Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Reconocimiento
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Reconocimiento

Ramón era el mejor compañero que cualquier policía, hombre o mujer, pudiera tener.

No solo era un mentor, era como un padre, como un hermano mayor que la protegía de casi todo.

Casi, porque la jerarquía policial no le permitía enfrentarse a los superiores.

Ya se lo había advertido en el pasado: «—Si tienes un problema con Muros, no podré ayudarte».

Por eso Marina se cuidaba mucho de respetar las órdenes del Mayor.

—¿Qué quieres a estas horas, caraculo? Son más de las tres de la madrugada.

—Mongolo, si coges el móvil es porque estás despierto. ¿Qué serie ves?

Si Ramón había instruido a Marina en actuaciones policiales, Marina le había metido el gusanillo de las series de televisión: desde Mindhunter hasta Mentes Criminales, pasando por True Detective.

—La de los que fabrican eme, que tiene un nombre raro en inglés…

—¿Estás viendo Breaking Bad? Pero si decías que no te gustaba.

—Y no me gusta, estoy enganchado por tu culpa. Es como los yonquis con el caballo, seguro que no les encanta, pero no pueden vivir sin ello.

—Anda que vaya comparación.

—¡Qué quieres, dime!

—Necesito que me hagas un favor enorme.

—¿Cómo de enorme?

Cuando Marina le contó lo que requería de él, el primer instinto del oficial fue el de colgar el teléfono.

—¿Tú estás mal de la cabeza, caraculo?

—Ramón, es todo muy extraño…

—Lo es, lo es, pero para eso tienes que redactar un informe y se lo presentamos al Mayor. No puedes ir por ahí investigando por tu cuenta fuera de servicio.

—Si presentamos un informe con mis sospechas al Mayor, Muros lo va a remitir a Policía Nacional. Y sabes a quién le va a llegar el primerito de todos, ¿no?

—¿Y qué si le llega? Es cosa suya. Estás especulando con la información que te ha dado un suicida…

—Presunto suicida, Ramón.

Al otro lado del teléfono el oficial soltó un bufido. Esa cría le estaba metiendo en un berenjenal del que no sabía cómo iba a escapar. Por un lado, todo lo que ella decía estaba fuera de lugar, por el otro…

—Es una locura, Marina.

—Lo sé, pero solo te pido que me acompañes a hablar con la mujer y cerciorarnos de que el niño está bien.

Nada más —Eso era todo lo que Mario le había pedido a Marina.

Que mirara a la cara a su hijo y le hiciera una pregunta que solo el niño podría responder.

Entonces él estaría seguro de que su hijo estaba bien.

—Me levanto en menos de cuatro horas.

—Siempre me dices que con eso vás sobrao…

Los argumentos de la agente desmontaban todos y cada uno de los peros que el oficial ponía. Tras unos segundos, accedió.

—Echamos un vistazo rápido y nos volvemos.

Ramón condujo su Seat Ateca particular por las calles de la urbanización donde residía Mario Gálvez.

Al llegar a la rotonda del parque, Marina le pidió que girase a la izquierda y que circulase despacio.

Por alguna razón, las farolas estaban fundidas o apagadas sin más, y la visibilidad era escasa.

Giraron a la izquierda y se aproximaron a la vivienda del abogado.

—No te pares, ve muy despacio —solicitó Marina.

Ella se fijó en la casa de Gálvez, las luces parecían apagadas y no había rastro de movimientos en el interior.

—Mira ese coche —dijo Ramón.

Un imponente todoterreno de lujo estaba aparcado en la acera de enfrente, junto a unas casetas de la luz o de telecomunicaciones del vecindario. Marina hizo memoria a marchas forzadas, el coche le sonaba de algo, aunque no conseguía recordar.

—Entras a las siete, ¿verdad?

—Ya lo sabes, ¿por qué?

—Porque hoy vas a entrar antes —Marina lo miró con los mismos ojos que el gato con botas miraba a Shrek—. Por favor.