Irene y Rasha
Marina no cometió el error de llamar al telefonillo para no molestar al vecindario. A esas horas de la noche, un día festivo, era más que probable que se escuchara en las casas colindantes.
La oscuridad empezaba a diluirse, todavía faltaba más de media hora para amanecer, aunque el brillo previo apuntaba por el este, dejando el cielo con un tono grisáceo, previo al púrpura y naranja que vendría después.
La conversación con Irene fue escueta. No dio su nombre, tan solo se identificó como policía y mintió diciendo que no funcionaba el telefonillo y que tenía que hablar de nuevo con ella. Marina corrió para estar delante de la puerta cuando la mujer abriera.
Se cruzó con el patrulla de su compañero que la observó, inquieto, mientras circulaba en la misma dirección en la que se había marchado el Range Rover.
Marina prefería que se hubiera quedado, por si el todoterreno volvía; sin embargo era prudencial que Ramón se marchara para no levantar más sospechas en el compañero novato.
Cuando la agente llegó a la altura de la casa de Irene y Mario, miró hacia arriba.
La mujer no se había asomado por la terraza.
La verja de acceso a la vivienda tampoco estaba abierta y el telefonillo muy presente, como con ganas de que lo pulsaran.
Miró su teléfono móvil y cuando iba a marcar de nuevo el número de los Gálvez-Lima, escuchó abrirse la puerta superior de la vivienda.
Al poco, unos pasos se oyeron en la escalera y los pies de Irene aparecieron en el campo visual de Marina.
—¿Qué ocurre?
—Abra, por favor, hablemos dentro.
La mujer dudó. Miró hacia los lados, sobre todo en la dirección en la que estaba aparcado el Range Rover. Cuando comprobó la ausencia del vehículo, abrió.
Las dos mujeres subieron las escaleras con ligereza y pisando de puntillas. Accedieron a la vivienda y nada más cerrar la puerta, Marina expuso sus argumentos.
—Disculpe que la aborde así, Irene. Pero Mario tiene dudas de que Pablo esté bien —La cara de la mujer actuó como respuesta. Marina asintió y apoyó la mano sobre el hombro de la mujer—. ¿Quiénes son los que están arriba?
Irene se dio la vuelta y caminó hacia el sofá del salón, donde parecía que había pasado la noche. Se sentó y se puso las manos sobre la cabeza.
—No lo sé, tan solo sé que también están con miedo y amenazados. Les han dicho que si no actúan como si el niño fuera mi hijo y ella mi amiga, los matarían a los dos. El chiquillo está muy asustado.
—¿Quién los ha traído?
—Los mismos que trajeron a Pablo esta tarde.
—Entonces es verdad que Pablo ha estado aquí.
—Claro que sí, y lo pude abrazar y pensaba que se quedaría conmigo para siempre; pero esos dos…
La mujer sollozó. Marina trató de calmarla y, cuando lo hizo, corroboró que dos tipos con gafas de sol y gorra subieron con Pablo e hicieron una videollamada a Mario.
—Después se lo llevaron de nuevo y prometieron volver si mi marido cumplía.
A las diez o así me llamaron por teléfono, me dijeron toda clase de barbaridades sobre Mario, que si no tenía huevos para salvar a su familia, que si no sé qué.
Mario me había contado por encima, pero no todo, así que no entendí nada.
Irene se trabó al hablar. Marina se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—Le han pedido un rescate muy duro a cambio de liberar al niño.
La mujer no indagó más, como si tuviera miedo de conocer la respuesta; así que Marina prefirió no dar más detalles. Al poco, Irene continuó:
—Me dijeron que iban a venir una mujer y un niño, y que si la policía venía a casa debería fingir lo que les he contado a ustedes antes —La voz se le quebró—. ¿Cómo puedo fingir que el niño que duerme en la cama de mi hijo es mi hijo? ¿Cómo puedo aguantar la mentira más tiempo?
—¡Cálmate! —ordenó Marina—. Ahora mismo desesperarse no sirve de nada.
—¿Cómo me voy a calmar? Ese coche de ahí fuera me tiene vigilada. Y me han dicho que me tienen pinchadas las líneas. ¡Dios de mi vida!
Marina tragó saliva. Si le tenían intervenidas las líneas, habrían escuchado la llamada que ella había hecho para avisar de su llegada.
Respiró hondo. Le dio vueltas a su cabeza, a todo lo que sabía sobre protocolos policiales.
No era competencia suya la investigación criminal, pero, por lo que conocía, era alto improbable que tuvieran pinchada la línea fija.
Para ello se necesitaba acceder al sistema operativo de la compañía telefónica, y eso solo se podía hacer de dos formas: mediante la orden de un juez, o mediante un hackeo digno de una película de espías. Marina descartó las dos opciones.
—Irene, es posible que tengan hackeado su móvil, eso no es difícil con un troyano en un email o cualquier mensaje de redes sociales. Pero el teléfono fijo es casi imposible. No se preocupe.
—¿Está segura?
Marina movió la cabeza arriba y abajo. Aunque no lo estuviera del todo, quiso tranquilizar a la mujer.
—¿Y qué me dice el coche aparcado ahí fuera?
—Lo he podido disuadir, de momento.
Se oyeron pasos por la escalera. Marina llevó, por instinto, su mano al lugar donde debería llevar el arma. Pero el arma no estaba allí, ya que ella estaba fuera de servicio y la había dejado en su lugar correspondiente y seguro en la comisaría.
—Rasha, baja por favor —pidió Irene.
La mujer árabe, pequeña y pálida, terminó de bajar las escaleras. Marina pidió que no temiese, que ella estaba allí para ayudarlas.
—Usted policía, usted mete en problemas —dijo la mujer.
—No, ahora mismo no estoy de servicio. ¿Quién les ha amenazado? ¿Quién les retiene de esta forma?
Rasha agachó la cabeza. Marina entendió que no iba a decir nada, así que lo único que hizo fue pedirle que asintiera o negara.
—¿El niño que está arriba es su hijo?
Rasha asintió.
—¿Te han amenazado con hacerle daño si no colaboras?
La mujer repitió el movimiento de cabeza.
—¿Conoces a esta mujer y a su familia?
Rasha negó.
—Está bien. Solo venía a comprobar esto. ¿Me dejas ver al niño?
Rasha asintió y las dos mujeres subieron las escaleras.
Marina entró en la habitación infantil y le sorprendió ver tantos pósteres musicales.
La fantasmagórica y tenue luz verde iluminaba la estancia.
La policía se fijó mejor en el niño. Era muy moreno, con el pelo rizado.
Nada que ver con las fotos de Pablo que había visto en el salón y en el propio cuarto.
—¿Cómo se llama? —preguntó Marina.
—Amin.
Marina tuvo la intención de acercarse y mesarle el pelo, pero el niño abrió los ojos y emitió un quejido. Quejido que coincidió con el ruido de nuevos pasos en la escalera.
—¡El coche, el coche! —Irene subía a toda prisa—. ¡El todoterreno ha vuelto!
Marina descubrió el miedo en los ojos de las dos mujeres, y también lo encontró en su propio estómago.