Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Cortes superficiales
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Cortes superficiales

A Mario Gálvez le dolía el pecho de amor por su hijo, como rezaba una estrofa de la canción La salvación, de los Arde Bogotá, una de sus favoritas.

Si debía suicidarse para salvarlo, se quitaría la vida por segunda vez.

Esta vez sin dudarlo, sin pararse a pensar en el dolor que le provocaría el impacto contra el suelo, el crujido del cuello o los cortes en las muñecas.

Porque la incertidumbre le estaba provocando un dolor muchísimo mayor, como si se hubiese tragado una sanguijuela que le exprimía el intestino.

Marina había observado, minutos antes de reunirse con Ramón, que alguien más vigilaba la Jefatura de Policía Local.

No se lo contó a su compañero para no alarmarlo.

Solo hubiera recurrido a ello en caso de negarse a su plan.

La agente sospechaba de que también pudieran vigilar a Gálvez en su retención en la Local, por lo que dio un par de vueltas por las inmediaciones antes de aparcar.

Descubrió un vehículo de alta gama ¡cómo no!

, negro, ¡cómo no!, y a un tipo con pinta de matón,¡cómo no!

, con una cámara de fotos y un gran teleobjetivo apuntando en la dirección de la jefatura.

¿Estaban seguros de que Mario estaba allí retenido?

Lo más probable es que hubieran seguido al propio coche patrulla en el que ella y Ramón lo habían trasladado desde el lugar del intento de suicidio.

Eso suponía, casi de forma definitiva, que los dos policías también estaban identificados; aunque ella se había calado bien la gorra al igual que su compañero.

Algo que todos los agentes de policía tenían interiorizado para evitar ser un blanco fácil de las fotos en la era de los teléfonos móviles con cámara.

Esa opción no le agradaba, pero la otra era mucho más preocupante: que hubiera algún infiltrado, bien en la policía local, bien en la nacional que hubiera advertido de la presencia del abogado allí.

Pensó en Néstor, y, sobre todo, en el inspector Alterio. Tomó la matrícula del coche y, en cuanto pudiese, trataría de averiguar el propietario.

Mientras tanto, había que sacar a Mario de allí sin que los detectaran.

Se le pasó por la cabeza llevárselo en un patrulla desde el propio parking de la instalación.

Sin embargo, lo descartó porque debían tener una excusa válida.

Llevárselo sin autorización del Mayor o requerimiento de la Policía Nacional supondría una grave falta; y, de esa grave falta, ni ella ni tampoco Ramón se librarían de una expulsión del cuerpo.

Es de sobra conocido que, por estadística, todos o casi todos los suicidas lo prueban una segunda vez.

La duda que le quedaba a Marina era con qué instrumento intentaría quitarse la vida de nuevo el abogado más ilustre de Marbella en la actualidad: una cuerda hecha con sábanas quedaba descartada porque no había en la celda; ¿un tiro en la boca?

Las armas estaban vetadas para acceder al calabozo; tampoco había cuchillas de afeitar…

en teoría. Porque la agente compró en la tienda de una gasolinera próxima y se las facilitó al detenido —ya desmontadas del soporte plástico original— con el mayor disimulo posible.

Hacer un corte con la intención de un suicidio real no es viable con ese tipo de cuchillas.

Para un suicidio fingido, sí: primero tenía que hacerse un corte en otro lugar donde la sangre brotara en una abundancia suficiente y no entrañara riesgo para la vida, por ejemplo en la yema de un dedo.

Esa sangre debería manchar la muñeca donde se provocaría otro intento de corte que sería el que alarmara al agente que lo custodiaba y que motivaría la llamada al 112.

Ninguna de esas laceraciones sería mortal porque aquello no era como en las películas.

Sí, sería escandaloso y motivaría un traslado al hospital.

Sobre todo si un veterano agente como Ramón, que se daba la casualidad que ya había presenciado un intento de suicidio previo del detenido, lo recomendaba.

Y así se hizo.

A la hora de marcharse Marina del calabozo, se provocó las heridas.

No sintió miedo, como bien le había comunicado la policía, aquello no lo desangraría, y si lo dejaban seco y eso garantizaba la vida de su hijo, pues buenos cortes serían, pensó él en un determinado momento.

Sin embargo, al poco de este drástico pensamiento, Mario no sintió ganas de morir; sino de encontrar a los secuestradores de su hijo.

Y, después del plan de Marina, él había maquinado otro.

Estaba seguro de que tenía una pista sobre el posible responsable del secuestro.

Y gastaría todas sus fuerzas en encontrarlo.

Se cortó no una yema de un solo dedo, sino de tres.

Así se garantizaba la suficiente sangre para escandalizar al agente que lo vigilaba.

El goteo de sangre lo colocó sobre la muñeca contraria, y a continuación se provocó otra raja en dicha muñeca: superficial y que apenas provocó sangrado.

Intentó apretar más, pero, como previó, aquello no cortaba lo necesario.

Esperaba que esas manchas sanguinolentas bastase para lo que Marina le había asegurado.

Se tumbó en el suelo, procurando dejar la muñeca ensangrentada a la vista.

Esperó. Pasaron unos quince minutos que a él le parecieron casi una hora, allí tumbado en el frío suelo, sin posibilidad de moverse. Cuando creía que no iba a funcionar, se escuchó un grito al otro lado de la puerta.

—¡Solicito ayuda, rápido, ayuda!. El detenido está en el suelo con la muñeca ensangrentada. ¡Ayuda!

El plan había comenzado con éxito. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, habría de torcerse.