales.
El veterano, diligente, realizó el atestado con la mayor celeridad que pudo.
Trató de mediar entre los nervios del conductor culpable y los de la conductora víctima.
Su compañero les hizo el test de alcoholemia a ambos y los dos dieron negativo.
Un simple despiste. Una vez solucionado el asunto, volvió corriendo a comisaría.
Con tanta prisa que su compañero no lo entendió y se lo recriminó.
—¿Qué te pasa, Ramón?
—Que tengo que ir al baño, coño…
El compañero sonrió e hizo el amago de meterse con la edad del veterano, aunque en última instancia reculó.
Cuando llegaron a la jefatura, se había montado un pequeño revuelo.
Ramón no fue al baño, la verdad es que no tenía ganas, y bajó las escaleras tan rápido, que tropezó y por poco no le tuvieron que llevar a él al hospital con una cadera rota.
Dos policías custodiaban la puerta del calabozo, y dentro otros dos más.
Mario estaba sentado, con los ojos cerrados y una venda en la muñeca.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Ramón.
—Se ha hecho unos cortes como queriendo suicidarse —dijo Julián, otro oficial.
—¿No habéis llamado al 112?
—Qué va, se lo hemos curado con un poco de betadine y unas vendas.
—¡Vamos no me jodas! —protesó Ramón, haciéndose el indignado. El compañero lo miró, giró la cabeza hacia un lado e hizo una mueca—. Voy a avisar yo ahora mismo.
—¿Qué dices, Torres?
—Lo que oyes —dijo Ramón mientras marcaba el número de urgencias desde su teléfono personal—. Este hombre tiene que estar en un hospital o bajo custodia médica o lo que sea. Tú no estuviste ayer en el puente…
Julián entendió y rebajó su actitud.
—Pues a lo mejor tienes razón.
Mario cerró los ojos, aliviado, y se recostó hacia atrás en el catre.
Toda la escena la había vivido con la tensión propia de un condenado.
Si el oficial Julián se llega a salir con la suya, todo el plan se hubiera ido al traste.
Los cortes, como bien había dicho, no eran tan profundos para necesitar sutura.
Mario lo intentó: presionó con fuerza, pero la cuchilla apenas le hizo unos cortes superficiales.
La sangre no fue todo lo escandalosa que requería la situación y tuvo que fingir el desmayo.
Lo despabilaron con varias bofetadas en la cara que le dolieron casi más que los cortes.
Lo zarandearon y lo levantaron entre un par de agentes.
Cuando le curaron la herida y se burlaron de él por el falso intento de suicidio, tuvo que comerse su orgullo y callarse.
Si no le sacaban de allí por suicida, al menos que lo hicieran por trastornado.
Y eso fue lo que consiguió Ramón.
A la media hora, se presentó en la comisaría una ambulancia que bajó hasta el parking.
—Enséñame las muñecas, por favor —dijo Ramón.
Los dos hombres se miraron. Mario entendió que el veterano oficial estaba compinchado con Marina, aunque no lo tenía del todo claro.
Quiso darle un gracias con sus ojos. El policía no le aguantó la mirada, le puso las esposas como si le pusiera el anillo a su mujer en el día su boda, y le agarró del brazo para llevarlo hasta la ambulancia.
Los sanitarios preguntaron si eran necesarias, y Ramón fue rotundo en su afirmación.
Se subió con él al vehículo medicalizado donde se tropezó con una botella de oxígeno.
La médica que parecía estar al mando habló con Julián en una conversación que Ramón observó desde la distancia.
Cuando terminaron de charlar, volvió a la oficina y pidió a los dos hombres que salieran.
Subió y, con la ayuda del compañero que conducía, abrieron la camilla.
Invitó a Mario a que subiera y se tumbara.
El abogado miró a Ramón, que no dijo nada y procuró no cambiar el gesto.
Tenían que seguir todo el protocolo médico al pie de la letra para no desmontar el paripé.
Mario se tumbó como le ordenaron, y la doctora le remangó la camisa del brazo izquierdo. Le tomó una vía entre protestas porque no se esperaba el pinchazo.
—Vamos hombre, es solo un pinchazo. Si has intentado rajarte…
Mario la miró con el brillo en los ojos que provoca la lágrima incipiente. La doctora debía de estar acostumbrada a situaciones de ese tipo, porque no dijo nada más y se limitó a colgar una bolsa de algún medicamento que debía de ser un relajante o calmante o algo similar.
Ramón subió de nuevo a la ambulancia, y pidió al compañero que le siguiera con el patrulla.
—¿Dónde vamos, doctora?
—Al Costa.
Ese era el nombre por el que los sanitarios llamaban al Hospital de la Costa del Sol. La mujer dio dos golpes en la chapa que separaba la zona medicalizada de la cabina de la furgoneta. El conductor arrancó y con una maniobra salió de la comisaría.
Ramón suspiró. Se levantó para mirar por la ventanilla trasera. Su compañero le seguía en el patrulla. Pero no era eso lo que esperaba.
—Tranquilo, que si nos pierde sabrá llegar —dijo la doctora.
Ramón no contestó y siguió mirando por la ventanilla, intranquilo.
Cuando estaba a punto de sentarse, vislumbró su coche al fondo.
Marina los seguía de lejos. Y lo que más le tranquilizó: ningún vehículo oscuro de alta gama seguía a esa extraña comitiva.
Entonces se sentó, suspiró de nuevo y sonrió a la doctora. A Mario le dedicó un lento pestañeo.
El abogado cerró los ojos.