Noche de estudio
Ascender en la policía no era fácil.
Marina y sus noches de estudio así lo atestiguaban.
Estaba sentada en su escritorio, en una esquina del salón de su pequeño piso de una sola habitación.
La casa estaba equipada con muebles funcionales de automontaje, aunque tuvo que pedir ayuda a su padre para los más voluminosos, el resto lo equipó ella solita.
Y la pintó de un tono amarillo suave que, según ella, le otorgaba cierta personalidad.
Bajo la luz LED de su lámpara de estudio, subrayaba o intentaba subrayar con fluorescente verde lo más importante del tema.
Sin embargo, era incapaz de concentrarse.
Lo que Mario había escrito en la pantalla de su móvil era demasiado perturbador.
Cuando terminó de leer toda la confesión, hizo el amago de preguntar al abogado si de verdad estaba bien de la cabeza y ese había sido el motivo para saltar del puente.
No concebía que hubieran podido orquestar semejante teatro para acabar con su vida y alguien creyera que había sido un suicidio.
Marina se marchó, malhumorada, del calabozo y se dijo a sí misma que no creería lo que había confesado el abogado; que no dudaría de si la tal Rasha era amiga de la familia, y que no dudaría de que el intento de suicidio había sido real.
Debido a que no se concentraba para el estudio, se dio una segunda ducha.
Estaba empapada en sudor. El verano se adelantaba y la luz de la lámpara, a pesar de ser fría, calentaba lo suyo.
Además, esa noche no corría una gota del preciado viento de levante —más cálido— o de poniente —más frío— que solía refrescar el ambiente en la Costa del Sol.
En esta segunda ducha sus manos fueron más allá de lo necesario para asearse o refrescarse.
Sintió esa punzada de pulsión sexual que le había provocado una jornada de trabajo demasiado intensa.
Pero esa misma intensidad que le llevó a subir la libido, fue la responsable de bajársela: no se concentraba ni para masturbarse.
—¡Joder! —Protestó, con los azulejos como únicos testigos de su frustración.
En cuanto se secó, se puso a apuntar todo lo que Mario le había contado: la cita en el Parque de los Enamorados en la que no se presentó nadie; la extraña avería del coche; la desaparición de Pablo; las llamadas de la voz anónima con acento neutro; la visita al supuesto psiquiatra;
la ingesta de ansiolíticos y tranquilizantes; el desagradable incidente en el parque infantil con el niño; la videollamada con Pablo e Irene; la huida a más de ochenta por las calles de Marbella y, para terminar, el intento de suicidio.
De la mochila ensangrentada él no sabía nada; dijo que la habrían metido en el maletero sin que se diese cuenta.
Al parecer, y según su versión, alguien lo había obligado a suicidarse. Ese era el pago del rescate de su hijo.
Cuándo ella preguntó el por qué, Mario no supo contestar.
Como no sabían la causa, Marina se puso a analizar los hechos, y llegó a la conclusión de que alguien lo estaba siguiendo muy de cerca. Cuando se dio cuenta de esto, pegó un brinco. Paseó por la estancia, y se fijó en las paredes amarillas y en los escasos muebles blancos.
—Si lo están siguiendo… —se dijo.
Si lo estaban siguiendo, era posible que estuvieran en las inmediaciones de la comisaría.
O también vigilando la casa del abogado.
Si todo lo que Mario había contado era verdad, esto sería la prueba que ella necesitaba para confiar en su versión.
Sin embargo, se echó a temblar: si todo era verdad, jamás podría estarse quieta.
Además, era más que probable que ella también estuviera bajo el radar de los supuestos secuestradores.
No tenía claro a quién recurrir, porque el Mayor, por muy distante que se hubiera mostrado del inspector Alterio, nunca actuaría fuera de protocolo policial.
Y lo que Mario le había pedido se los saltaba todos.
En Néstor tampoco podía confiar. No era más que un lameculos de Enrique, y su enfrentamiento personal era un lastre.
Solo le quedaba una persona a la que acudir: un buen compañero.