Mayor e inspector
El futuro no era halagüeño para Mario Gálvez.
Encerrado en el calabozo, de dos metros por dos, le daba vueltas a todo lo sucedido.
Se preguntaba por las posibles conexiones de Berbatov con las mafias de San Petersburgo.
Por mucho que hubiera investigado y no hallado nada, podría haber cometido algún error y que todo aquello fuera una represalia de una banda rival.
Era lo único que se le ocurría. Esta sospecha tomaba fuerza por la inesperada visita y, sobre todo, por el interés desmedido del inspector Alterio en su detención.
Mientras Marina y Néstor inspeccionaban la casa de Mario, el Mayor y Alterio habían tenido una intensa charla en la que habían acordado dejar al abogado allí retenido.
—No está detenido, inspector. Es un potencial suicida y como tal tenemos el protocolo activado —dijo el Mayor.
—En unas horas volveré con una orden para llevármelo.
—Me parece bien, pero me gustaría saber por qué tanto interés.
—No voy a desvelarle aspectos importantes de nuestra investigación, Mayor.
Quédese con que es más que extraño que el hombre que puso en libertad a Berbatov hace menos de una semana se haya querido suicidar —El inspector se tocó la sien con el dedo índice—.
No hay que ser muy listo para saber que algo huele mal.
El Mayor no le dio importancia a ese intento de humillación por parte del nacional. Le invitó a volver con la orden para llevárselo.
Marina regresó junto a Néstor, que la retuvo cuando bajaba las escaleras de dos en dos para informar a Mario de que en su casa todo parecía correcto.
—Vamos a informar al Mayor primero —sentenció.
Marina suspiró y agachó los hombros. ¡Cuánto le fastidiaban los protocolos!
—El Mayor hace horas que tendría que estar en casa —repuso la agente.
Néstor no dijo nada y se limitó a caminar por los impolutos pasillos de la jefatura en dirección al despacho de su superior.
La puerta estaba abierta. Pese a ello, el oficial llamó con los nudillos, aunque no esperó a que le dieran el acceso.
El Mayor hablaba por teléfono y les hizo un gesto con la mano para que esperaran fuera. Marina intentó pegar la oreja.
—¿Qué haces, Caracuel? —reprochó Nestor.
Ella lo ignoró, aunque la reprimenda le impidió escuchar nada. El oficial se puso delante de ella y, con gesto serio, le invitó a dejar de cotillear.
—¿De verdad? —protestó la agente.
Al oficial no le dio tiempo a responder porque al otro lado el Mayor les llamó.
—A ver, me cuentan qué han visto en la casa del abogado que yo me tengo que ir a la mía que mi mujer me va a matar.
Néstor se cuadró delante del superior a pesar de que este no hizo ningún saludo oficial. Marina, a la que le dieron ganas de reírse por lo ridículo que suponía tanta formalidad entre dos amigos de toda la vida, se adelantó a su compañero:
—En casa de Gálvez todo parece ir bien, pero… —se detuvo.
Néstor la miró con condescendencia, o con rabia.
—Todo en orden, Mayor.
Muros ignoró al oficial y no le quitó ojo a la agente que, ante la actitud del superior, se decidió a seguir.
—Hay algo extraño, no sabría decirle.
—Inténtelo.
—El niño está metido en la cama, bastante abrigado para el calor que hace.
—Han dicho que estaba enfermo, Mayor —intervino Amigo.
—Sí, pero también que tenía fiebre, y para la fiebre no recomiendan taparse tanto.
—La mujer que los acompañaba era pediatra. ¿Ahora sabes tú más de salud infantil que un pediatra?
—Néstor, no hace falta ser tan quisquilloso —intervino el Mayor—. ¿Había una mujer allí?
—Sí, mi Mayor —dijo Néstor—. Una compañera de la clínica donde trabaja Irene Lima, la mujer de Gálvez.
—¿Y qué hacía allí?
—Por lo visto el niño sí que se había fugado y ella fue quien lo encontró en un parque.
El mayor se echó hacia atrás y se tocó la barbilla. El sillón en el que estaba sentado era el típico sillón rotatorio de oficina fabricado con polipiel de la buena.
—¿Han informado al abogado?
—No, me disponía a bajar a hacerlo, pero el oficial me ha instado a comunicárselo a usted primero.
—Hágalo.
—¿Le han puesto el protocolo antisuicidio, mi Mayor? —preguntó Marina.
—Lo habitual, nada especial.
—¿Le importa si solicitamos la protección especial?
—Tiene razón, doy la orden. Baje y revise que todo está correcto en el calabozo.
Los dos agentes se cuadraron y se marcharon de la oficina. Marina caminaba a paso muy ligero para dejar atrás a Néstor con la esperanza de que no lo siguiera. La siguiente conversación con Mario Gálvez prefería mantenerla al margen de cualquier protocolo.