Una revelación
El protocolo antisuicidio no se había activado, pero Marina comprobó que Mario no tenía cordones en los zapatos, ni cinturón y que en la celda no había ningún objeto cortante.
A no ser que Mario decidiera estrellar su cabeza contra el espartano catre o contra las desconchadas paredes o contra el desgastado inodoro, sería complicado que se quitase la vida allí.
—Levántese, por favor —pidió Néstor, que para disgusto de Marina había bajado también.
Nestor registró al abogado para verificar que no quedaba nada en su ropa con lo que pudiera autolesionarse.
Mario se incorporó como el que se levanta de su cama un día festivo: despacio y con la mirada perdida.
A Marina le extrañó su actitud, muy diferente a la que mantenía tan solo una hora antes.
Era como si le hubiera dejado de importar lo que le ocurriera a su hijo.
—Mario, hemos estado en tu casa —inició Marina, pero Mario no dejaba de mirar al suelo—. El niño está bien. Bueno, tiene fiebre, pero está en su cama tranquilo con su madre y una amiga que es pediatra y le está cuidando…
—¿Una amiga pediatra? —Mario levantó su cabeza y en sus ojos brillaba la sombra de la duda.
—Una tal Rasha —afirmó Néstor.
Mario volvió la vista al suelo.
—¿La conoce? —indagó Marina, que esperaba una información que la sacara de sus dudas.
Mario no respondió. Los dos agentes se miraron entre sí y Néstor se encogió de hombros. Al poco le hizo una señal a su compañera para abandonar la celda. Ella trató de resistirse, pero el oficial insistió con la mirada.
—Si necesita cualquier cosa, hágaselo saber al compañero de la puerta —indicoó Néstor.
Mario tampoco dijo nada ante el ofrecimiento. Los dos policías abandonaron la celda y Néstor le pidió a Alberto que estuviera pendiente de él. El novato se cuadró ante el oficial para darle a entender que obedecería.
Marina puso un pie en el primer escalón de la escalera que conducía a la planta superior.
No lo puso en el segundo. Se apoyó sobre la barandilla y se quedó pensativa.
Su compañero le preguntó qué le pasaba. Ella dijo que estaba agotada y que le había dado un pequeño mareo.
Néstor se ofreció a ayudarla, pero rehusó.
Como Amigo no se movía, cambió su estrategia.
—En la taquilla tengo unas barritas, me las como antes de irme.
Néstor asintió y subieron juntos. Marina debería haber abandonado la comisaría un par de horas atrás.
El oficial caminó por el pasillo que le conducía a su puesto de trabajo, mientras Marina consultaba —o hacía que consultaba— algo en el móvil.
Para no llamar demasiado la atención fue a la sala de vestuarios, abrió la taquilla con esfuerzo, ya que la llave estaba oxidada y cogió la mencionada barrita proteica.
Salió de los vestuarios todavía de uniforme, con el disimulo que pudo bajó las escaleras que conducían al calabozo.
Se cercioró de que ni Néstor ni ningún otro compañero la seguía y le pidió al policía novato que le dejara entrar.
Este hizo un amago de preguntar para qué, pero se lo pensó mejor y abrió la puerta.
Marina sabía que iba a escuchar la conversación por lo que ya había diseñado una estrategia.
—Hola de nuevo, Mario —dijo. Estaba de espaldas a la puerta, por si al novato le daba por cotillear. Sostenía en su mano el teléfono móvil en el que había escrito algo en la pantalla. Se lo mostró a Mario, al que le costó reaccionar.
Aunque no dijera nada, la cara del abogado no dejaba lugar a dudas.
Marina tecleó de nuevo en su teléfono móvil y se lo volvió a mostrar a Gálvez.
En esa ocasión, Mario hizo un pequeño movimiento con la cabeza arriba y abajo.
La conversación prosiguió entre mensajes en la pantalla del móvil y negaciones o afirmaciones del abogado.
Hasta que la agente le cedió el móvil. En ese momento los cimientos de la vida personal y profesional de Marina Caracuel acababan de cambiar; quizá dejaría, incluso, de ser policía.