Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Ramón
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Ramón

El favor que Ramón le iba a hacer a Marina lo comprometía demasiado.

No obstante, el veterano oficial se había dado cuenta de que las cosas apestaban en aquel extraño incidente. El Range Rover mal aparcado junto a la vivienda de Mario Gálvez era muy similar al del propio abogado. En el interior había, al menos, una persona.

—Despierta Ramón, ya son las cinco y media.

Habían pasado dos horas desde que aparcaron el coche cerca de la comisaría. Cerca, pero lo suficientemente distantes para que ningún compañero los detectara.

—Vete al carajo, me dijiste a las seis —protestó Ramón mientras se revolvía en el asiento buscando una mejor postura para seguir dormitando.

—Tienes que estar a las seis en punto en jefatura. Amanece a las siete.

—Y qué más da cuando amanezca.

—Coño, Ramón, ya te lo he dicho antes: tengo que entrar de noche.

Ramón bufó y se desperezó, todo casi al mismo tiempo.

Todavía era noche cerrada y Marina quería aprovechar la oscuridad para entrar en la casa de Mario a cumplir con su pequeña misión.

El plan era sencillo: Ramón llegaría antes a la comisaría y daría el relevo al compañero de la noche.

¿El argumento? Que no podía dormir y así le hacía un favor, cosa no extraña, ya que era habitual entre los compañeros.

Tanto como una hora de adelanto quizá sería demasiado.

Pero tratándose de los albores del verano y con las temperaturas tan altas, provocaría menos sospechas.

Así que Ramón se presentó en la jefatura a las seis en punto, con cara de resaca y casi echando al compañero para que se fuera a casa a dormir con su mujer y aprovechara el día de feria.

Ese policía era, precisamente, Néstor Amigo.

Que receló un poco de las prisas del veterano, aunque acabó cediendo.

En cuanto se marchó, Ramón se cogió al novato que custodiaba la celda de Gálvez y pidió a otro compañero que bajara.

—Voy a enseñar a este pipiolo cómo trabajamos en día de feria.

El pipiolo quiso protestar porque solo le faltaba una hora para terminar su turno y estaba deseando irse a dormir y aprovechar lo poco que pudiera de la tarde festiva, ya que a las once volvía a entrar al tajo.

Sin embargo, no le importaba pasarse un poco de la hora si Ramón tenía pensado acogerlo en su seno, al igual que había hecho con otros muchos agentes.

—Tira para Bello Horizonte, chiquillo.

—Creía que habías dicho que íbamos al recinto ferial a ver cómo estaba el tema con los borrachos.

—Tienes ganas de fiesta, ¿eh? —repuso Ramón—. Tranquilo que borrachos vas a encontrar. Tú tira a donde te he dicho.

El novato no puso más objeciones y arrancó en dirección a la urbanización, sin darse cuenta de que a pocos metros los seguía una mujer en un coche prestado.

Cuando estaban a punto de llegar a la casa de Gálvez, Ramón le dio su excusa inventada.

—Me ha escrito un amigo que había un grupo de chavales rematando la noche en el parque de aquí. Así que los vamos a mandar para casita y luego nos acercamos al puerto o al recinto ferial.

El novato tan solo asintió. En el lugar, como era obvio, no había ni chavales ni botellón. Ramón protestó diciendo que los chavales ya se habrían ido a sus casas y que no volvería a hacer caso a su amigo. A continuación le pidió al chico que se dirigiera donde estaba aparcado el Range Rover.

—Vamos a aprovechar el viaje y le decimos a ese tanque que la acera no es suya. Para aquí.

El veterano policía se bajó del coche a la altura del todoterreno.

En sus más de cuarenta años de servicio, Ramón solo había disparado dos veces.

Las dos de ellas al aire. No supo por qué, pero el instinto hizo que llevara sus manos a su arma reglamentaria, la de fuego, no la eléctrica, justo antes de tocar la ventanilla del coche.

Se retiró y su mano siguió posada sobre la pistola.

Incluso había desabrochado el automático de la funda para sacarla rápido si fuese necesario. Como un pistolero de verdad.

Marina lo observaba todo desde el otro lado del parque. Había estacionado en el lugar donde estaban los supuestos botelloneros y tenía una panorámica clara de lo que ocurría. Se puso nerviosa cuando vio a su compañero llevarse la mano al arma.

La ventanilla se bajó. Se topó con unos ojos claros, una melena negra y una cara morena, como de actor secundario de cine de acción.

—Buenos días —dijo Ramón.

—¿Qué ocurre? —preguntó el tipo del coche.

Ramón constató que solo había una persona dentro.

—Está usted mal aparcado, ¿le importaría bajar el coche de la acera?

—No estoy molestando a nadie.

Ramón aferró el arma con más fuerza y ese detalle no pasó inadvertido para el conductor: arrancó el motor.

—Mueva el vehículo, haga usted el favor.

El tipo no contestó y maniobró hasta sacar el coche de allí. Ramón tuvo que moverse para que no se lo llevara por delante.

Marina suspiró, aliviada, al comprobar que el coche bajaba de la acera sin incidentes, y se alarmó cuando se dio cuenta de que iba en su dirección.

Arrancó el Seat de Ramón con la intención de largarse escopetada; sin embargo el Range Rover tomó la rotonda a la derecha y enfiló dirección al centro de la ciudad.

Sin tiempo que perder, marcó el teléfono fijo de la casa de Mario (el abogado lo había memorizado a conciencia y se lo facilitó a la policía).

No contestó nadie. Lo intentó un par de veces más y cuando la voz de Irene Lima sonó al otro lado del aparato, supo que estaba cometiendo un grandísimo error.