Aparcada
En el suelo se encontró un excremento de perro más reciente de lo que hubiera deseado.
—Me cago en el perr… en el dueño del perrito —dijo para sí misma.
Marina observó la soledad de la calle. El sol había comenzado a despuntar por su izquierda y la había desprovisto de la protección de la noche.
Conocía el barrio por su amiga Lucía; en la adolescencia no en pocas ocasiones había trasteado por allí, por el parque de Bello Horizonte, manoseándose con otros quinceañeros en ebullición, comprando alguna chuchería —o algún cigarro— en el quiosco; o, simplemente,
dando una vuelta con su amiga en la anodina urbanización en la que muchos dueños abrían las puertas de sus casas para que los perros salieran a hacer sus necesidades solos y volvieran, también solos, de vuelta al hogar.
En lugar de bajar hacia el coche, prefirió dar un rodeo para llegar al coche de Ramón. Iba a paso ligero y, aunque no llevaba mallas ni el móvil en el brazo junto con unos casos bluetooth, podría dar el pego como deportista matutina.
Cuando llegó al Seat, observó el todoterreno que custodiaba la casa de Irene.
Seguía aparcado en doble fila, justo a la altura de la vivienda.
No se detuvo a mirar demasiado, por si al conductor del vehículo le daba por revisar el retrovisor.
Montó en el utilitario, arrancó y, en una última decisión cuestionable, se dirigió hacia el Range Rover.
Puso el intermitente y lo rebasó a la par que giró la cabeza para husmear.
Solo se encontró con unas manos en el volante, porque el rostro del conductor quedaba fuera de su campo de visión.
Una vez rebasado el vehículo, miró por el retrovisor, pero la luz del sol reflejada en el espejo la impidió, por segunda vez, una fotografía nítida del conductor.
Torció a la izquierda y se alejó de la vivienda de los Gálvez-Lima.
Poco después paró el coche y llamó a Ramón.
—¿Dónde estás, alma de cántaro? —respondió su compañero sin darle tiempo a decir nada.
—Voy para comisaría, ¿dónde estás tú?
—Venimos de la feria.
—¿Y has bailado sevillanas?
—¡Qué graciosa!
—Vente en cuanto puedas y te cuento.
—Pero no me vas a …
Marina le colgó sin darle tiempo a replicar. Lo que tenía que contarle prefería hacerlo en persona.
Era muy temprano y había dormido menos que el propio Ramón.
Aparcó bajo el puente de la autovía y cerró los ojos.
A su mente acudieron varias imágenes de lo sucedido el día anterior: el altercado en el parque infantil, el intento de suicidio y el niño de Rasha.
Todo demasiado turbio, demasiado oscuro, demasiado intrincado como para pensar bien.
Abrió de nuevo los ojos y miró hacia arriba a través de la ventanilla.
Los enormes pilares del puente, azules y grises como una camiseta de fútbol sucia, otorgaban a aquel lugar una sombra impropia de la costa.
Era un sitio extraño, en el que se celebraban los exámenes a nuevos conductores por parte de la DGT.
Un lugar que daría miedo a todo el que no fuera habitante de Marbella o, incluso, residente del barrio.
Y eso que a escasos doscientos metros estaba la playa.
Cerró los ojos de nuevo.
Durante media hora pudo soñar en un mundo mejor.
Una vibración del móvil la despertó de ese sueño.