Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El gato
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El gato

Hay que tener mucho estómago para secuestrar a un niño y para hacer pasar a otro como si fuera el secuestrado ante la policía.

Marina pegó el ojo a una hendidura de las persianas de la habitación infantil. No podía levantarla para no provocar sospechas si, en efecto, el todoterreno oscuro había vuelto. El Range Rover no estaba aparcado sobre la acera de en frente, estaba justo delante de la vivienda de Irene y Mario.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Irene, alterada.

—¿Hay otra salida?

—¿Otra salida?

—Sí, una amiga mía vivía en una de las fases de esta urbanización, un poco más abajo. Tenía una salida trasera a la zona de la piscina.

—No, aquí no hay piscina comunitaria, la tenemos en el patio de atrás.

—¿Y ese patio comunica con…?

—Las casas que están en la otra calle, la de más arriba.

Las dos mujeres discutían en la misma habitación donde el niño había empezado ya a llorar.

Rasha consolaba al crío en palabras ininteligibles para las dos mujeres.

Elevó su tono de voz para hacerse notar y pedirles, de forma tácita, que se fueran a otro lugar.

Marina se dio cuenta y cogió del brazo de Irene para sacarla del cuarto. Cerró la puerta y volvió a preguntar.

—¿Ese patio es visible desde donde está el coche?

—Creo que no.

—¿Crees o estás segura?

—Estoy casi segura.

Marina le invitó a que se lo mostrara. Irene abrió la puerta de la habitación de matrimonio, justo en frente de la infantil.

La persiana estaba levantada y la claridad del amanecer inminente se había colado en la estancia.

Fotos de la pareja en la mesilla de noche, una cama gigante de al menos uno sesenta y una decoración minimalista, como era norma en toda la casa, llegaron a los ojos de la policía, que tuvo tiempo de reparar en la felicidad que ella presuponía en aquella pareja. Aunque era mucho presuponer.

—Esto es el patio de atrás —dijo Irene—. Tendrías que colarte en la casa de alguno de los vecinos de enfrente y salir por su puerta principal que da a la otra calle.

Marina arrugó los labios y resopló. El patio de la casa contaba con dos árboles frutales próximos al pequeño balcón, y una piscina de madera, rectangular y minúscula, pegada a la tapia opuesta, la que lindaba con el patio del vecino.

Se llevó la mano a la frente y se giró sobre sí misma.

Apenas quedaban quince minutos para amanecer y la claridad estaba ganando la batalla a la noche.

Volvió a girarse y al hacerlo, se fijó en un gato pardo que había apoyado en la tapia que separaba los patios de cada vivienda.

No estaba en la casa de Irene, sino en la de al lado.

—¿Ese gato es vuestro?

—No —respondió Irene—, pero se nos cuela de vez en cuando y nos caga en el patio.

—¿Cómo se entra a este patio?

—Desde el salón.

—Imposible que los del coche nos vean, ¿verdad?

—Diría que es muy complicado.

—Vamos, ábreme atrás.

Antes de marcharse, Marina se detuvo en el rellano.

La puerta del cuarto de Pablo seguía abierta y Rasha tarareaba algo a Amin.

La mujer árabe levantó la mirada y Marina, ante la imposibilidad de pronunciar algún tipo de consuelo, saludó con la mano a modo de despedida.

Rasha no respondió y volvió a su ininteligible nana.

Marina bajó las escaleras y se dirigió al ventanal que daba al patio trasero. Irene cogió una llave de una tacita decorativa, abrió la puerta corredera del ventanal y la verja trasera. Marina, antes de marcharse, puso la mano —otra vez— en el hombro de Irene.

—Pienso aclarar todo esto. Tengo tu teléfono fijo, si te necesito te llamaré, aunque si por casualidad estuviera aquí el tipo del coche u otra persona indeseable, actúa como si te llamara un comercial de alguna compañía telefónica.

—¿Y no me puedes dar tu teléfono?

Marina dudó.

—Es mejor que no, si por casualidad investigan, podría meterme en un lío. Y no es por mí, es porque si a mí me pasa algo, vas a tener menos ayudas para salir de este problema tan gordo que tenéis tu marido y tú.

—Mario… el pobre…yo… —Irene iba a decir algo.

—No te preocupes, no te voy a juzgar. Mario me lo ha contado todo.

Irene levantó la cabeza y las lágrimas se le saltaron…

—Estoy segura de que eso no tiene nada que ver con…

—Insisto: no te martirices. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ayudaros. Todo.

Marina se despidió con un apretón en el hombro que apenas consoló a Irene, aunque menos era nada. En ese momento sonó el timbre del telefonillo. Las dos mujeres se miraron y el pánico se sembró en sus ojos.