La tapia
Los ojos de las dos mujeres eran marrón claro.
—Un momento, antes de abrir la puerta,Irene. Necesito que me des una cosa más antes de marcharme.
Cuando hubo conseguido lo que solicitó, salió al patio.
Irene ralentizó el hecho de contestar el telefonillo, la excusa sería que estaba dormida, y así podría ganar tiempo.
Mientras, Marina subió rápida por las pequeñas escaleras de madera de la piscina y, mirando a un lado, a otro y arriba y abajo, se encaramó al murito que separaba los patios de las casas.
La policía nunca había allanado una morada, excepto en su adolescencia, cuando con la pandilla se colaba en algunas casas vacías de guiris que solo pasaban el verano en la costa.
Lo hacían para retozar o para fumarse algunas sustancias prohibidas.
Encaramada a esa tapia, recordó esas vivencias y casi se permitió sonreír.
No tenía intención de, siendo agente de la ley, allanar ninguna otra vivienda. Debía tener mucho equilibrio.
Miró hacia atrás y las luces del salón de Irene se encendieron.
Tenía poco tiempo si no quería que el del Range Rover la pillaran.
Se levantó y caminó con los brazos en cruz con el fin de no caerse a un lado o a otro.
Además, solo faltaban cinco minutos para las siete la mañana, la claridad del sol naciente ya dominaba todo.
Si algún vecino levantaba la persiana, tendría problemas.
Avanzó veinte metros y superó dos viviendas; le quedaban otras dos más para llegar al final de la tapia, que terminaba en la calle perpendicular.
Ahí estaría a salvo del tipo del coche y de la posible denuncia de los vecinos.
Miró hacia atrás y nadie había salido al patio de la casa de Irene, por lo que supuso que ella fue capaz de convencerlos de que todo estaba como lo habían dejado, con Amin durmiendo arriba y las dos mujeres sometidas.
Cuando estaba a punto de conseguirlo, sucedió.
Una persiana se levantó. Ella, por instinto, se agachó, y giró la cabeza en dirección a la casa de la que provenía el ruido.
Se encontró con un chiquillo de no más de siete u ocho años al que supuso amigo de Pablo.
El niño se la quedó mirando mientras se rascaba el ojo derecho en el que tendría alguna legaña.
Cuando terminó de rascarse fue consciente de la presencia de la policía y abrió mucho la boca.
Marina se llevó el dedo a la suya, pidió silencio y le hizo una mueca, poniendo las manos en las orejas y sacando la lengua, con la exigua esperanza de que al niño le hiciera gracia.
No sonrió, y esto intranquilizó a Marina, cuyo estado nervioso le hizo tropezar y tambalearse. Tuvo que reunir todo su equilibrio para no precipitarse sobre la barbacoa y utensilios que había en el patio del chiquillo, cosa que la hubiera delatado de forma irremediable.
Entonces el crío sí que rio y ella pudo recomponerse. Le lanzó un beso, avanzó y llegó al final del murito. Se fijó en que no pasara nadie por la calle, ni coches ni viandantes, y saltó.
No se esperaba lo que se encontraría al llegar al suelo.