¿Salvación?
Tenía un sueño que se moría.
Apenas una cabezada de media hora pudo dar en el coche de Ramón. Fue su mismo compañero el que le mandó un mensaje para que se acercara de una vez a la comisaría. El novato ya se había marchado a casa y él estaba tomando café, nervioso, a la espera de noticias.
—Sal a por mí —contestó Marina.
No quería entrar en la comisaría sin una excusa. Libraba dos días seguidos y su presencia allí resultaría extraña.
—¿Qué quieres? ¿Por qué me haces salir?
Marina le explicó todo: su estrategia para entrar al calabozo sin llamar la atención, y lo que ocurría en casa de Gálvez.
—Deberíamos notificar esto al Mayor y que hable con los nacionales.
—Ramón, huele demasiado mal. Tienen secuestrado al niño de este hombre, y los nacionales se van a enterar. Y eso no suele acabar bien. ¡Le han pedido que se tire de un puente!
—Pues precisamente por eso. Porque huele tan mal es peligroso.
—No, compañero. Llevas aconsejándome, y muy bien, durante dos años.
Ahora te pido que confíes en mí. He analizado a conciencia la situación y el que le ha secuestrado y le ha pedido algo tan truculento como hacerse pasar por un pederasta y suicidarse poco después…
—a Marina se le hizo un nudo en la garganta—.
Matan al niño, a la mujer y al abogado en cuanto salga de aquí.
Ramón suspiró. Él entendía de seguridad ciudadana.
Sabía cuándo a un guiri borracho había que detenerlo o cuándo había que dejarlo libre; cuándo poner una multa o cuándo ser permisivo y avisar antes que ganarse a un enemigo al que podría encontrarse en la consulta del médico; cuándo echar a un grupo de chavales que estaban organizando escándalo,
o cuándo decirle, al que se quejaba, que todos hemos sido jóvenes y todavía es pronto.
Lo que le pedía Marina se escapaba de sus conocimientos policiales.
—Nos podemos meter en un lío tremendo con lo que me pides, compañera.
—Lo sé, y toda la culpa será mía. Vamos a grabar una declaración en el móvil. Te voy a exculpar de todo.
—Eso no va a servir para nada.
—Menos da una piedra.
Ramón claudicó. A él le quedaba muy poco en el cuerpo, y podría escaparse de aquello con una sanción. Su paga de jubilación parecía más que asegurada. Y la vida de un chiquillo estaba en juego. Grabaron el vídeo, más por insistencia de Marina, que por su propio convencimiento.
Después entraron a la comisaría. El mentor llevaba a la agente del brazo. Tuvieron suerte, nadie preguntó nada. Ramón iba de uniforme y Marina era compañera. La chica de recepción tan solo saludó a los dos.
Llegaron al calabozo, custodiado por otro agente, no tan novato, que les pidió explicaciones.
Marina argumentó que ellos le habían detenido y tenían que hacerle unas preguntas, que el Mayor estaba al tanto.
Era día festivo y no iban a molestarlo. El agente supuso que no habría problemas y les dejó entrar.
Ramón se quedó fuera charlando, y tratando de despistar al custodio del calabozo. Marina entró.
—Buenos días, Mario.
El abogado pegó un brinco del catre en el que dormía o intentaba dormir.
—¿Cómo está mi hijo?
Marina tragó saliva. Aunque tenía preparada la respuesta, la cara del abogado, pálida, casi verde, le hizo dudar. Se arrodilló para poner sus ojos a la altura, quizá un poco por debajo, de los de Mario.
—¡Lo vamos a encontrar!
El abogado comprendió. Se tapó la cara y rompió a llorar.
Marina se levantó. Quería ponerle la mano en el hombro.
Incluso darle un abrazo. No podía hacerlo, no allí.
Miró hacia el ventanuco y ni el agente ni su compañero husmearon.
Ramón estaba cumpliendo con su trabajo de distracción.
Mario intentó levantarse pero una mano de Marina lo detuvo.
—Siéntate, por favor.
Ella tomó el teléfono móvil y tecleó algo. Le mostró la pantalla a Mario. No entendió, en un principio, lo que la policía trataba de comunicarle. Marina modificó el mensaje y se lo volvió a enseñar. Mario abrió, aún más, los ojos y releyó. Su gesto de extrañeza mutó a uno de sorpresa, de admiración.
¿Sería aquella policía la que salvara a su hijo?